27 julio, 2010

De la visita del mensajero de la muerte


epan vuesas mercedes que así como todo mortal pierde el conocimiento yo lo pierdo. E tras fuerte golpe e después de haber sido llevado de la calle, la noción de tiempo e lugar hube perdido y, en abriendo los ojos, pensé perdí también la vista. Así era lo obscuro de la estancia donde yacía, con el cuerpo lleno de dolores, sobre un catre estrecho e duro e trabado con grilletes de pies y manos. Mirando al frente – que pensé por allí estaría el techo – nada veía e nada oía, sino que vinieron a mi mente en poco los recuerdos de lo acontecido y el pesar por la suerte de Marcos e de mis hijos.

Una buena pieza estuve así e no quise hacer intentos de librarme, sino que quise esperar lo que la ventura me guardase e parecióme volvía a caer en sueños.

Mas como soñando oí pasos; se acercaban varios hombres e como bajando escalones los oía e hablando en susurros. Al punto, pude ver a mis pies sendas líneas de luz; una alta e otra que algo iluminaba el suelo. Las rendijas de una puerta. E a ella se llegaron, oí ruido de llaves e abrióse una chirriante e fuerte puerta de madera. Tres siluetas negras se recortaban sobre un fondo de escalones. Estaba, sin duda, en un sótano.

- ¿Capitán? – habló uno - ¿Dormís aún?

E con grande esfuerzo e levantando algo la cabeza pude contestalle.

- Despierto estoy.

- ¡Bien, bien! – dijo en acercándose -; es momento entonces de haber unas pláticas, pues esperar más no puedo e poco he de deciros. Oídme atento e callad. Terminado lo que he de deciros, podréis hablar.

Venían los otros dos hombres armados y en la puerta restaron mas, a un gesto del que entróse, le trujo uno dellos una silla. La puso cerca de mí e sentóse poniendo sus brazos en el respaldo.

- ¿Quién gana agora, Capitán? Mucho sabemos de vuestra vida; acaso más de lo que pensáis, que el tiempo nos ha dado todos esos conocimientos. E… sabiendo que no habréis de morir mas sí de seguir matando, en lugar aprestado estáis para que viváis. Vos decidís cuánto tiempo quisiéredes vivir aquí o afuera. Mostradnos el camino a esa caja misteriosa con licencia para que vuestro abogado nos la entregue e, una vez creamos está a recaudo, hemos de llevaros en coche hasta vuestra casa ¡Vuestros hijos os esperan! ¿Qué decís?

- Digo que no – fui parco -.

- ¿Vais a negaros a entregarnos algo que no necesitáis prefiriendo vivir aquí?

- ¿Cuánto tiempo? – quise saber más -; a entregarla no me niego, sino que sólo yo sé donde está e ninguno otro puede entregárosla.

- ¡Mentís! – alzó la voz -. Salir de aquí queréis e ya sabemos lo que hacéis ahí afuera. Primero la caja e luego vuestra libertad sin condiciones.

- Tal no es posible – contesté sereno – pues no hay otro hombre en este mundo, sino yo, que sepa dónde está esa caja. Si no fuese hasta ella, no la tendréis.

- Algún trazado tenéis e pensáis no sabemos bien a estas horas quién sois. Inventad cualquiera otra forma de entregarnos la caja sin moveros de aquí. Estando en nuestro poder podréis salir libre. Si no hacéis esto, el resto de vuestra vida, que pudiere ser muy largo, aquí seguiréis.

- Otro modo alguno hay – insistí -; si buscáis la caja, yo mesmo he de entregárosla.

- ¡Bien! – empujó la silla al levantarse - ¡Paréceme unos meses aquí os harán ver las cosas más claras! Prisas no hay, pues si dejase yo mi puesto pasando los años, otro os vigilará.

Nada respondí, anduvo unos pasos hacia la puerta e volvióse.

- No hay otra salida, sino esa – señaló a la puerta -, e aseguraros puedo que por ahí no iréis a parte alguna. Estaréis bien encerrado e vigilado… ¡más de lo que pudiereis imaginar! Imaginad que estáis ya en vuestra tumba ¿Seguís pensando en vivir aquí hasta… hasta siempre?

- Si para salir he de entregaros la caja, sí.

- ¡Sois terco, Capitán! – rió -. Vos decidís. Se os dejará moveros por la estancia ¡Está vacía! Vendrán todos los días, e a las memas horas, tres guardias armados e… sabed que no es por miedo a que escapéis, pues si les dieseis muerte podréis subir sólo hasta el último peldaño de esas escaleras. Todo está bien cerrado. Si nos dieseis muerte agora… ¿de qué os aprovecharía?

- A nadie quiero matar – dije grave -, sino que si se acercan a quitarme la vida la quito yo antes. Lo sabéis.

- E bien sabéis vos ya – dijo como más tranquilo – que aquí habréis de vivir. Vendrán tres guardias por la mañana e saldréis a ese pasillo, pues ropa limpia y aseo tendréis. Almorzaréis cual lo hacemos nosotros; no se os dará pan duro y agua, si eso pensáis. Nuestras mesmas viandas yantaréis. Tendréis vuestra cena e dormiréis ¡No hay más! ¡No hay luz, Capitán! No habrá libros, ni papel ni pluma e, aunque sé no os gusta, con las manos habréis de comer. Aseaos bien ¡No queremos malos olores en esta celda!

E dio orden a los soldados e quitaron mis grilletes; e quise supiesen no haría nada por escapar, sino que resté sentado tranquilo hasta que volvióse a cerrar la puerta e quedé sumergido en total obscuridad.

24 julio, 2010

De la paradoja con el cebado


o quise volver mi rostro sin antes oír razones mas bien sabía que escapando riesgo alguno correría y el cañón frío de una arma a mi nuca seguía pegado. No oyendo palabra alguna, e siendo de mío harto impaciente, abrí mi mano diestra de espacio e dejé caer la daga al pavimento.

- ¿Por la espalda es como conseguís derrotar al enemigo?

- ¡Ni un somero movimiento, Capitán, o regarán vuestros sesos esos tejados como riega la sangre de mi guardia estas losas!

- ¡Así sea! – musité - pues prefiero seguir llevando esta cabeza sobre mis hombros. Manifestadme agora qué cosa hacemos.

- ¿Qué cosa hacemos? – gritó - ¡Conmigo vendréis preso al punto e obedeced cuanto os ordene si quisiéredes seguir vuestra luenga vida!

- ¡Es esta razón que no entiendo, soldado! – espeté entonces -, pues, en moviéndome, caeré muerto y negándome a tal… ¿qué haréis?

- ¡Pardiez! – parecióme nervioso - ¡Haced cuanto os diga e nada más se hable!

- E… ¿por qué razón he de obedeceros? – resté como talla -. Si no me muevo ¿reventaréis mi cabeza? ¿Cómo entonces voy a llevaros hasta el lugar que con ansias buscáis? E… si me moviere… ¿pensáis voy a ir tras vos como corderito?

- ¡Que nada se hable he dicho – respondió bien frustrado -, volveos e caminad ante mí!

- Es esa cosa que no me place, soldado – seguí como los mármoles -; desarmado estoy e amenazado por la espalda; si merezco castigo por lo hecho ¿a qué no hacer volar mi sesera?

- ¡Obedeced os digo! No repetiré mis palabras. Volveos, pues sois preso.

- Preso me hallo – razoné –, mas bien podría caminar lejos de vos. Ahora sois vos el que ha de decidir ¿Vais a disparar si me voy a casa?

E tras una breve pieza en silencio, parecióme pataleaba el piso, retiró el arma e vilo caminar por mi diestra hasta haberlo al frente. Volvió su rostro en espanto al ver al jefe huir de la mesma guisa e miró al suelo de sangre que pisaba con los ojos como salidos de sus órbitas.

Era hombre de poca estatura, no muy grueso, avinagrado su rugoso semblante e de ojos como hundidos tras las lentes y de mirada amenazante cual lobo cebado.

- ¡Capitán! – pereció rogaba - ¿Por qué habéis de hacerme esto? Obedeced mis órdenes e venid conmigo ¡Tiempo no tengo para estos razonamientos! Así estéis en el cuartel os prometo daros razones o que os las dé mi jefe… ¡mas obedeced, vive Dios!

Nada dije e ni un músculo de mis párpados moví e, cuando lo vi retirar de espacio su cañón, un fuerte golpe recebí por mis espaldas e, mientras se perdía mi conocimiento, una gruesa maroma envolvióme e a mi cintura se ciñó dolorosamente.

23 julio, 2010

Del trueque que se fizo


n oyendo hasta el mesón de La Viña irían por apresarme, iluminóme el Altísimo – e no he duda en ello -, pues dejé presto en el suelo la bolsa, abríla, puse a un lado la Sagrada Reliquia e, tomando las ropas seglares del sacristán (que a la sazón parecióme éste había mi mismo talle), cambiélas por las mías. E viéndome vestido como deportista y en aquel trance, a correr púseme cual corredor maratoniano llevando la bolsa, siendo que la naturaleza me conserva las fuerzas como a atleta. E aquella guardia que hacia el mesón partía atrás quedó con sus pesadas armas.

Recorrí calles aledañas e, al aparecer frente al mesón, vi salían mis amados no de tanto contento como quisiese haberlos encontrado. E cuando ya los más pequeños sonreían e hacia mí quisieron arremeter, vio Marcos mi atuendo e mis condiciones, hizo gesto a los jóvenes porque le esperasen e vino a mí presto.

- ¡Marino! – exclamó sin alzar la voz - ¡Sé algo os pasa!

- Tomad esta bolsa como si la vida de todos fuera en ella, no abridla hasta que me veáis de vuelta, partid raudos al coche sin mirar atrás como esposa de Lot - que no es aquesto Sodoma mas acabará siéndolo -, tomad a priesa la carretera e volved a Grazalema ¡No a Sevilla!

Y esto decía cuando parecióme oír el tintinear de las armas, entregóme Marcos mi daga, a todos miré con tristeza e seguí mi marcha maratoniana.

Por la primera calle que volvía a mi diestra entré corriendo a refugiarme en un portal e, apenas unos segundos más tarde, todos pasaron prestos en silencio e cabizbajos hacia el coche. Miré mi daga e mi atuendo e no hube tiempo de más reflexiones, pues volví a oír el tintinear de aquellas armas y, pensando pudieren dar alcance a Marcos e mis hijos, salté al punto a la calle e frente a ellos quedé amenazante con mi daga flameando en la diestra.

Quedaron los guardias sorpresos al verme e detuvieron sus pasos acercándose algo a mí el que pareciese el jefe.

- ¿Qué coño os parece estáis haciendo, imbécil? ¿Acaso no veis somos patrulla que a delincuente persigue? ¡Apartaos, capullo!

E viendo mi quietud e oyendo mi silencio, dio órdenes a la guardia de abatirme y a mí arremetieron dos dellos. Mas así se acercaron lo suficiente para no poner sus cañones en mi pecho e pudiendo yo alcanzarlos, en invisible movimiento cercené entrambos cuellos e la sangre manó como fuente de dos caños.

- ¡A él la guardia! – gritó el jefe - ¡Vivo lo quiero e nunca muerto, que si alguien le quita la vida, yo mesmo he de arrancar la suya mil veces! ¡Es el Capitán!

E no hubo lucha, pues ni mis pies ni mi cuerpo se movieron, sino que a otros cuatro que me arremetieron, antes de decir amén sacrifiqué como a cerdos. E viéndose el jefe solo ante mí, pues nadie quedó en la calle, alzó su arma encañonándome e parecióme ponía su mira en mi frente.

- ¡Usad el arma, soldado! – dije indiferente -. Disparad e me llevaréis muerto o venid a por mí a llevarme vivo.

Sudaba e temblaba aquel hombre de forma tal que, de haber disparado, hubiesen ido las balas a otra esquina.

- ¡Miedo! – continué - ¿No es eso lo que sentís? ¿Dónde han quedado aquellos valientes e contumaces soldados de España, que nunca veo sino a cobardes?

E fue el silencio tenso sin yo moverme e sin él dejar de (intentar) apuntarme. E creí había vencido aquella batalla, que no la guerra, cuando algo duro e frío apretó en mi nuca.

- ¡No, Capitán Alacaída! – dijo una voz grotesca -; ni uno ni otro habréis de morir, sino que vivo vendréis conmigo donde os diga, que bien sé cómo he de hacer con sabandija como vos, que cree nunca ha de morir.

De la huida en espanto


nos e otros corrían de acá para acullá e a ningún lado se iba e, viéndolos yo confusos, alcé mi voz en el centro de la sala e con la reliquia en alto.

 - ¡Nadie se mueva! No vienen estos a por vuesas mercedes, sino a por mí. E no es esto para ellos presea de valor alguno sino que sería fundida. Guardo yo empero cosa valiosa que a sus manos nunca debería llegar ¡E vive Dios que ni esta ni la otra han de llevarse! ¡Decidme agora cómo salir se aquí sin ser vistos e dejad lides para quienes hacen de ellas su empresa!

- ¡Seguidme, Excelencia! – dijo presto el joven sacristán -; atinado no sería, como decís, salir deste templo por la puerta principal. Usaremos una escondida salida de la parte trasera ¡Síganme vuesas mercedes!

- ¡Parad! – corté el paso -; han de quedarse aquí todos en tanto llevo esto a buen recaudo. Nadie se mueva deste templo. Poned a salvo al Santísimo e restad luego en oraciones frente al altar. No creo osen derribar puerta alguna, mas si entraren, decidles hacéis vuestras obligadas oraciones… E una última cosa os digo: ¡Nadie ha visto al Capitán! No temed por vuestras vidas que, no siendo de razón, para ellos no son valiosas. A dar conmigo huirán ¡Orad!

E tomando al sacristán por el brazo miróme en temblores tales que creí perdería todo conocimiento. Halé dél e cerré la puerta. En la obscuridad del pasillo, tomado de su cintura, fuimos caminando quedos siguiendo la pared. E llegándonos a otra puerta, oí la abría e nada veíase hasta que encendió laz luz. En una cripta estrecha e húmeda caminamos sin decir palabra hasta el extremo frontero e, pasando entre nichos profanados que dejaban ver un ciento de huesos, hasta otra puerta nos llegamos.

Fue dificultoso abrir tal postigo, que del tiempo sin uso estaba atrancado e, ya abierto un tanto que nos dejaba paso, miróme el sacristán de cerca e dijo como palabras de despedida.

- Con vos me iría a buscar la muerte, pues luchar no sé, sino aprestar las misas. Dios os lleve a vos y a esta Santa Reliquia a lugar seguro. Subid esa escala abandonada y saldréis al jardín trasero, que es lugar que nadie conoce ¡Id con Dios, Excelencia!

Y en diciendo aquesto besóme e tomó mi mano bajando el rostro.

- Llevaros no puedo – le dije -, mas si quisiéredes volver a verme, memorizad mis números e llamad hasta que oigáis mi voz ¡Vendré a veros! E… - pensé - ¿No tendríais bolsa donde esconder el clavo? ¡Una como de compras!

- ¡No, Excelencia! – miró atrás - ¡Esperadme e vuelvo al punto! Tengo mi bolsa de la ropa, que es como de deporte.

Corrió entre los nichos pasillo atrás y, en segundos, vilo aparecer de nuevo e sonreía trayendo en sus manos bolsa azul algo ajada.

- ¡Servirá, pues no ha de parecer a nadie lleváis cosa de tal valor!

E sin decir nada, besélo y en sus ojos había lágrimas. Tomé la bolsa, abríla e puse entre sus ropas el Tesoro Divino.

- Volveré – le dije subiendo ya los peldaños que hasta una trampilla me llevaron -.

Empujando las tablas salí a un jardín que más parecióme cementerio e corrí hasta fuerte buganvilla por donde trepar cual raposa saltando luego afuera sobre un montículo. Cauto mas sin detenerme, recorrí aquel muro hasta salir a la parte de poniente del templo e, llegándome a la plaza donde se halla la iglesia, oí voces e golpes.

- ¡Abrid, curas malditos! Que bien sabemos escondéis ahí alimaña que ha de ser presa.

E pegado al muro resté unos instantes hasta que oí una voz suave e tranquila que parecióme conocer.

- ¡Dios Bendito, soldado! Calmaos que pienso erráis, pues no es esto sino la Casa del Señor e no hay aquí alimaña alguna, sino siervos en oración.

- ¡También siervos que ocultan a traidores!

- ¿Qué cosa decís, hijo? – respondió con calma - ¡Pasad, pasad, que en esta casa a nadie se prohíbe la entrada! ¡Habrán de ver vuesas mercedes hacemos nuestros rezos!

- ¡No me engañáis, puto cura! ¿Adónde habéis escondido al Capitán?

- ¿El Capitán? – preguntó como confuso -. A fe que en iglesia alguna hay capitán, sino obispos, e no los escondemos. Dejad las armas a vuestros compañeros e podréis verlo vos mesmo…

- ¡Viejo beato! – exclamó el guardia - ¡Vuestra sangre no vale para ser héroe! Rezad porque encontremos a quien buscamos o hemos de volver a por vos.

E luego de oír unos murmullos una voz dio orden de buscar hasta La Viña.

22 julio, 2010

Del cónclave por un clavo


ruzamos a priesa la nave central tras dar nuestro saludo al Santísimo hasta llegarnos a una portezuela que parecióme haber acceso a la sacristía mas, sacando de su bolsillo abundantes llaves, buscó don Claudio una dellas e abrió la puerta dificultosamente. Un luengo, curvo e obscuro pasillo recorrimos que parecía bajar casi una planta hasta llegar a otra puerta. Estaba ésta entreabierta, veíase luz por el resquicio e oíanse voces como en discusión discreta. Abrió la puerta empujando e allí nos entramos.

- ¡Capitán! – vino hacia mí obispo con sotana - ¡Por suerte habéis sido encontrado e a nuestros ruegos os avenís!

- Aquí estoy porque he venido – dije -, e mi desconcierto me ha traído, ¡vive Dios!, que don Claudio me da razones mas, siendo tantas, ninguna entiendo.

- Sentaos aquí, sentaos – continuó -, que acaso la premura y el espanto nos impidan manifestaros tanto.

E tomé asiento en sillón dorado e que de rojo terciopelo había sus tapices e fueme aquel otro obispo hablando con más sosiego… e más orden.

- Todos aquí obispos reunidos en cónclave nos hallamos, pues certeza habemos de que este templo, como ocurriese en 1936, ha de ser profanado y expoliado. Poco tiempo habemos por llevar al Santísimo lejos aunque dentro de nuestros humildes cuerpos lo hagamos. Mas no así podremos salvar presea, de valor tal, que destruida nos llevaría al quebranto. Es así, en tales aprietos, como oímos a don Claudio hablar de vos, Excelencia. Excúsesenos el no narraros agora historias que bien os son conocidas, sino que queriendo pediros un ayuda llamando a Su Ilustrísima, don Juan de Lobo, supimos viajabais a Cuenca ¡E a medio camino estamos! E como queríamos vuestra presencia, queremos agora volváis al punto a vuestra tierra, pues aquellos que os buscan por otras causas, sabedores de que visitaréis la ciudad del Huécar y el Júcar, acaso piensan venís en nuestra defensa e a nuestros oídos ha llegado os espera celada en la que caeríais con la familia ¡Aquesto buscan e aquesto buscábamos nos!

- Sépase agora – dije solemne – que, dejando a mis seres amados a buen recaudo, he de hacer cuanto se me pida mas… (dudé)

- ¿No es posible tal? – preguntó angustiado don Claudio - ¡Nadie sino vos puede salvar lo que os decimos! ¡Mirad!

Apresuróse a abrir un a modo de sagrario e trujo hasta mí como relicario en oro sobre primoroso paño blanco.

- ¡Aquí tenéis, Excelencia! – me dijo casi en llantos -. En vuestras manos podría quedar a salvo lo que nadie ha visto. No es esto sino un auténtico clavo, el de la mano diestra, que sujetó el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en su cruz. Acaso pensaréis son todas estas reliquias, de las que se habla existen, meras copias o producto de falsos intereses. Mas aquí habéis documento escrito de Su Santidad San Silvestre en el año 315 donde, además de leerse el Credo por vez primera, habla de cómo creó la Corona Férrea con un clavo de la cruz… ¡Helo aquí!

- ¡Santo Dios! – di paso atrás - ¿Ponéis en mis manos tal tesoro?

- ¿En qué otras manos pensáis lo dejemos? – acercóse el otro obispo -. No es la Iglesia ni somos sus ministros luchadores ni estrategas ¡Vos sí! E cristiano. La espada e la cruz tomáis como una sola cosa como hiciese San Fernando…

- Bien decís uso mi espada en defensa de mi fe, Eminencia – abrí mis brazos en cruz -, mas sin ella vengo e sin cualquiera otra cosa que pudiese usar como una arma, que así lo pidió don Claudio.

