acia la puerta íbamos, cuando volví un instante e dije a Marcos, sin ser oído, apagase nuestros móviles, pues nadie, ni Su Eminencia, debería saber dónde estábamos si de allí salíamos.
Y en saliendo del mesón, sonrióme don Claudio sin palabras e colegí me manifestaba su agrado por mi familia mas, pensando yo en tan sólo unos segundos, supe de seguro él mesmo fue el que me diese aviso al móvil, sabía (acaso por mi ropaje) era yo el capitán que buscaba y, era tanto lo que parecióme conoscía de nosotros, que hasta al oírle llamar «pastor de ovejas» a Lorenzo, pensé habría largas pláticas con don Juan. Mas no habiendo oído a este último de don Claudio alguno hablar, quise me diese unas razones.
- No ha de pensar Su Eminencia desconozco la fuente de los conocimientos que sobre mi familia tiene, que bien entiendo conocéis a don Juan, pues al punto supisteis quién es quién e cómo es, entre todos nosotros; es el caso, y excuse entre quizá en entierro ajeno, que nunca oí a Su Ilustrísima de vos hablar…
- No excusaos, Excelencia, ni dudad – dijo al punto -, que he de ser yo el que me excuse, pues vuestro tío no conoce de mí sino mi cargo, mi voz e mi disposición a seros de un ayuda. Acaso debería haberos advertido desto en mi llamado mas, como bien saben vuesas mercedes hay ladrones de secretos, bien sabía yo podría indicar caminos.
- ¡A Tarancón lo indicasteis!
- Otra forma no había de impedir os llegarais a Cuenca; allí se os esperaba. Es el caso, que necesitando vuestra ayuda, con la Conferencia Episcopal consulté y, en segundos, alguien cuyo nombre no puedo desvelar, dióme señas por hablar con Su Ilustrísima; e no conociéndolo en persona, muchas e muy buenas razones se me dieron de su ministerio, de su parentesco con vos e muchos otros detalles que no habrá que desvelar, pues entrambos bien los conocemos. E advertido de que vuestros teléfonos, acaso, podrían ser oídos, con otro ministro de Nuestro Señor en Sevilla hablé. E desta manera fue como pude hablar una luenga pieza de móvil a móvil con él… e sin sospechas.
- ¿Decís que usasteis teléfono ajeno, así como él, y de todo esto supisteis?
- ¿Lo dudáis, Excelencia? También la Iglesia es como la guardia, que ha de andar con cuidado por no ser presa de aquestos que poco, o nada, guardan las leyes. Así, al conocelle, supe dél en Madrid estabais todavía con vuestros hijos e quise darle aviso de que huyerais a Sevilla y evitar vuestra visita a Cuenca ¡Mucho se mueven agora éstos e poco dellos sabemos! E no habed cuidado, pues Su Ilustrísima es salvo: en Grazalema se halla. Mas… dijo ibais a Cuenca…
- Como habéis oído, Eminencia, unos días de solaz habremos e a mis hijos he de mostrar Castilla ¿Qué cosa sabéis que pudiese yo manifestar en cónclave alguno?
- Diría yo, Capitán, que sabe alguien volvéis a la tal ciudad e se os espera. Así os he citado a las tres sin margen antes de llegar, pues no acudiendo antes desa hora, vuestra familia estaría en grave riesgo… ¡No vos, vive Dios!, que sé algo, muy poco, de vuestra luenga vida. Expondrá el cabildo nuestro caso a Su Excelencia en hasta quince minutos e, sabiendo el riesgo que entrambos corremos en Castilla, al Andalucía volveréis presto.
- Y si he de volver al sur… ¿cómo he de ayudaros?
- Mucho os pido, Excelencia, e no es cambio por el aviso que os doy. No penamos por nuestras vidas, sino por cierto «tesoro» que podría desaparecer entre las llamas como tiempo ha otros fueron pasto dellas.
- A salvo están mis hijos, Eminencia, que en adelantarme a trazados sé acaso demasiado… mas ¿cómo he de salvar ese tesoro?
Paró a la sombra, me miró grave e habló antes de volver a caminar.
- La Iglesia – dijo en baja voz – bien sabe a qué hora os esperan en Cuenca e, siendo que lleváis retraso, a buscaros podrían venir. Tomad el tesoro e llevadlo como vuestra vida a La Viña apagando los teléfonos aquí e partiendo para Sevilla. Tiempo habrá de que volváis a esta tierra; no agora. Vos salváis a vuestra familia, que cualquiera envidiare, e guardáis a buen recaudo el citado tesoro en vuestro palacio, que es bien pequeña la presea de la que os hablo ¡Prosigamos!
En andando por otra calle a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción nos llegamos, tres golpes dio en el postiguillo e al fresco e silencioso templo nos entramos.
- ¡Adoremos al Santísimo!
- Es justo y necesario, dije – si he de comprender tales entuertos, pensé -.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario