epan vuesas mercedes que así como todo mortal pierde el conocimiento yo lo pierdo. E tras fuerte golpe e después de haber sido llevado de la calle, la noción de tiempo e lugar hube perdido y, en abriendo los ojos, pensé perdí también la vista. Así era lo obscuro de la estancia donde yacía, con el cuerpo lleno de dolores, sobre un catre estrecho e duro e trabado con grilletes de pies y manos. Mirando al frente – que pensé por allí estaría el techo – nada veía e nada oía, sino que vinieron a mi mente en poco los recuerdos de lo acontecido y el pesar por la suerte de Marcos e de mis hijos.
Una buena pieza estuve así e no quise hacer intentos de librarme, sino que quise esperar lo que la ventura me guardase e parecióme volvía a caer en sueños.
Mas como soñando oí pasos; se acercaban varios hombres e como bajando escalones los oía e hablando en susurros. Al punto, pude ver a mis pies sendas líneas de luz; una alta e otra que algo iluminaba el suelo. Las rendijas de una puerta. E a ella se llegaron, oí ruido de llaves e abrióse una chirriante e fuerte puerta de madera. Tres siluetas negras se recortaban sobre un fondo de escalones. Estaba, sin duda, en un sótano.
- ¿Capitán? – habló uno - ¿Dormís aún?
E con grande esfuerzo e levantando algo la cabeza pude contestalle.
- Despierto estoy.
- ¡Bien, bien! – dijo en acercándose -; es momento entonces de haber unas pláticas, pues esperar más no puedo e poco he de deciros. Oídme atento e callad. Terminado lo que he de deciros, podréis hablar.
Venían los otros dos hombres armados y en la puerta restaron mas, a un gesto del que entróse, le trujo uno dellos una silla. La puso cerca de mí e sentóse poniendo sus brazos en el respaldo.
- ¿Quién gana agora, Capitán? Mucho sabemos de vuestra vida; acaso más de lo que pensáis, que el tiempo nos ha dado todos esos conocimientos. E… sabiendo que no habréis de morir mas sí de seguir matando, en lugar aprestado estáis para que viváis. Vos decidís cuánto tiempo quisiéredes vivir aquí o afuera. Mostradnos el camino a esa caja misteriosa con licencia para que vuestro abogado nos la entregue e, una vez creamos está a recaudo, hemos de llevaros en coche hasta vuestra casa ¡Vuestros hijos os esperan! ¿Qué decís?
- Digo que no – fui parco -.
- ¿Vais a negaros a entregarnos algo que no necesitáis prefiriendo vivir aquí?
- ¿Cuánto tiempo? – quise saber más -; a entregarla no me niego, sino que sólo yo sé donde está e ninguno otro puede entregárosla.
- ¡Mentís! – alzó la voz -. Salir de aquí queréis e ya sabemos lo que hacéis ahí afuera. Primero la caja e luego vuestra libertad sin condiciones.
- Tal no es posible – contesté sereno – pues no hay otro hombre en este mundo, sino yo, que sepa dónde está esa caja. Si no fuese hasta ella, no la tendréis.
- Algún trazado tenéis e pensáis no sabemos bien a estas horas quién sois. Inventad cualquiera otra forma de entregarnos la caja sin moveros de aquí. Estando en nuestro poder podréis salir libre. Si no hacéis esto, el resto de vuestra vida, que pudiere ser muy largo, aquí seguiréis.
- Otro modo alguno hay – insistí -; si buscáis la caja, yo mesmo he de entregárosla.
- ¡Bien! – empujó la silla al levantarse - ¡Paréceme unos meses aquí os harán ver las cosas más claras! Prisas no hay, pues si dejase yo mi puesto pasando los años, otro os vigilará.
Nada respondí, anduvo unos pasos hacia la puerta e volvióse.
- No hay otra salida, sino esa – señaló a la puerta -, e aseguraros puedo que por ahí no iréis a parte alguna. Estaréis bien encerrado e vigilado… ¡más de lo que pudiereis imaginar! Imaginad que estáis ya en vuestra tumba ¿Seguís pensando en vivir aquí hasta… hasta siempre?
- Si para salir he de entregaros la caja, sí.
- ¡Sois terco, Capitán! – rió -. Vos decidís. Se os dejará moveros por la estancia ¡Está vacía! Vendrán todos los días, e a las memas horas, tres guardias armados e… sabed que no es por miedo a que escapéis, pues si les dieseis muerte podréis subir sólo hasta el último peldaño de esas escaleras. Todo está bien cerrado. Si nos dieseis muerte agora… ¿de qué os aprovecharía?
- A nadie quiero matar – dije grave -, sino que si se acercan a quitarme la vida la quito yo antes. Lo sabéis.
- E bien sabéis vos ya – dijo como más tranquilo – que aquí habréis de vivir. Vendrán tres guardias por la mañana e saldréis a ese pasillo, pues ropa limpia y aseo tendréis. Almorzaréis cual lo hacemos nosotros; no se os dará pan duro y agua, si eso pensáis. Nuestras mesmas viandas yantaréis. Tendréis vuestra cena e dormiréis ¡No hay más! ¡No hay luz, Capitán! No habrá libros, ni papel ni pluma e, aunque sé no os gusta, con las manos habréis de comer. Aseaos bien ¡No queremos malos olores en esta celda!
E dio orden a los soldados e quitaron mis grilletes; e quise supiesen no haría nada por escapar, sino que resté sentado tranquilo hasta que volvióse a cerrar la puerta e quedé sumergido en total obscuridad.










