27 diciembre, 2010

De las dudas de Su Ilustrísima


n el salón nos hallábamos en lecturas como tantos días y era el silencio; e a sotana tostada olía por haber don Juan sus pies casi puestos sobre el hogar. Encendida estaba la luz por lo obscuro de los nublados e algo decía entre dientes Marcos como dudando de lo que leía. En esto, dejó caer Su Ilustrísima el libro abierto sobre su sotana, retiró sus lentes e miróme como con extraño.

- Aun siendo la novela relato de ficción – me dijo – hay quien escribe cosas que no pueden ser razonadas. Este libro de Marinín, que no había leído, a ciertas aguas sólidas que pueden beberse se refiere ¡E vive Dios que imaginar no puedo ni lo primero ni lo segundo!

Levantando entonces su vista de las páginas, sonrió Marcos e rascó sus cabellos.

- ¡No sabe vuesa merced lo que leo yo en este! – repuso - ¡De un viaje hacia atrás habla yendo siempre adelante! Algún día escribiré cosas que de cuando en cuando, tan disparatadas vienen a mi mente, que bien pudieran ser una novela como estas…

- Más disparatado, como decís – apunté -, podría ser lo que en mi diario escribo. E bien sabéis nada invento, sino que lo que acaece narro.

- Alguna cosa… - dudó Su Ilustrísima - …he leído últimamente en vuestro diario, sobrino, y esta vez os traiciona, pues el secreto que a Marcos revelasteis, en vuestro diario pusisteis. Nada he de citar, que un secreto es un secreto; mas no entiendo se diga a voces.

- Acaso, Ilustrísima – terció Marcos -, sea lo escrito narración que, siendo antes secreta, ya no lo es.

- ¿Habláis de lo mesmo que yo hablo, Marcos? Pues si el Capitán – nunca así me llamaba don Juan - escribe al público lo que a vos os confiesa oculto, ¿sigue siendo secreto?

- Colijo se habla aquí de lo platicado sólo ha unos días – aclaré -; e bien decís era secreto entonces, pues sólo quería supiese aquello Marcos mas, no es ya tal secreto, pues a todos, también a vos, Ilustrísima, veo ha comunicado Marcos lo que le dije.

- Sin duda, sobrino – rió sonoramente tío Juan -; y como paradoja se me presentan tales razones pues, siendo secreto, dello hablamos y, manifestándolo agora, no se menciona el argumento.

- Es lo acordado – aclaré -; digamos no sigue siendo secreto ya lo hablado, que nadie ha vuelto a decirme cosa que fuera desas puertas suceda.

- A fe que un día – alzó su libro don Juan -, oyendo alguien estas pláticas, por locos ha de tomarnos.

19 diciembre, 2010

De cómo cerré mis puertas (2/2)


aminamos de espacio hacia la carretera e oíanse los caños del Aguanfría con tal fuerza, que hube de hacer un gesto a Marcos porque parase su discurso, que no lo oía. Fízome gesto de acuerdo, caminamos hacia abajo obra de veinte metros e comenzó a hablar sonriendo.

- He de confesaros, Marino, que creí huíais de la casa. Así pues, sabiendo nunca mentís, he de revelar erraba.

- ¡Tal no dudo! – sonreíle también -. Acaso para nos no sirva el dicho de que los que en el mesmo colchón duermen lo mesmo piensan. Sin duda vuestra mente ya no razona como abogado, sino como el capitán que agora lleváis dentro de vos. El remedio puesto para parar vuestros días, y sé estáis fuerte en lo que os digo, avivó vuestros pensamientos, mas a eso os gano en fuerzas acaso por lo vivido. Me desconcierta saberme aquí menos libre que en aquella obscura casona de Cuenca; quizá sea porque allí había la certeza de que un día escaparía e, aquí, sé que si el pueblo no se levanta como hiciéralo en motín contra el marqués de Esquilache - o Squillace, que era su nombre verdadero - en 1766, nada volverá a ser como ha sido estos últimos años. Debería deciros agora… ¡Nadie va a cortar mi capa! Puedo aseguraros, empero, que una parte ya lo está e la otra me será arrebatada.

- Como de despotismo ilustrado me habláis – razonó -; e no es ese mal cotejo, sino que podréis seguir vistiendo vuestro uniforme y vuestra capa.

- Dad tiempo al tiempo, amigo – repuse -. En verdad os digo que, llegados ya a este punto, no es lejano el momento en que se me despoje della.

Paró tomándome del brazo e mirándome turbado.

- ¿Es eso intuición o augurio?

- Bajad la voz, compañero, pues sólo para vos hablo, que no es ni intuición ni augurio, sino… ¿corazonada?

- A fe, Marino – casi hablar no podía -, que con tal seguridad lo decís que lo daría por hecho ¡Me asustáis! ¡Vos despojado de vuestra capa!

- Mejor así, Marcos; mejor así. Pronto está el día e avisado quedáis. De tales noticias nada han de saber en la casa ni agora ni el día en que lo que os digo ocurra.

E caminando seguimos sin más pláticas. Tal era su estupor.

18 diciembre, 2010

De cómo cerré mis puertas (1/2)


o habían llegado aún las Fiestas cuando aproveché un día soleado e quise hacer un paseo a caballo mas, al cruzar la casapuerta, en el lindero frontero encontré a Marcos como esperando e cabizbajo, alzó su cabeza e por su gesto grave supe me esperaba.

- Sabéis paseo cuando no llueve – musité -; no entiendo por qué aquí esperáis como si quisierais descubrirme en un intento de fuga.

- De vos huís, Marino – contestó -; ya sabéis conozco vuestros pensamientos como conozco los míos.

- ¡Vamos! – tomélo por el brazo -, no he de ir a pasear solo, sino con vos. Huir no pretendo de nadie, sino meditar… y en eso podéis serme de un gran ayuda.

- El Capitán pidiendo consejo a su abogado – hizo reverencia - ¿Qué puedo deciros que no sepáis sino lo que aquí espero? Acaso vuestras meditaciones en alta voz pudieran serviros como confesión mas, antes de que nada manifestéis, yo mesmo he de deciros a do vais y qué queréis. No es cosa que podáis ocultar a nadie en esta casa, pues es manifiesto. No sabéis vivir tanto tiempo si no lo ocupáis en algo y, tras tan larga vida sufrida, como en una isla os pensáis ¿Yerro?

- No hay yerro alguno en vuestras palabras… por un lado, mas sí hay algo en mi seso que ignoráis pues pensando estoy en todos estos artilugios modernos que a nuestra casa traen lo que no quiero en ella. He de comunicar a todos que no se me revele cosa alguna que desde aquella linde de las tierras de Grazalema al otro lado ocurra. Ignorar prefiero todo lo que acontezca. Nadie, frente a mí, hable de lo que allende aquellas arboledas sucede; e no digo con esto quiera prohibir cosa alguna a nadie. Sígase en esta casa la vida como hasta agora ha venido.

- Es eso cosa que no entiendo – dijo prudente – e no quiero razonar, mas no olvidéis estoy a vuestro lado; vuestro tío nos acompaña; nuestros niños nos necesitan. No escondednos vuestra alegría.

- Como ruego tomo tales palabras e con esto asiento; dejad que yo lleve mis problemas al hombro e no dudéis seguiré siendo el que siempre en esta casa se ha visto.

- Vuestra palabra tomo – comenzó a caminar conmigo – e yo mesmo he de decir a todos nunca se diga cosa alguna de lo acaescido en España, que es lo que deseáis si mal no lo entiendo.


- Vos lo habéis dicho. Quid pro quo, Marcos. Abiertas dejo las puertas desta casa e cerrada esa verja para mí e… a cambio, vos comunicáis lo por mí manifestado porque nadie cambie su vida. Sed cauto.

05 diciembre, 2010

Del corto diálogo con Marinín


enite – alcé la voz al oír tocaban a la puerta de mi bufete -. Inclinó mi pequeño la su cabeza dejándola asomar por el resquicio, sonrió e pasó caminando de espacio hasta mi mesa.

- ¿Conmigo queríais hablar, papá? – preguntó prudente -.

- Con vos, mi pequeño – hícele gesto porque a mí viniese -; con vos primero e con todos vuestros hermanos después. Saber quiero de vuestras vidas.

- Acaso dudáis somos felices aquí; con vos – besóme -; y erráis, papá. Mucho aprendemos, jugamos e con vos compartimos nuestras vidas.

- Y esas vidas, hijo – mirélo grave -, quiero sean de provecho para cada uno y para todos. E dudas no tengo de que así será.

E mirándome como con extraño, mesó mis cabellos y puso su brazo en mi cuello con disimulo; mas bien sabía yo lo que buscaba.

- ¿Pensáis puedo estar enfermo? – tomélo hacia mí -; decidme qué veis en mi interior.

Pensó una corta pieza sin apartar sus ojos de los míos y sin nada decir e, poniendo su cabeza sobre mi hombro, habló a media voz.

- ¡Tristeza! – dijo -; nada veo sino tristeza en vos aunque no la asomáis a vuestro rostro.

- No es este desconsuelo sino por no poder llevar a cabo mi empresa, hijo; gran contento hay en mi alma por teneros a mi lado día y noche. Decidme si hay algo que echéis a faltar que no es sino eso lo que me interesa.

- ¡Nada nos falta! – extrañóse -; bien lo sabéis e no entiendo tales dudas.

- Acaso yerre – concluí -; sé cuán verdadero sois. Me hacéis gozar e sé también os entregáis a vuestros hermanos. Tranquilo podría ausentarme desta casa estando vos aquí.

- Vuestros ojos me ven más grande de lo que soy, papá. Sin vos aquí esta casa estaría vacía. Tomad este tiempo de holganza en vuestra empresa para reponer las fuerzas, que bien sé cuánto habéis luchado por nos.

E no pudiendo sino darle toda razón, sentélo sobre mí y mostréle los nuevos trazados que había para el jardín de la casa e atento oyó lo que manifesté e del bufete salió de contento. Antes de salir y cerrar la puerta, miróme pícaramente, cerró los ojos como si soñase despierto y tiró de la puerta.

28 noviembre, 2010

De los tiempos de lluvias


ás de un mes estuvo con nosotros el periodista Alberto, mucho escribió, mucho aprendió e mucho disfrutó de mis hijos. Partió a Sevilla mas a Madrid volvería por trabajar como becario. Y esto face e su pluma señala a aquellos que nos hurtan hasta el aire que respiramos. E tanto llovió en aquellos días, que las aguas caían por los campos como insalvables ríos e muchas noches de tormenta hubimos a Marinín durmiendo entre nosotros; tanta agua cayó, que los caños del «Aguanfría» – que así es llamada la fuente por las gentes – de la pila pasaban.



- ¡Cuán tristes son estas tardes en este pueblo, sobrino! – espetó Su Ilustrísima -; meses pasan sin que podamos ver el sol, llueve día e noche como si no hubiese llovido nunca antes o nieva con el frío, haciendo tal capa, que desta casa a la carretera no puede andarse. No es así en Ronda, que bien cerca está. Son estas sierras de gran altura que parecen llamar a las nubes e Dios hace luego el milagro; la nieve e las aguas convierten los campos en jardines. Esperemos esa primavera.

- Paréceme habláis de otras lluvias, otros tiempos e otras primaveras – manifestéle -; también Dios ha de saber cuándo ha de llegar esa primavera.

- A su tiempo, hijo, a su tiempo – miróme por sobre sus gafas -, que esperar la primavera mañana es sinrazón si aún no han llegado las fiestas de la Natividad de Nuestro Señor.

- Ya las espero – miré al inquieto fuego del hogar – e priesa alguna tengo, Ilustrísima, pues tal primavera acaso nos lleve al verano e a otro invierno luego sin poder salir destos campos ¡Décadas he restado en mi casa de Sevilla como confinado! Iluso de mí; pensé que cuando salía a buscaros era ya la libertad para siempre.

- ¿E… no fue así?

- ¡No tal! – sonreíle - ¿Llamáis libertad a esto? Tan siquiera creo haber estado libre los años pasados, pues en todo viaje, en todo lugar, acompañado de Marcos o solo, heme sentido como recluso vigilado. Al menos – suspiré -, no me siento agora como cautivo custodiado.

- A vuestros hijos – señaló – tenéis con vos; a don Marcos, a Víctor, a mí mesmo; al servicio… y a Dios ¡No os halláis tan solo!

- Así razonado… no. Esperaremos a que pasen las fiestas deste año e, así se acercan, a todos iré hablando; uno a uno. Quiero saber lo que de mí piensan…

- Tal cosa puedo deciros yo mesmo, sobrino – rió - ¡Os adoran!; como colijo vos los adoráis a ellos, que no vivís si no los tenéis a vuestro lado. Y esto sé porque así mesmo yo lo siento.


- Cuando las aguas caen con tanta fuerza – miré hacia el escuro paisaje -, las entrañas de la tierra llenan; e cuando cesan las lluvias, con tal impulso salen, que limpian todo lo que hallan a su enderredor.

05 noviembre, 2010

Del comienzo del exilio


ubo cena en mesa de todos tras besos y llantos. E no faltaron las oraciones e los latines de Su Ilustrísima, que a doña Julia bendijo e de Marinín – su angelito primero – no se retiró.

- A fe, Excelencia – manifestó Alberto -, que habré de pellizcarme por saberme despierto, pues como dentro de un libro me hallo con estos que son ya como mis amigos, e con vos ¡Diría estoy en el país de «Nunca Jamás»!

- Digamos os halláis en el país de «Siempre Eternamente» - sonreíle -; no son todos estos mis hijos ni todas estas otras personas invento… ¡E bien he crecido antes de pararse el tiempo!; mas valga lo que decís como si lo dijese Alicia al atravesar el espejo, que lucho por hacer desto, para todos, como un «País de las Maravillas».

- ¡E sin duda lo es! – exclamó doña Julia - ¿Podéis acaso decirme cómo una casa que de por fuera aparece como casona de campo es por dentro palacio que dentro de esa casa no cabe? ¡Vive Dios, que no hago sino pensar que existe el hechizo!

- De lo que referís de la casa – respondíle – he de daros razones. Bien es cierto que aquí dentro piensa uno no cabe tanto espacio tras tan poca fachada… Acaso desconozcáis puede hacerse lo que pensáis hechizo, que no es más que imaginación e arquitectura que os desvelaré ¡Cayetano! – llamé -; acomodad a los invitados, que a buen seguro necesitan descanso, e preparad una copia de mis esbozos desta casa porque los tenga mañana doña Julia.

E todos nos levantamos y en orden subimos las escaleras. Paré mi mirada una corta pieza en ellos, como de hito en hito: Marcos, don Juan, Marinín, Antonio, Carlitos, Pablo, Guille, Lorenzo, Víctor, Bruno, Nicolás… ¡Tantos! Supe no era tiempo de lides e sí de dedicar a ellos e, ya entrando a la estancia, miróme grave Marcos.

- Podéis decir he errado – susurréle -; como a buen seguro todos razonasteis, no es ya, agora o de momento, tiempo de llevar a cabo esta empresa, sino de holgar…

- Nadie va a deciros errasteis – contestó -, pues ha aprovechado el viaje. Durmamos. Mañana he de daros las últimas nuevas e habréis de hablar con el Chusco ¡Carpe diem!

E fue así cómo empezaron al tiempo las fuertes lluvias e mi momento de retiro, pues a cada uno de los allí congregados en aquella cena debía mi atención. Seguros sabía a Marinín e Lorenzo e tal ya era asaz descanso. E otros muchos trazados fice antes de caer en sueños, pues desde la casa, sin atravesar las lindes de Grazalema, debería llevar a término otros asuntos.

Con esto dicho, han de saber vuesas mercedes fice juramento o voto, que don Juan no es amante de aquellos, por escribir cada noche lo que agora se lee, pues no era de razón desvelar al enemigo los pensamientos e, ya pasado, en estas páginas podrá leerse lo acaescido en los meses pasados y venideros. E así como escribí un día en el acápite habría de ser este mi diario para solaz de todos, corriendo tiempos de menoscabos, tómense mis palabras como bálsamo, que ricos y pobres, viejos e nuevos, hombres y mujeres, sufrimos un exilio en propia Patria.

03 noviembre, 2010

Del viaje del expatriado


uedáronse en aquella casa de huésped gentil don Justo, el servicio e todos aquellos hombres expertos que hasta allí nos llevaron e, abriéndose la gran puerta de las cocheras, puso su coche en marcha doña Julia e nadie miró atrás.

Atravesando las ya tranquilas calles de Sevilla, a unas más nuevas nos llegamos e díjonos doña Julia descansásemos. Atrás iba yo sentado con Marinín e Lorenzo como recorrimos el pasadizo e junto a doña Julia veíase al periodista Alberto muy quedo. Quise echar de ver cómo era cierto que el joven podría luchar escribiendo e hícele preguntas baladí primero e otras de importancia luego. Oyéndole – miraba hacia atrás al hablar -, supe había acento castellano del que en Madrid se habla; y era hombre culto de no hacer discursos con veinte palabras, sino que, diciendo pocas, todo manifestaba. Así supe bien me conocía por haber leído este mi diario e por alguna cosa más que manifestárale doña Julia. Con esto, parecióme no era de razón hablar más, que mi pequeño me miraba en lo obscuro con los sus ojos soñolientos e Lorenzo recostó su cabeza en mi hombro.

- Una cena habremos al llegar – manifesté a doña Julia – e iremos al descanso. Priesa no habrá por madrugar; descansadas, podrán vuesas mercedes volver a Sevilla. Han de ser los días venideros de oración e retiro e, ya entrado el invierno, en otros menesteres ocuparemos nuestro tiempo.

- Pensaréis os estorbo, Excelencia – miróme con tristeza Alberto -; pensé podría restar con vuestra familia unos días… ¡pocos!, e volver luego. Lo que sé de vuestros hijos quisiera conocer estando con ellos, mas no es esto ruego alguno, sino deseo, que habrá de cumplirse, si Su Excelencia lo permite, cuando sea posible.

- ¡Posible es! – era sin duda un ruego -; podéis restar en casa cuantos días necesitéis pues lugar hay de acomodo e… si os pensáis culto, como a mí me lo parece, preparaos a hablar con niños… e con mayores, que pueden enseñaros mucho. A nadie niego compartir mi casa y a mis hijos, huéspedes e servicio tendréis como amigos.

Sonrióme en silencio e miró al frente, dejóse caer en el asiento e reclinó su cabeza. Todos en poco quedaron dormidos e continué en pláticas con doña Julia. Así, llegándonos ya a la subida de la Ribera hasta mi casa, cerró ésta las ventanas por entrar aire bien frío e, al poco, divisamos la casa, que estaba toda encendida.

- ¡Despertad! – susurré a Marinín -; a casa nos llegamos. Fría está la noche e todos están dentro, mas aseguraros puedo nos esperan.

Y en mirándome feliz incorporóse por mirar cuando ya entrábamos por la cerca e, viendo Cayetano nos llegábamos, señas nos fizo de contento y entróse a la casa a priesa. Con esto, todos salieron a recebirnos e hubo gran fiesta y algarabía y gritos e, mirando Alberto a su enderredor como dormido, exclamó:

- Así lo soñaba y mejor es, que como sueño paréceme entrar en lugar leído en un libro ¡E todo es real!

30 octubre, 2010

De la travesía del cruel (3/3)


 en el poco discurrir que nos restaba hasta la salida – obra de unos treinta metros -, dejé libres las cabezas de mis hijos e todos miramos al frente. Veíanse dos luces moverse en la plena obscuridad e hacia ellas caminamos, si acaso, más apriesa.

- No es menester apretar el paso – espetó Vicente -, que en esto haciendo, o caeremos o sacaréis los calzados de mis pies a pisotones ¡Seamos prudentes, que ya por poco se pleitea!

- ¡Bene curramus!

Rió Marinín al oír mis latines e pude ver la sonrisa en los ojos de Lorenzo.

- A fe, papá – díjome éste -, que no era todo camino de rosas como pensé, mas, a la vista está ya el final.

- Siendo así, hijos – dije a entrambos -, aliviad un poco esas manos, que he de tener cardenales en mi cintura, tantos como dedos habéis, en una semana…

- Igualados estaremos – dijo Marinín en chanza -, que entre Lorenzo e yo otros tantos habremos en los hombros y las mejillas.

E ya viéndonos cerca de aquellas luces e la salida, pasaron los temores e volvió el aliento; e una voz como de la ultratumba sonó dándonos la bienvenida.

- ¿Vicente? ¿Excelencia? ¡Aquí estamos!

Con esto, y en pocos pasos, fuimos viendo las figuras e los rostros de doña Julia, don Justo e un otro hombre joven e, soltando sus manos de mi cinto, corrió Marinín a los brazos de aquella dama que a salvarnos esperaba.

- ¡Heos aquí, mi pequeña excelencia! No es menester manifestéis agora lo vivido – exhortónos -, que bien lo sé y habrá tiempo sobrado dello ¡Subamos a la casa al punto! De la cochera saldremos con sigilo e, rodeando Sevilla por la calle Águilas, en poco estaremos camino a casa.

- Bien paréceme el trazado – díjele al oído -, mas decidme quién es esotro caballero que aquí nos sabe.

- ¡Nada temed, Excelencia! – rió por tranquilizarme -; es joven periodista de la familia que ha de narrar, salvadas las distancias y en su día, cómo todo este trazado a cabo se ha llevado con éxito ¡Acercaos! Es este mi sobrino Alberto.

- En vos confío, señora – mirélo cauto -, mas decidme antes que es eso de «periodista» y de narrar una huida como si fuese hazaña.

- ¡Alberto! – volvióse a él - ¡Acercaos! He aquí al Capitán Alacaída… Capitán, he aquí a mi sobrino Alberto – estrechó éste mi mano como si viese a un santo -, que no ha de narrar lo ocurrido como hazaña, sino que lo hará como denuncia cuando sea el tiempo. No decidme desconocéis periódicos o noticiarios. Por ellos todos saben del mal que se está haciendo e han de saber qué parciales los gobiernan. Confiad en mí y en él, pues como mi hijo lo tengo.

Acercóse el joven «periodista», tomó mi mano e, inclinándose un poco, fizo reverencia.

- ¡Al fin os conozco, Capitán! Sabed que a vuestro servicio me hallo; cuando no puede lucharse blandiendo una espada, ¿por qué no hacerlo tomando la pluma?

Así supe, en un instante, tenía ante mí esa arma que buscaba; un aliado valeroso que vencería con palabras lo invencible con la lucha.

- ¡Úsese el seso! – tendíle mi mano -; cuanto necesitéis saber os será revelado porque sepan todos lo que se les oculta.

- Con nos ha de viajar a vuestra casa, Excelencia – aclaró doña Julia -; si fuere menester más tiempo de lo que el viaje dura porque sepa lo que aún yo no le he dicho, con vos restará los días necesarios, pues sabe él secretos que acaso os den las claves para resolver este entuerto.

- ¡Bien me parece! – concluí -; usemos la pluma para levantar este velo.

- ¡Subamos! – dijo entonces a todos -; no ha de perderse tiempo alguno agora en pláticas si lo habremos sobrado en el camino.

E así subía las escaleras, iba diciendo a cada uno lo que debería hacer. Sólo Alberto viajaría con nos; e ya todos en la Fuentefría sabían de nuestra pronta llegada. Acercóse Marinín al joven periodista e, sonriéndole, tomóle de la mano e pusiéronse en pláticas.

- ¡En Internet veo lo que escribe, papá!

20 octubre, 2010

De la travesía del cruel (2/3)


 no mucho tiempo hubo de esperar, sino que dentro de diez minutos, bajadas ya las escaleras hasta los sótanos, cruzábamos el primer pasillo.

- Esto, papá – musitó Lorenzo -, es cosa que pensaba no existía, que bajo la tierra veo pasillo lujoso, alfombrado e iluminado e no sótano trastero de olor a mueble viejo.

- Esperad una corta pieza – contestéle – e volved a decirme qué pensáis.

Con esto, llegándonos al final del pasillo, donde la reja se encontraba, dimos con el que atravesaba a izquierda e a derecha. Allí hizo señas de parar Vicente, soltó su bolsa en el suelo e della sacó hasta cinco lámparas pequeñas en tamaño e de luz cegadora. Puestos en grupos, e yendo él a la cabeza, los otros expertos cerraban la comitiva; y era maravilla de ver cómo ya entrándonos en parte más obscura, más alumbraban aquellas lámparas.

- Los que lleváis una linterna (que así llamaba a aquellas lámparas no siendo faroles marinos) – gritó Vicente -, alzad algo la mano e no olvide nadie de más importancia es saber por dónde se pisa que por dónde se pasa.

E caminados unos metros por el pasadizo que hacia el Corral del Rey subía, más denso parecíanos lo obscuro e de menos luz aquellas linternas. Marinín a mi diestra e Lorenzo a mi siniestra, en silencio caminamos e algo bajamos la cabeza pues, aún no siendo la bóveda baja, difícil se hacía saber si se toparía con ella. E al poco fízose el camino más estrecho, más húmedo e más frío.

- Bien sé que estos hombres conocen esta ruta – susurróme Marinín -, que si así no fuese, os pediría volviésemos al punto.

- Nada temed, hijo – disimulé mi espanto -, que los otros hombres por este mesmo camino han llegado salvos. Bajad vuestra vista al suelo por no tropezar e abrigaos como se nos ha dicho. En poco estaremos en Cabeza del Rey don Pedro que es donde se halla la salida.

Asidos entrambos a mi cintura de modo tal que sentía sus dedos como zarpas, e caminando de espacio tras Vicente, a un lugar más ancho nos llegamos e por el centro caminamos.

- Comienza agora la bajada – advirtiónos entonces el guía – que so la calle del Corral del Rey hasta nuestro destino nos lleva. Cuidad aún más vuestros pasos e no perdáis del suelo la vista, que es bajada sin escalón alguno, húmeda está e algo resbaladiza.

Miróme entonces Lorenzo como con espanto en tanto apretaba aún más sus manos a mi cintura e hícele gesto de mirar sus pasos. Comenzó la bajada e parecióme de razón poner mis manos en las paredes por ir más seguros, mas no quise soltar los hombros de mis hijos. Y era tal el silencio que allí había, que nuestros pasos parecían golpes de mazas e los murmullos temerosos del servicio, que en pos venía, parecíanme gritos de auxilio. Tomé entonces las cabezas de Lorenzo e Marinín tapando sus oídos e a mis costados las apreté e quise hablar algo porque todos dejasen de temer.

- Cuéntase aún leyenda en Sevilla – declamé – que dice del malvado rey don Pedro usaba estos pasajes por ir a un lado e otro de la ciudad sin ser visto ni oído por las calles, pues tan desgastados había los huesos de sus rodillas, que en oyendo las gentes que descansaban cómo crujían en la noche, decían… «Es la hora y ahí va el rey». No ha de ser pues este laberinto tan farragoso si para un rey se fizo; e siendo que por una senda real caminamos, nada hemos de temer.

Mas esto decía cuando colegí que, si aquellas luminosas linternas no aclaraban tales tinieblas, ¿cómo se alumbraría don Pedro con un hachón?

Y en estos monólogos estaba por solazar a los presentes, cuando fue grande sorpresa el ver cómo el techo iba dejando llegar hasta nosotros una luz que movíase al frente. En poco, volvióse Vicente a mirarme:

- ¡Allí les tenéis, excelencia! – me dijo -; son sus luces; poco queda ¡Discurramos!

12 octubre, 2010

De la travesía del cruel (1/3)


icente había por nombre el experto en aquellas travesías e, mejor que Miguel y Lucía e yo mesmo, supo mostrarles a mis hijos la forma de atravesar aquellas catacumbas, pues no sólo quitóles los temores, sino que pronto querían éstos comenzar la escapada.

- En verdad os digo, pequeños, no hay hombre que tema sino el que quiere temer.

- ¡No decís verdad! – rió Marinín con picardía -; el hombre más valeroso teme aunque no quisiera ¡Mi papá lo dice!

- E no os miente, pequeño – respondióle Vicente -, mas imaginad alguien acecha en la oscuridad y temeréis aunque no haya nadie. Si alguien hay mas no es de soltaros los vientres, ¿a qué temer? Y si es hombre de mala sombra a la luz del día e hasta en noche escura… ¿a qué tomar por su camino? – reímos todos -. El camino por el que iremos ni es largo ni de temer, que ahí abajo a nadie se deja asomar, sino que seremos los unos que lo haremos. E si el pasillo es escuro, lámparas llevamos que con claridad de día nos mostrarán la senda por no tropezar, que otras cosas no hay.

E algunas historias como estas les manifestó cuando bajábamos en silencio hasta la entrada a los sótanos. Al llegar, sorprendióme ver tal puerta abierta e iluminada e a dos hombres más que allí esperaban.

- ¡Excelencia! – dijeron -, de la otra casa hemos venido, el paso hemos encontrado franco y hemos abierto. Nadie sabe estamos aquí e habremos corta travesía.

- Muy en su sitio cada cosa veo – exclamé -; a fe que don Justo e doña Julia mucho desto saben.

- Más de lo que pensáis, Excelencia – contestóme Vicente -; desde que descubriéronse estos secretos, en ellos ponen luz e mucho más se ha descubierto. Sé que si os narrase secretos revelados sabríais, acaso, de qué cosa os hablo. No hay tiempo de hacerlo agora mas lo sabréis.

- ¿Hemos de comenzar pronto esta huida?

- ¡No, Excelencia! – rióse -; ya deberíamos haber salido que, pensando esta guardia estáis en el descanso, siempre habría alguno que pensase es «otro» lo posible…

- ¿Otro? – grité - ¿Puede algo hacerles pensar en cosa tan secreta como esta?

E mirándome el tercio riendo, habló Vicente a mi oído.

- Estos piensan que… lo piensa uno, lo piensan todos…

- ¡De puta a puta San Pedro es calvo!

E desto hablábamos en voz baja, como si de aquellas solitarias profundidades pudieran salir nuestras voces, cuando abrióse la puerta de las otras escaleras que hasta allí bajan e, con espanto, vi se llegaba todo el servicio muy quedo.

- A fe – les dije -, que me preguntaba cómo habríais de salir de la casa mañana.

- No sería peligro el salir – dijo Miguel -, sino el no volver, que sería la prueba de que en la casa no estáis, Excelencia. No temed por nuestra suerte que a la otra casa volveremos cuando en la Serranía os sepan.

- Recorramos pues nuestro camino – dije – que, si en algo pláceme, no es sino por saber caminaremos por donde un día lo hiciera el rey don Pedro para no ser oído.

05 octubre, 2010

De la espera silenciosa


ue el trazado sencillo, pues saliendo de la casa tras aquel cónclave, más avisado estaría el enemigo, así, lléndose doña Julia y don Justo, restaríamos el día en la casa e, llegada la noche, encenderíanse e apagaríanse las luces como otro cualquiera día se hubiese hecho para ir al descanso; tal hora sería el momento de la partida.

Hube reunión con Marinín y Lorenzo e diles razones de lo ocurrido, lo hablado e lo trazado e, sabiendo Marinín con certeza el enemigo en la puerta acechaba, con atención oyó mis pláticas e alguna cosa aclaró a Lorenzo.

- Como yo mesmo pedí aquí restaseis – le dijo – os digo hemos de marchar. Tiempos vendrán para ver esta ciudad.

- Aquí no quisiera estar – contestóle como aterrado -; por mala ventura quise quedarme  y como cobarde me siento, aprisionado en esta casa e perdido en esta ciudad.

- No es ese sentimiento cosa que deba llamarse cobardía – le dije –, sino temor ¿Acaso pensáis yo no temo? ¿Cómo creéis entonces os pido nos vayamos?

- Paréceme lo hacéis por nos – contestóme -; no alcanzo a razonar queráis huir de enemigo alguno.

- A fe que encontráis la raíz que buscáis – aclaré -. Como cobarde huyendo me sentí al oír las razones de don Justo e como tal no me siento agora ¿Pensáis es de razón ir a buscar una muerte segura? No queda sino el seso despierto, pues si supiese habría en mi mano sólo una fuerza para vencer, por esa puerta saldría e no por la otra. Precaución no es cobardía, Lorenzo; temor… tampoco. Hemos de ser fuertes y esperar a la noche. Tan oscuro estará aquí arriba como ahí abajo. Es camino amargo el que habrá que recorrerse hasta llegar a la Serranía. En mi propia tierra he de sentirme desterrado, mas así lo decido por esperar al mañana que me permita llevar a cabo mi empresa e no morir en un empeño absurdo. Quien conmigo quiera vivir en Grazalema este destierro, piense no peca de cobarde, sino que ha la virtud de la paciencia.

- Esperemos pues a la noche, papá – habló Marinín con su mirada gacha -, pues de un día hablamos. Donde digáis estemos hemos de estar.

- Sean pues las puertas estrechas para entrar y anchas para salir. A nadie se retenga contra su voluntad...

Y en lecturas y entre silencios pasó el día, encendiéronse las luces, llegóse el hombre que nos acompañaría y se esperó hasta la hora del descanso. Era la hora del trabajo.

27 septiembre, 2010

Del hombre de piedra (2/2)





e un complejo trazado se habló e con atención escuché y en contra de lo que pensaba (e pienso) a nada neguéme, que no es héroe el que lucha en la paz, sino el que lo hace en la guerra, mas no lucho por ser héroe e mi vida aún podría ser luenga e dar frutos. Púsose don Justo en pie deambulando por la estancia e los ojos de doña Julia miraban agora los suyos e luego los míos.

- Es el caso, excelencia – dijo -, que si abrís esa puerta de la calle no haréis otra cosa más en vuestra vida. Esta casa conozco como la conoce el arquitecto e también sé cómo era. Abajo, donde hallábanse las escaleras principales del palacio, una losa había… y hay, que a unos pasadizos dan ¿Yerro?

Con atención le oía e nada dije e nada expresó mi rostro.

- Acaso no sabe vuesa merced – continuó – que además de esconderse ahí abajo tesoro de valor que no puede decirse en dineros, por ahí se accede también a los vericuetos que esconde Sevilla desde tiempos de don Pedro I el Cruel. Mas sé merced a doña Julia cosas que vos no sabéis. Bajadas las escaleras e allende el pasillo primero, encuéntrase otro que de lado a lado cruza; a la izquierda están esos tesoros romanos como vos mesmo los dejasteis; a la diestra, poco camino se anda hasta llegarse al pasadizo obscuro e velado que bajo la calle de Argote de Molina desciende hasta la Catedral e los Reales Alcázares. A ese lado no puede irse, que las aguas hacia allá han arrastrado toda suerte de objetos ¡Muchos, cadáveres!

- Hacia arriba – musité - se llega uno a otra subida a esta casa.

- No erráis del todo, excelencia, mas derribado el antiguo palacio quedó esa entrada cegada. Negándose el Ayuntamiento a que persona alguna baje a esos pasadizos, hízose expedición secreta por ver hasta dónde se llegaba. Recordad hay hoy artilugios que encontrarían a una rata en ese laberinto. Fueron hasta cinco expertos caminando por él, e otros por las calles les seguían, e tomaron los de abajo imágenes del recorrido… e yo he visto lo hallado como aquellos lo vieron. Puede andarse una larga pieza sin encontrar ni almas ni cuerpos, pero salidas cerradas a alguna casa, mas, bajando hacia el Corral del Rey, llegóse a una puerta por donde sí se pudo salir. Puede irse sin ser visto hasta esa casa. En Cabeza del Rey don Pedro se halla. Sigue la luenga travesía hasta Hombre de Piedra, donde hay otra salida, mas huelga deciros es asaz farragosa. Recordad han de acompañaros vuestros hijos… e alguien más.

- ¿Me decís lleve a mis hijos por tales lugares? – enfurecíme - ¡Por la cochera se saldrá e, siendo cautos, de Sevilla saldremos!

- Con cautela e sin cautela, excelencia – tenía que rendirme a sus palabras -, sacad el coche dos metros desta casa e habréis acabado con varias vidas.

- Yo mesma, excelencia - habló entonces doña Julia –, habré de esperaros en la otra casa con un coche distinto al vuestro. En él partiremos.

Y en oyendo todas aquellas palabras nada dije, sino que mi cabeza estaba como la del Rey don Pedro e yo todo como hombre de piedra. De razón no era ir a buscar la muerte, sino ir a buscar la libertad. Mi lucha debería seguir.

- Avisad a Miguel, don Justo; él ha de saber qué cosa aprestar.

24 septiembre, 2010

Del hombre de piedra (1/2)


eguro no estaba de ir a la calle con Marinín e Lorenzo y, mientras se preparaba la salida, mil cosas pensé e mil cosas no quise decir. Ni de razón era llevarlos a paseo ni quería manifestar mi temor por ellos.

Despedíamosnos ya de Miguel e Lucía cuando alguien tocó insistente a la puerta. Corrió Miguel con sospecha por ver quién se venía e vio e habló con alguien pocas palabras e, volviendo luego a mí, diome aviso.

- ¡A fe, excelencia – dijo -, que esto no entiendo, pues suben agora e con premura don Justo e doña Julia!