- Vuestra fuerza os acompaña allá donde vayáis, Capitán – insistió don Claudio -; castigo de Dios es esto por pensaros…

- ¡No es momento destas pláticas! – interrumpí e tomé sin mirar el relicario -; si vinieren estos parciales en mi busca, ni esta presea ni vuesas mercedes ni mi familia a salvo estaríamos ¡Salgamos!

21 julio, 2010

De las páginas en blanco (y 4)


acia la puerta íbamos, cuando volví un instante e dije a Marcos, sin ser oído, apagase nuestros móviles, pues nadie, ni Su Eminencia, debería saber dónde estábamos si de allí salíamos.

Y en saliendo del mesón, sonrióme don Claudio sin palabras e colegí me manifestaba su agrado por mi familia mas, pensando yo en tan sólo unos segundos, supe de seguro él mesmo fue el que me diese aviso al móvil, sabía (acaso por mi ropaje) era yo el capitán que buscaba y, era tanto lo que parecióme conoscía de nosotros, que hasta al oírle llamar «pastor de ovejas» a Lorenzo, pensé habría largas pláticas con don Juan. Mas no habiendo oído a este último de don Claudio alguno hablar, quise me diese unas razones.

- No ha de pensar Su Eminencia desconozco la fuente de los conocimientos que sobre mi familia tiene, que bien entiendo conocéis a don Juan, pues al punto supisteis quién es quién e cómo es, entre todos nosotros; es el caso, y excuse entre quizá en entierro ajeno, que nunca oí a Su Ilustrísima de vos hablar…

- No excusaos, Excelencia, ni dudad – dijo al punto -, que he de ser yo el que me excuse, pues vuestro tío no conoce de mí sino mi cargo, mi voz e mi disposición a seros de un ayuda. Acaso debería haberos advertido desto en mi llamado mas, como bien saben vuesas mercedes hay ladrones de secretos, bien sabía yo podría indicar caminos.

- ¡A Tarancón lo indicasteis!

- Otra forma no había de impedir os llegarais a Cuenca; allí se os esperaba. Es el caso, que necesitando vuestra ayuda, con la Conferencia Episcopal consulté y, en segundos, alguien cuyo nombre no puedo desvelar, dióme señas por hablar con Su Ilustrísima; e no conociéndolo en persona, muchas e muy buenas razones se me dieron de su ministerio, de su parentesco con vos e muchos otros detalles que no habrá que desvelar, pues entrambos bien los conocemos. E advertido de que vuestros teléfonos, acaso, podrían ser oídos, con otro ministro de Nuestro Señor en Sevilla hablé. E desta manera fue como pude hablar una luenga pieza de móvil a móvil con él… e sin sospechas.

- ¿Decís que usasteis teléfono ajeno, así como él, y de todo esto supisteis?

- ¿Lo dudáis, Excelencia? También la Iglesia es como la guardia, que ha de andar con cuidado por no ser presa de aquestos que poco, o nada, guardan las leyes. Así, al conocelle, supe dél en Madrid estabais todavía con vuestros hijos e quise darle aviso de que huyerais a Sevilla y evitar vuestra visita a Cuenca ¡Mucho se mueven agora éstos e poco dellos sabemos! E no habed cuidado, pues Su Ilustrísima es salvo: en Grazalema se halla. Mas… dijo ibais a Cuenca…

- Como habéis oído, Eminencia, unos días de solaz habremos e a mis hijos he de mostrar Castilla ¿Qué cosa sabéis que pudiese yo manifestar en cónclave alguno?

- Diría yo, Capitán, que sabe alguien volvéis a la tal ciudad e se os espera. Así os he citado a las tres sin margen antes de llegar, pues no acudiendo antes desa hora, vuestra familia estaría en grave riesgo… ¡No vos, vive Dios!, que sé algo, muy poco, de vuestra luenga vida. Expondrá el cabildo nuestro caso a Su Excelencia en hasta quince minutos e, sabiendo el riesgo que entrambos corremos en Castilla, al Andalucía volveréis presto.

- Y si he de volver al sur… ¿cómo he de ayudaros?

- Mucho os pido, Excelencia, e no es cambio por el aviso que os doy. No penamos por nuestras vidas, sino por cierto «tesoro» que podría desaparecer entre las llamas como tiempo ha otros fueron pasto dellas.

- A salvo están mis hijos, Eminencia, que en adelantarme a trazados sé acaso demasiado… mas ¿cómo he de salvar ese tesoro?

Paró a la sombra, me miró grave e habló antes de volver a caminar.

- La Iglesia – dijo en baja voz – bien sabe a qué hora os esperan en Cuenca e, siendo que lleváis retraso, a buscaros podrían venir. Tomad el tesoro e llevadlo como vuestra vida a La Viña apagando los teléfonos aquí e partiendo para Sevilla. Tiempo habrá de que volváis a esta tierra; no agora. Vos salváis a vuestra familia, que cualquiera envidiare, e guardáis a buen recaudo el citado tesoro en vuestro palacio, que es bien pequeña la presea de la que os hablo ¡Prosigamos!

En andando por otra calle a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción nos llegamos, tres golpes dio en el postiguillo e al fresco e silencioso templo nos entramos.

- ¡Adoremos al Santísimo!

- Es justo y necesario, dije – si he de comprender tales entuertos, pensé -.

20 julio, 2010

De las páginas en blanco (3)


brióse la puerta al tiempo de los postres e Marcos e yo vimos entrarse a hombre gallardo de hasta sesenta años en edad, en negro grave vestido, con alzacuellos e dejando entrever pectoral grande que brillaba sobre su pecho. Una mirada corta entre nos fue suficiente para decirnos podía ser aquél el mensajero que esperábamos e, como quise intuir, acaso aventurándome, bien nos pareció ministro de la Iglesia.

Acercóse al punto el huésped con agrado, besó su cruz en reverencia e mostróle el camino hasta nuestra mesa. Así se acercaba con paso ceremonioso, recorrió de primero con su vista toda la mesa sonriente e dejó sus ojos en mí abriéndolos como sorpreso e como en saludo.

- ¡Capitán! – extendió sus brazos -, tal como os dije habéis hecho ¡Sentaos, sentaos!, que no es de razón que hombre de nobleza interrumpa su almuerzo por visita tan humilde.

- Humilde será tal colijo, Eminencia, mas con otro humilde siervo de Dios se encuentra. Sentaos aquí a mi lado una pieza corta, que resta tiempo para partir e placeríame conocieseis a mis hijos e a mi… amigo e abogado.

- ¿Cómo no he de sentarme, hombre de Dios? – exclamó alzando sus manos -; mas quisiera decir unas palabras a todos estos vuestros hijos e besarlos como míos, que bien sé aman a Nuestro Señor e veneran a su padre… ¡Su tutor me dio estas razones!

- ¿Su tutor? – preguntóle Marcos en desconcierto -.

- Su Ilustrísima don Juan de Lobo – apuntó -, que al día me tiene desta familia de la que se siente parte e todo…

E rodeando la mesa de espacio, acercóse de primero a Marinín e no quiso se pusiese en pié poniendo la su mano en su hombro e mirándole como si ángel viese, cual lo veía don Juan.

- Dejadme besaros – le dijo -, pues es costumbre a la que no he uso si no es con el Santísimo, los santos e los venerables.

- Beso sus manos, Eminencia – contestóle mi pequeño -, pues venerable no me siento para tal. E siendo vuesa merced como mi tío Juan, acaso prefiráis bese la cruz.

- ¡Santo Dios, criatura divina! – quedó perplejo -. Las razones que de vos me dio don Juan quedan cortas al veros, pues a la belleza de vuestro rostro, como de santa talla, asoma una belleza de espíritu de envidiar.

E mirando, luego de besarlo, a su enderredor, a todos fue hablando, inclinándose e besando, que no permitió a ninguno dellos se alzase ante él.

- ¡A vos no os beso! – rió frente a Marcos -, que si bien háseme dicho sois también venerable, quisiera sirva esta distancia como muestra de respeto ¡Aquí he de sentarme; junto a vos!

E recorrió todos los rostros que frente a sí había en sonriendo satisfecho e como haciendo gesto de bendición sobre ellos. Y, antes de que conmigo hablase, algo le dijo Marcos al oído y discreto.

- Sabed, excelencia – miróme -, que quise de primero enviar al sacristán a buscaros e me alegro de no haberlo hecho pues, habremos corto cónclave, no muy lejos, e no quería dejar de conocer a este coro que frente a mí canta alabanzas con su pureza. Tomaría, eso sí – alzó la mano -, un café con leche, que estos calores me traen fatiga tras el almuerzo ¡Fino! – alzó la voz - ¡Lo de siempre! E pago yo todo gasto aquí hecho.

Miróme Marcos en disimulo e como temiendo hiciese aquello, que por haber la mesa hablamos de un desconocido obispo e dimos cumplimiento a lo más costoso. Mas acercándose el mesmo huésped con su café oímos con claridad lo que decía.

- Vuestro café cortado, don Claudio; e nada habréis de satisfacer que todo está satisfecho por el capitán. Convencedle de que vuelva a esta su villa y esta su casa e con eso aportaréis más de lo que quisiéredes.

- ¿Todo pagado? – mirónos confuso - ¡Cuánta priesa veo aquí!, que antes de las tres, sin falta, habremos de estar en la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción que, no estando en aquesta mesma calle, a obra de dos cientos metros se halla. E hasta una media hora habemos para unas pláticas. Os rogaría me dejaseis contemplar tan bellos rostros e tan bellas almas… ¿Sois vos Lorenzo, zagal? – lo miró con entusiasmo -; decidme si os placen estas tierras.

- Por ventura, Eminencia, nuestro padre nos lleva por toda Castilla porque conozcamos cosa distinta a Grazalema, que es villa pequeña de la Serranía e de allí nunca salimos.

- Bien sé que como mayor de los hermanos – le dijo – de los más pequeños cuidáis como pastor de sus ovejas. Quisiera yo deciros que debáis siempre obediencia a vuestro padre, cosa que sé hacéis por amarlo e, no estando éste, obedeced a don Marcos como con vuestro padre hacéis. E a todos os digo que améis a vuestro tío Juan e aprehendáis cuanto os diga, pues habiendo esa sabiduría que de Dios viene, la restante ha de venir sola por añadidura.

E sorbiendo su café sonoramente, volvió a dejar la taza en el plato sobre la mesa, miró a Marinín e hablóle en latines.

- A bove ante, filio, ab asino retro, a muliere indique caveto.

- Amen, pater, a bene placito.

E no hubo más palabras, sino que confirmado acaso lo oído por Su Ilustrísima, viósele pleno e pletórico, volvióse a Marcos e hablóle en voz baja.

