20 julio, 2010

De las páginas en blanco (2)

  
No eran horas aquellas para refrescos, ni desayuno; e tampoco para seguir el viaje por tomar almuerzo en Tarancón, mas pensó Marcos que no viajando tan velozmente e visitando el pueblo, sería la hora de buscar ese tal mesón e yantar. Habríamos de buscarlo con tiempo, pues hallado y comido, debería ser hora prudente para que yo caminase hasta el templo que se me dijo llegando antes de las tres de la tarde. E con estos pensamientos, tras tomar refrigerio e platicar una larga pieza, volvimos al camino.

Dentro de una hora a Tarancón nos llegábamos e dimos unas vueltas por entrar en la ciudad. Preguntó Marcos de primero por el Mesón de la Viña, que fue fácil de hallar, e luego por algún templo cercano, mas nadie dijo hubiese parroquia aledaña.

Visitamos sus calles, que eran maravilla de ver, e compramos regalos para todos – presentes e ausentes -, incluyendo miel de la Alcarria, que haría las delicias de «angelitos» e «ilustre» en llegando a Sevilla. E con tiempo sobrado acudimos al mesón e nos fue dicho habríamos de tener reserva de mesa e, viendo yo el tiempo mermaba, con el sirviente hube unas pláticas.

- Sabed que reservas no habemos e sí hambre e priesas; e no son éstas por devoción, sino por obligación. Acaso una de aquellas mesas, ya con reserva, no haya de usarse hasta hora tardía. Aseguraros puedo que ha de ser rápido el yantar, bien pagado e con orden.

- Lo que proponéis entiendo, señor – hizo reverencia -, mas no es capricho aquesto que os digo, sino orden del jefe e, no cumpliéndola, podría salir deste restaurante con vuesas mercedes al tiempo e sin fecha de vuelta… ¡E a fe que un servidor también ha de yantar!

- Hablaría yo con ese vuestro jefe, joven – bajé la voz -, de forma tal que sea él quien dé la licencia.

- ¡Tal no puedo hacer! – asustóse -; no quiere el jefe que se use mesa reservada aunque vacía quede luego, que aún siendo cobrado el almuerzo como si se hubiese llevado a cabo, han de estar las mesas prestas e mucho tiempo lleva el aprestarlas…

Y en esto diciendo, parecióme miraba en disimulos a hombre gentil e de ropas costosas. Así, sin otra cosa decir, arremetíle con grande sonrisa e reverencia, destoquéme e presentéme solemnemente como el Capitán Alacaída.

- Bienvenido seáis a esta vuestra casa, señor – respondióme respetuoso -; ¿qué mesa se os ha reservado?

- Por tales asuntos he querido hablar con vos, pues viniendo a esta hermosa villa por asuntos urgentes que poco tiempo han de dejarme por ver estas ínclitas calles e monumentos, no he podido hacer reserva alguna. Y es el caso que… ¡esto no sé!, pudiera asistir el obispo, pues éste hame recomendado con vehemencia no yantase en lugar alguno sino en La Viña ¿Acaso no haría él la tal reserva?

- ¡No, señor! – contestó al punto e turbado -; he de aprestaros mesa para cuantos comensales digáis y en el sitio elegido, que bien quisiera volvieseis por haber placer en el estar y el yantar en esta casa, que es favorita del obispo como decís ¡Decidme! ¿Cuántos comensales os acompañan?

- Dejando asiento por si asistiere el obispo… - pensé -, para otras personas que ahí esperan necesitaría acomodo.

- ¿Preferiríais aquella redonda mesa que junto a los ventanales se halla?

- Bien pareceríame si vos mesmo la aconsejáis. No ha de estar ocupada mucho tiempo, que he de asistir a cónclave de importancia antes de las tres en templo importante e cercano, según me ha sido comunicado.

- ¡Seguidme señor! – comenzó a andar hacia una lujosa mesa -; en esta mesa habréis sitio para todos e hasta dos sillas vienen sobradas, que si acudiere Su Eminencia don Claudio, una más sería menester.

- Si… - pensé en poco tiempo – …viniere Su Eminencia no traería compaña.  No habed cuidado, que una silla ha de sobrar.

E acomodándonos a la mesa, el jefe y el sirviente platicaban e reían con mis pequeños e trujeron unos cojines porque no fuesen las sillas muy bajas para los más nuevos. E fue gran contento para todos e se pidieron los mejores manjares y el mejor vino e con primor fuimos servidos, siendo de gran contento para todos e pidiéndose siempre lo selecto e más costoso sin pensar en la bolsa.

- A fe, Marino – susurróme Marcos -, que no sé cómo conseguís lo que no es posible.

- A fe, querido Marcos, que ni yo mesmo lo sé, mas algo desta manteca untada con algún aliño vuelve al pan más seco jugoso.

- ¡Restaurante como este no he visto nunca, papá! – exclamó Antonio -, que siendo el comedor de nuestra casa lujoso, es aquí cada cosa como pieza de museo; e como si comiese en el Prado me hallo.

Rió Marinín e besólo e, con cara de pícaro miróme cabizbajo, que bien sabía su padre hacía reales e tangibles las nubes. 

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