- ¿Don Justo e doña Julia? – dudé - ¿Qué cosa buscan aquí a estas horas?

E tomándome un poco a una parte, díjome le pareció ver espanto en sus rostros.

- Es asunto importante, hijos – habléle a éstos tranquilo -; id a vuestra salita mientras los atiendo. Acaso sea asunto de dos minutos.

Obedientes, e sin nada más decir, licencia pidieron al retirarse cuando volvía Miguel a recibir la visita. E tras él corrí yo.

- ¡Excelencia! – exclamó casi en llantos doña Julia -.

- Pasemos a lugar privado, excelencia – espetó grave don Justo - ¡Hemos de haber unas pláticas que no han demora alguna!

Acompañónos Miguel al gabinete con la su mirada perdida e parecía sus suelas al pavimento no llegaban. Retiróse cuando nos sentábamos.

- ¿De asunto tan grave nada decís? – alzó la voz don Justo -. Sé habéis recibido amenaza como yo mesmo e hame parecido salíais de la casa.

- ¡No haced esto, excelencia – clamó doña Julia -; ni por vos ni por vuestros hijos!

Escuchaba en silencio e no quería manifestar mis pensamientos sin saber antes los suyos.

- Pensáis aún lucháis con gente que contra vos arremete esgrimiendo un acero –continuó don Justo – e bien sabéis las armas que traen, que antes de decir amén a un ciento convierten en humo. Os creía sensato, Capitán, pero jugáis con vidas creyendo cumplís vuestra empresa.

- Creéis no nos importan sino nuestras ganancias - dijo entonces doña Julia – e aquí estamos para deciros abandonéis esta casa y esta causa.

- ¿Abandonar, decís? – golpeé la mesa – ¡Jamás me he rendido ante enemigo!

- Erráis, excelencia – espetó grave don Justo -. No en una ocasión habéis tenido que esconderos ¿Os recuerdo los tiempos del dictador, los de la República, los de Fernando VII…? ¡Calláis! – dijo seguro -. Cuando la lucha es inútil e se sabe será perdida la batalla… ¿por qué no retiraros a Grazalema donde sabéis sois salvo con vuestra familia? ¡Esperad, por Dios, a que pasen estos tiempos! ¡Volved! Os seremos de un ayuda.

Hube de meditar una corta pieza, mas supe erraba. Levantéme de espacio e asentí.

- «No la saques sin razón ni la envaines sin honor»… Decidme pues qué hacer.

22 septiembre, 2010

De las malas nuevas e los disimulos


iciéronse trazados por disponer la mañana en paseos y en compras; éstas primero, que negábase Lorenzo a vestir lo mesmo mañana e tarde. Con esto, quise mejor dos veces salir. Una primera por comprar lo que fuere menester e, tras volver a la casa, una segunda por mostrar a Lorenzo lo que Marinín refirióle.

Vueltos a casa cargados de bolsas por no querer los más jóvenes esperar las trujesen, fuése Lorenzo a su estancia y en la mía restamos esperándole. Quería Marinín leer algo de su nuevo libro «eBook» e sentados a mi mesa tomólo en sus manos.

- Preferiría no leer – díjele - sin pasar las rugosas hojas de papel como tantos años he hecho ¡Siglos, puedo decir!

- No es aquesto como pantalla luminosa, papá – aclaró -, sino que como papel se lee y, habiendo acabado la lectura de una página, con la mano así pasada (moviola por sobre el «libro») se lee la siguiente.

- Así no paréceme, hijo, que tan siquiera se manchan esas páginas de la grasa de los dedos. Mánchase ese vidrio e hay que quitar las huellas luego.

Y en esto estábamos y cómodo meditaba en mi sillón cuando sonaron las molestas chirimías de mi móvil e, preguntándome Marinín si respondía al llamado e no esperando yo ninguno, asentí.

Nada dijo como es uso - dígame, ¿sí?, hola – sino que restó mudo e miróme con extraño mientras sus ojos se abrían e asomaba a su rostro el espanto. E una corta pieza después, dejó el teléfono en la mesa, no siguió leyendo, no parpadeó en mirándome e palabra alguna dijo.

- ¡Vamos, hijo! – preocupéme - ¿Han llamado a números errados?

Creí no respondería ni a esa ni otras muchas preguntas que le fice e, levantándome y en tono grave, exigíle respuesta. Como obediente entre los que lo son, habló balbuceando.

- No quisiera haber oído lo dicho e tampoco decíroslo, papá, pues una voz amenazante ha hablado e nada podía decir yo.

- ¡Doble razón habéis para manifestarme lo oído! ¡Quiero oír esas palabras!

Jamás, desde que conosciera a Marinín en Plasencia años atrás, tuve que insistirle porque obedeciera.

- Una voz tenebrosa – dijo con misterio -, acaso al oír era yo quien contestaba, e no vos, hame dicho hemos de morir entrambos e, ha aclarado es fácil acabar con mi vida e saben ya algo de esa caja roja e cómo es cierto pueden acabar ya también con vos… - suspiró - ¡Decidme eso no es cierto!

Levantándome de mi asiento por ir a abrazarlo, vilo romper en llantos como nunca antes.

- ¡Vamos, hijo! – consoléle - ¿Acaso dudáis de mí? No saben esos qué dicen. Nada hablad desto con vuestro hermano ni por teléfono y sabed estáis aquí conmigo a recaudo; mas no dejéis os tiemble el pulso agora. Si alguien ha de morir ya sabéis quién será pues así ha sido desde que estáis conmigo… ¿Lo dudáis?

- ¡Nunca he dudado ni dudaré de vos, papá! – cesaron sus llantos -. Mi ayuda tendréis si fuere menester, mas bien sé podría seros de estorbo, que sois invencible sin un ayuda.

- Así también, hijo mío, esos paseos daremos por Sevilla por ver su historia. Disfrutad della y dejad los asuntos de vuestro padre para quien ha de resolverlos.

En esto diciendo, tocaron a la puerta, abrióse al punto y pasó Lorenzo con la venia vestido de nuevas e ricas ropas y de gran contento.

- ¡Ya estoy presto como ciudadano e no como campesino!

- ¡Mucho os demoráis, Lorenzo! – díjole Marinín como olvidando lo oído -; cansados estábamos ya de hacer tiempo ¡Sevilla nos espera!