- Como Lorenzo sabe, y ha de hacerlo, que de sus hermanos es como pastor, sed como su padre para ellos cuando no esté su excelencia. Terminados los postres iremos una pieza al cónclave. No olvidéis habéis en vuestras manos almas muy valiosas… como la vuestra…

- Es obligación que acepto con placer – díjole también casi en susurros – e no creo merecer estar a su altura, sino a sus pies.

- ¡Sea! – dijo en levantándose -; su excelencia, vuestro padre, ha de venir conmigo agora ¡Quedad con Dios e con este otro también vuestro padre al que debéis veneración! – alzó su mano e todos quedaron en pie - Benedicat vos omnipotens Deus, Pater et Filius et Spiritus Sanctus.

- Amen.

E tras corta despedida, del mesón partimos e la tristeza asomaba a los ojos de Marcos e de Marinín, como viendo en los aires oscuros augurios.

De las páginas en blanco (2)

  
No eran horas aquellas para refrescos, ni desayuno; e tampoco para seguir el viaje por tomar almuerzo en Tarancón, mas pensó Marcos que no viajando tan velozmente e visitando el pueblo, sería la hora de buscar ese tal mesón e yantar. Habríamos de buscarlo con tiempo, pues hallado y comido, debería ser hora prudente para que yo caminase hasta el templo que se me dijo llegando antes de las tres de la tarde. E con estos pensamientos, tras tomar refrigerio e platicar una larga pieza, volvimos al camino.

Dentro de una hora a Tarancón nos llegábamos e dimos unas vueltas por entrar en la ciudad. Preguntó Marcos de primero por el Mesón de la Viña, que fue fácil de hallar, e luego por algún templo cercano, mas nadie dijo hubiese parroquia aledaña.

Visitamos sus calles, que eran maravilla de ver, e compramos regalos para todos – presentes e ausentes -, incluyendo miel de la Alcarria, que haría las delicias de «angelitos» e «ilustre» en llegando a Sevilla. E con tiempo sobrado acudimos al mesón e nos fue dicho habríamos de tener reserva de mesa e, viendo yo el tiempo mermaba, con el sirviente hube unas pláticas.

- Sabed que reservas no habemos e sí hambre e priesas; e no son éstas por devoción, sino por obligación. Acaso una de aquellas mesas, ya con reserva, no haya de usarse hasta hora tardía. Aseguraros puedo que ha de ser rápido el yantar, bien pagado e con orden.

- Lo que proponéis entiendo, señor – hizo reverencia -, mas no es capricho aquesto que os digo, sino orden del jefe e, no cumpliéndola, podría salir deste restaurante con vuesas mercedes al tiempo e sin fecha de vuelta… ¡E a fe que un servidor también ha de yantar!

- Hablaría yo con ese vuestro jefe, joven – bajé la voz -, de forma tal que sea él quien dé la licencia.

- ¡Tal no puedo hacer! – asustóse -; no quiere el jefe que se use mesa reservada aunque vacía quede luego, que aún siendo cobrado el almuerzo como si se hubiese llevado a cabo, han de estar las mesas prestas e mucho tiempo lleva el aprestarlas…

Y en esto diciendo, parecióme miraba en disimulos a hombre gentil e de ropas costosas. Así, sin otra cosa decir, arremetíle con grande sonrisa e reverencia, destoquéme e presentéme solemnemente como el Capitán Alacaída.

- Bienvenido seáis a esta vuestra casa, señor – respondióme respetuoso -; ¿qué mesa se os ha reservado?

- Por tales asuntos he querido hablar con vos, pues viniendo a esta hermosa villa por asuntos urgentes que poco tiempo han de dejarme por ver estas ínclitas calles e monumentos, no he podido hacer reserva alguna. Y es el caso que… ¡esto no sé!, pudiera asistir el obispo, pues éste hame recomendado con vehemencia no yantase en lugar alguno sino en La Viña ¿Acaso no haría él la tal reserva?

- ¡No, señor! – contestó al punto e turbado -; he de aprestaros mesa para cuantos comensales digáis y en el sitio elegido, que bien quisiera volvieseis por haber placer en el estar y el yantar en esta casa, que es favorita del obispo como decís ¡Decidme! ¿Cuántos comensales os acompañan?

- Dejando asiento por si asistiere el obispo… - pensé -, para otras personas que ahí esperan necesitaría acomodo.

- ¿Preferiríais aquella redonda mesa que junto a los ventanales se halla?

- Bien pareceríame si vos mesmo la aconsejáis. No ha de estar ocupada mucho tiempo, que he de asistir a cónclave de importancia antes de las tres en templo importante e cercano, según me ha sido comunicado.

- ¡Seguidme señor! – comenzó a andar hacia una lujosa mesa -; en esta mesa habréis sitio para todos e hasta dos sillas vienen sobradas, que si acudiere Su Eminencia don Claudio, una más sería menester.

- Si… - pensé en poco tiempo – …viniere Su Eminencia no traería compaña.  No habed cuidado, que una silla ha de sobrar.

E acomodándonos a la mesa, el jefe y el sirviente platicaban e reían con mis pequeños e trujeron unos cojines porque no fuesen las sillas muy bajas para los más nuevos. E fue gran contento para todos e se pidieron los mejores manjares y el mejor vino e con primor fuimos servidos, siendo de gran contento para todos e pidiéndose siempre lo selecto e más costoso sin pensar en la bolsa.

- A fe, Marino – susurróme Marcos -, que no sé cómo conseguís lo que no es posible.

- A fe, querido Marcos, que ni yo mesmo lo sé, mas algo desta manteca untada con algún aliño vuelve al pan más seco jugoso.

- ¡Restaurante como este no he visto nunca, papá! – exclamó Antonio -, que siendo el comedor de nuestra casa lujoso, es aquí cada cosa como pieza de museo; e como si comiese en el Prado me hallo.

Rió Marinín e besólo e, con cara de pícaro miróme cabizbajo, que bien sabía su padre hacía reales e tangibles las nubes. 

De las páginas en blanco (1)


an de disculpar vuesas mercedes el tiempo no escrito en estas las páginas de mi diario, que no siempre llévanse las cosas por el camino que uno traza sino por el que Dios Nuestro Señor hanos deparado y sirvan estas primeras palabras como capítulo  para entenderse el por qué desta tardanza, que cada cosa tiene su qué, su cómo y dónde, mas tiene también su cuándo. E no sabiendo si manifestarles de primero lo que agora sucede o lo acaescido entonces, como el tiempo pasa he de escribir lo pasado e como discurre he de narrar el presente, pues no se entiende historia alguna que en los finales comience aún siendo éstos el presente.

Quedóse el diario como en abandono e nadie osó a cambiar esta historia, sino hubo decisión de que yo mesmo la continuase, e fue que de Madrid viajábamos hacia Cuenca bien de mañana cuando las chirimías de mi móvil, a tales horas, hiciéronme pensar la historia trazada cambiaría; e no erré en esto. Mirando los números de quien llamaba no supe si alguien lo hacía a quien no debía o si el deber llamaba cuando no era atinado. Turbado e viendo las miradas de Marcos e mis hijos descolgué el teléfono e oí antes de preguntar. Una voz desconocida dijo unas palabras en sabiendo era yo el capitán que buscaba e mudo resté entonces oyendo sin hacer gesto que a los viajeros alertase.

- ¿A qué negarlo, Capitán? Mi llamado os asusta pues, no sabiendo quién llama, sabéis acaso el por qué. E no es otro el mensaje que aquesto que os digo. A nadie decid cosa alguna e haced alto en Tarancón por haber almuerzo; e debe ser éste en el Mesón de la  Viña y, allí estando, otro aviso recibiréis e a cierto templo iréis sin compaña… e sin arma; vuestras manos e bolsillos vacíos, sin dinero ni llaves ni móvil ni cosa alguna que no sean las ropas que vuestras vergüenzas cubren. E pasando un minuto de las tres de la tarde sin veros allí presente y solo, no seréis vos el que asista a este encuentro, sino todos los que os acompañan. Guardad silencio, cumplid lo obligado e todos otros estarán a salvo. Quede con Dios su excelencia e razone lo oído pues soy verdadero.

E tras tan luengas palabras e mi silencio, todos quisieron saber quién llamaba e así les dije no era cosa de haber en cuenta, sino de olvidar. E supo Marcos no era llamada vana cuando le dije parase en una venta del camino por tomar refresco e a todos dije entre risas se entrasen e pidiesen cuanto gustasen advirtiendo a Lorenzo cuidase de los más pequeños e pidiendo a Marcos volviésemos al coche.

- ¡No me engañáis, Marino! – espetó Marcos al cerrar las puertas -, que tanto por el tiempo que a vuestro lado estoy como por el remedio que pusisteis, casi puedo deciros se acaba este viaje.

- Vuestra razón se adelanta – dije grave -, que si bien es cierto que he recibido llamado extraño, sumáis a eso, en vez de alto en el camino, cambio de trazado e fin del viaje. Oídme bien antes, haced lo que os diga e seguiremos la ruta no comenzada… En Tarancón haremos parada, que es lugar de interés para todos, e allí tomaremos almuerzo. Permitidme agora mude mis ropas por mi uniforme e decid a los niños he de visitar al obispo, pues el nombre de Dios e algún templo ha mencionado en su despedida… Sea la tal cita acaso por pedido de Su Ilustrísima. Quedaos con mis llaves e todo lo demás e llevad a los pequeños a ver la ciudad, que es cosa de no perder. A las tres tengo cita con miembro de la Iglesia e no debe ser ésta más larga de una hora, así, en no apareciendo a las cuatro, tomad dirección a Sevilla velozmente. Yo he de avisaros con nuevas.

- ¿Me manifestáis tales entuertos como si a beber a la fuente fueseis? ¿Sabéis qué puedo decir a vuestros hijos de su padre si no aparece?

- Decidles verdad, Marcos – cerré mis ojos -; decidles entonces ha cambiado el trazado por cambiar mi empresa. Bien saben ellos que desta forma es mi vida… ¡E vos lo sabéis! Haced lo que os digo; bien sabéis riesgo no hay, que para perderme han de pasar antes ciento ejércitos sobre mí. Dejad que las cosas vengan, orad e sed fuerte, que no he oído amenaza alguna.

E no queriendo (o no pudiendo) hacer otras preguntas, guardó mis enseres con tristeza mientras mudéme de ropas e a la venta volvimos e fue grande sorpresa para los niños.

- ¡Mirad, pequeños! – exclamó Marcos como de contento -; el Capitán acude a la llamada del necesitado.

E todos miráronme sorpresos e vi la tristeza esconderse en la mirada de Marinín.

- ¡Tardad si es menester, papá, mas no tanto!