brióse la puerta al tiempo de los postres e Marcos e yo vimos entrarse a hombre gallardo de hasta sesenta años en edad, en negro grave vestido, con alzacuellos e dejando entrever pectoral grande que brillaba sobre su pecho. Una mirada corta entre nos fue suficiente para decirnos podía ser aquél el mensajero que esperábamos e, como quise intuir, acaso aventurándome, bien nos pareció ministro de la Iglesia.
Acercóse al punto el huésped con agrado, besó su cruz en reverencia e mostróle el camino hasta nuestra mesa. Así se acercaba con paso ceremonioso, recorrió de primero con su vista toda la mesa sonriente e dejó sus ojos en mí abriéndolos como sorpreso e como en saludo.
- ¡Capitán! – extendió sus brazos -, tal como os dije habéis hecho ¡Sentaos, sentaos!, que no es de razón que hombre de nobleza interrumpa su almuerzo por visita tan humilde.
- Humilde será tal colijo, Eminencia, mas con otro humilde siervo de Dios se encuentra. Sentaos aquí a mi lado una pieza corta, que resta tiempo para partir e placeríame conocieseis a mis hijos e a mi… amigo e abogado.
- ¿Cómo no he de sentarme, hombre de Dios? – exclamó alzando sus manos -; mas quisiera decir unas palabras a todos estos vuestros hijos e besarlos como míos, que bien sé aman a Nuestro Señor e veneran a su padre… ¡Su tutor me dio estas razones!
- ¿Su tutor? – preguntóle Marcos en desconcierto -.
- Su Ilustrísima don Juan de Lobo – apuntó -, que al día me tiene desta familia de la que se siente parte e todo…
E rodeando la mesa de espacio, acercóse de primero a Marinín e no quiso se pusiese en pié poniendo la su mano en su hombro e mirándole como si ángel viese, cual lo veía don Juan.
- Dejadme besaros – le dijo -, pues es costumbre a la que no he uso si no es con el Santísimo, los santos e los venerables.
- Beso sus manos, Eminencia – contestóle mi pequeño -, pues venerable no me siento para tal. E siendo vuesa merced como mi tío Juan, acaso prefiráis bese la cruz.
- ¡Santo Dios, criatura divina! – quedó perplejo -. Las razones que de vos me dio don Juan quedan cortas al veros, pues a la belleza de vuestro rostro, como de santa talla, asoma una belleza de espíritu de envidiar.
E mirando, luego de besarlo, a su enderredor, a todos fue hablando, inclinándose e besando, que no permitió a ninguno dellos se alzase ante él.
- ¡A vos no os beso! – rió frente a Marcos -, que si bien háseme dicho sois también venerable, quisiera sirva esta distancia como muestra de respeto ¡Aquí he de sentarme; junto a vos!
E recorrió todos los rostros que frente a sí había en sonriendo satisfecho e como haciendo gesto de bendición sobre ellos. Y, antes de que conmigo hablase, algo le dijo Marcos al oído y discreto.
- Sabed, excelencia – miróme -, que quise de primero enviar al sacristán a buscaros e me alegro de no haberlo hecho pues, habremos corto cónclave, no muy lejos, e no quería dejar de conocer a este coro que frente a mí canta alabanzas con su pureza. Tomaría, eso sí – alzó la mano -, un café con leche, que estos calores me traen fatiga tras el almuerzo ¡Fino! – alzó la voz - ¡Lo de siempre! E pago yo todo gasto aquí hecho.
Miróme Marcos en disimulo e como temiendo hiciese aquello, que por haber la mesa hablamos de un desconocido obispo e dimos cumplimiento a lo más costoso. Mas acercándose el mesmo huésped con su café oímos con claridad lo que decía.
- Vuestro café cortado, don Claudio; e nada habréis de satisfacer que todo está satisfecho por el capitán. Convencedle de que vuelva a esta su villa y esta su casa e con eso aportaréis más de lo que quisiéredes.
- ¿Todo pagado? – mirónos confuso - ¡Cuánta priesa veo aquí!, que antes de las tres, sin falta, habremos de estar en la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción que, no estando en aquesta mesma calle, a obra de dos cientos metros se halla. E hasta una media hora habemos para unas pláticas. Os rogaría me dejaseis contemplar tan bellos rostros e tan bellas almas… ¿Sois vos Lorenzo, zagal? – lo miró con entusiasmo -; decidme si os placen estas tierras.
- Por ventura, Eminencia, nuestro padre nos lleva por toda Castilla porque conozcamos cosa distinta a Grazalema, que es villa pequeña de la Serranía e de allí nunca salimos.
- Bien sé que como mayor de los hermanos – le dijo – de los más pequeños cuidáis como pastor de sus ovejas. Quisiera yo deciros que debáis siempre obediencia a vuestro padre, cosa que sé hacéis por amarlo e, no estando éste, obedeced a don Marcos como con vuestro padre hacéis. E a todos os digo que améis a vuestro tío Juan e aprehendáis cuanto os diga, pues habiendo esa sabiduría que de Dios viene, la restante ha de venir sola por añadidura.
E sorbiendo su café sonoramente, volvió a dejar la taza en el plato sobre la mesa, miró a Marinín e hablóle en latines.
- A bove ante, filio, ab asino retro, a muliere indique caveto.
- Amen, pater, a bene placito.
E no hubo más palabras, sino que confirmado acaso lo oído por Su Ilustrísima, viósele pleno e pletórico, volvióse a Marcos e hablóle en voz baja.
- Como Lorenzo sabe, y ha de hacerlo, que de sus hermanos es como pastor, sed como su padre para ellos cuando no esté su excelencia. Terminados los postres iremos una pieza al cónclave. No olvidéis habéis en vuestras manos almas muy valiosas… como la vuestra…
- Es obligación que acepto con placer – díjole también casi en susurros – e no creo merecer estar a su altura, sino a sus pies.
- ¡Sea! – dijo en levantándose -; su excelencia, vuestro padre, ha de venir conmigo agora ¡Quedad con Dios e con este otro también vuestro padre al que debéis veneración! – alzó su mano e todos quedaron en pie - Benedicat vos omnipotens Deus, Pater et Filius et Spiritus Sanctus.
- Amen.
E tras corta despedida, del mesón partimos e la tristeza asomaba a los ojos de Marcos e de Marinín, como viendo en los aires oscuros augurios.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario