an de disculpar vuesas mercedes el tiempo no escrito en estas las páginas de mi diario, que no siempre llévanse las cosas por el camino que uno traza sino por el que Dios Nuestro Señor hanos deparado y sirvan estas primeras palabras como capítulo para entenderse el por qué desta tardanza, que cada cosa tiene su qué, su cómo y dónde, mas tiene también su cuándo. E no sabiendo si manifestarles de primero lo que agora sucede o lo acaescido entonces, como el tiempo pasa he de escribir lo pasado e como discurre he de narrar el presente, pues no se entiende historia alguna que en los finales comience aún siendo éstos el presente.
Quedóse el diario como en abandono e nadie osó a cambiar esta historia, sino hubo decisión de que yo mesmo la continuase, e fue que de Madrid viajábamos hacia Cuenca bien de mañana cuando las chirimías de mi móvil, a tales horas, hiciéronme pensar la historia trazada cambiaría; e no erré en esto. Mirando los números de quien llamaba no supe si alguien lo hacía a quien no debía o si el deber llamaba cuando no era atinado. Turbado e viendo las miradas de Marcos e mis hijos descolgué el teléfono e oí antes de preguntar. Una voz desconocida dijo unas palabras en sabiendo era yo el capitán que buscaba e mudo resté entonces oyendo sin hacer gesto que a los viajeros alertase.
- ¿A qué negarlo, Capitán? Mi llamado os asusta pues, no sabiendo quién llama, sabéis acaso el por qué. E no es otro el mensaje que aquesto que os digo. A nadie decid cosa alguna e haced alto en Tarancón por haber almuerzo; e debe ser éste en el Mesón de la Viña y, allí estando, otro aviso recibiréis e a cierto templo iréis sin compaña… e sin arma; vuestras manos e bolsillos vacíos, sin dinero ni llaves ni móvil ni cosa alguna que no sean las ropas que vuestras vergüenzas cubren. E pasando un minuto de las tres de la tarde sin veros allí presente y solo, no seréis vos el que asista a este encuentro, sino todos los que os acompañan. Guardad silencio, cumplid lo obligado e todos otros estarán a salvo. Quede con Dios su excelencia e razone lo oído pues soy verdadero.
E tras tan luengas palabras e mi silencio, todos quisieron saber quién llamaba e así les dije no era cosa de haber en cuenta, sino de olvidar. E supo Marcos no era llamada vana cuando le dije parase en una venta del camino por tomar refresco e a todos dije entre risas se entrasen e pidiesen cuanto gustasen advirtiendo a Lorenzo cuidase de los más pequeños e pidiendo a Marcos volviésemos al coche.
- ¡No me engañáis, Marino! – espetó Marcos al cerrar las puertas -, que tanto por el tiempo que a vuestro lado estoy como por el remedio que pusisteis, casi puedo deciros se acaba este viaje.
- Vuestra razón se adelanta – dije grave -, que si bien es cierto que he recibido llamado extraño, sumáis a eso, en vez de alto en el camino, cambio de trazado e fin del viaje. Oídme bien antes, haced lo que os diga e seguiremos la ruta no comenzada… En Tarancón haremos parada, que es lugar de interés para todos, e allí tomaremos almuerzo. Permitidme agora mude mis ropas por mi uniforme e decid a los niños he de visitar al obispo, pues el nombre de Dios e algún templo ha mencionado en su despedida… Sea la tal cita acaso por pedido de Su Ilustrísima. Quedaos con mis llaves e todo lo demás e llevad a los pequeños a ver la ciudad, que es cosa de no perder. A las tres tengo cita con miembro de la Iglesia e no debe ser ésta más larga de una hora, así, en no apareciendo a las cuatro, tomad dirección a Sevilla velozmente. Yo he de avisaros con nuevas.
- ¿Me manifestáis tales entuertos como si a beber a la fuente fueseis? ¿Sabéis qué puedo decir a vuestros hijos de su padre si no aparece?
- Decidles verdad, Marcos – cerré mis ojos -; decidles entonces ha cambiado el trazado por cambiar mi empresa. Bien saben ellos que desta forma es mi vida… ¡E vos lo sabéis! Haced lo que os digo; bien sabéis riesgo no hay, que para perderme han de pasar antes ciento ejércitos sobre mí. Dejad que las cosas vengan, orad e sed fuerte, que no he oído amenaza alguna.
E no queriendo (o no pudiendo) hacer otras preguntas, guardó mis enseres con tristeza mientras mudéme de ropas e a la venta volvimos e fue grande sorpresa para los niños.
- ¡Mirad, pequeños! – exclamó Marcos como de contento -; el Capitán acude a la llamada del necesitado.
E todos miráronme sorpresos e vi la tristeza esconderse en la mirada de Marinín.
- ¡Tardad si es menester, papá, mas no tanto!



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