16 septiembre, 2010

Del desayuno del tercio


os ojos de Marinín estaban puestos en los míos cuando los abrí. Sonreíle y besóme como buenos días. Mirábame como si preguntárase qué cambios habría en mi mente e no hubo palabras en una larga pieza, sino miradas que hablaban. Levantando su brazo, señaló a la mesilla e allí estaba mi jugo de naranja.

- ¿Lo habéis traído vos? – pregunté -.

- Despierto llevo mucho tiempo – contestóme – mas no he dejado de miraros, papá. Miguel entró dentro de media hora e lo trujo.

- Sabe este hombre entonces mis usos – razoné -, que es la hora y es lo que pido.

- Nada dije por no despertaros, papá; creo sabe siempre despertáis a la mesma hora e así sabrá la hora del desayuno.

- A fe, Marinín, que lo sabe tan bien como vos. Hora es de levantarse. Id pues a vuestro aseo, busquemos a Lorenzo y veamos qué viandas nos esperan en la mesa.

Volvió a besarme e saltó de la cama de contento yéndose a su estancia. E tras el aseo púseme mis ropas modernas e abrí la puerta. Allí estaban los dos esperándome. Di los buenos días e pasamos al comedor.

- ¡Buenos días, excelencia e compaña; el desayuno está presto! – díjonos Miguel -.

- Espero sea sorpresa – le dije - ¿Acaso un desayuno sevillano?

- Muy sevillano, excelencia – habló Lucía - ¿Preferís lo anuncie o se deja en sorpresa?

– ¡Sea sorpresa! – exclamó Marinín -; sorpresa es siempre en la otra casa, que Ramón nos sirve a veces cosas que no pensamos.

- Tomen asiento vuesas mercedes que presto esta todo.

E bien que era sorpresa, pues sirviéronse «calentitos», que así son llamados aquí los churros.

- ¡Churros! – exclamo Lorenzo -. He de saber agora cómo son estos de Sevilla, pues no he comido sino los de Grazalema.

- Churros del Postigo del Aceite – aclaró Lucía -, que siendo Sevilla grande ciudad, en muchos sitios los hay e son todos ellos bien diferentes.

- E… - meditó Lorenzo - ¿Por qué han de ser de ese postigo e han de ser del aceite? ¿Acaso los otros se hacen en la calle e se fríen en grasa?

- No es aquesto, hijo – reí -, que no es el Postigo del Aceite sino un lugar; una antigua puerta de la antigua Sevilla que no cayó en… ciertos momentos. Los mejores churros de Sevilla catareis.

E todo fue muy bien servido e bendijo Marinín la mesa recordando a los ausentes e abriéronse los ojos de Lorenzo al catarlos, que pareciéronle deliciosos.

- Echo a faltar aquí a tío Juan, hijos – razoné - ¿A qué negar uno se acostumbra a los buenos usos de las buenas almas?

- He de llamarlos luego, papá – espetó Marinín -; he de decirles a todos hemos desayunado como allí.

- Anoche llamasteis, pequeño – le dije -; en cualquiera momento que lo deseéis podéis hacerlo, mas acaso sea de estorbo para ellos llaméis a cada momento.

- ¡No ha de estorbarles, papá! – apuntó Lorenzo -; si allí estuviese, quisiera haber nuevas a todas horas.

- Pues pienso yo… - dudó Marinín – debería Lorenzo restar con nosotros unos días ¿Por qué no mostrarle esas cosas que a mí me mostrasteis? ¡Es Sevilla ciudad de mucho ver! E quiero conozca a mis amigos de aquí.

Quise echar de ver entonces si placería a Lorenzo quedarse e hubo gran contento, miróse las ropas e quedó como mudo.

- Ropas no traéis, es cierto, mas hay aquí mucha tienda donde comprarlas. Dad aviso deste cambio de trazado cuando llaméis.

14 septiembre, 2010

De la incredulidad de doña Julia


a llegada de doña Julia fue conforme a lo trazado. Sabía Miguel cómo abrir las puertas (nada hubo de decírsele) e corrió ésta al entrar por abrazar a Marinín, saludarme e conocer a Lorenzo. Un bonito presente traía para mi hijo; un libro parecióme e se me dijo era «libro electrónico» - también llamado «eBook» acaso por economizar palabras según la moda «táctil» - e hubo gran contento de todos.

En la estancia que como gabinete tiene la casa agora, una buena pieza platicamos e fuimos más tarde avisados de pasar al comedor. No pensaba doña Julia habría cena e, no sé si por cumplimiento o no haber cosa otra pensada, con agrado aceptó.

- No penséis – le dije – ha de ser ésta sólo cena de yantar, sino también de pláticas. Mucho quiero hacer e mucho habremos de hablar también con don Justo, que no hay causa donde falte abogado.

- Entiendo vuestra vuelta a Sevilla – extrañóse – mas no entiendo el por qué lo hacéis sólo con vuestro hijo.

- Es empresa esta dificultosa de hablar en una noche - sonreíle – mas quisiera deciros en pocas palabras las muchas labores que habremos. Acaso os sirva este adelanto para hacer cálculos, que no es otra cosa sino mucho trabajo el que os traigo.

- ¿Quizá no os place agora esta casa, excelencia?

- Quizá no vayáis por mal camino, doña Julia.

- Si algo hice mal… - turbóse – he de remediarlo. No lo toméis como nuevo trabajo…

- Es… - hice pausa - …nuevo trabajo. Querría saber de primero si viven en esta casa muchas familias.

- ¡Sólo vos! – confusa estaba -; son malos tiempos estos para vender pisos lujosos. Tienen precio muy elevado…

- No es menester aclarar, pues, otro asunto – dije grave -. Quiero esta casa como estaba.

Todos me miraron con asombro e callaron, que bien sabían cuánto tráfego traería lo que manifestaba.

- ¿Tal cosa decís en serio? – soltó la servilleta doña Julia -. Imposible no es reconstruir lo que se derribó, excelencia, sino que han de moverse muchos papeles e muchas manos. Todo detalle de la antigua casa está registrado mas… ¿Habéis pensado hay que derribar esta casa e levantar la otra?

- ¡Papá! – exclamó Marinín como pensando estaba loco -.

- Sólo una pregunta más he de hacer – miré a todos - ¿Es posible lo que pienso?

- ¿Cómo no ha de serlo, excelencia? – mirábame doña Julia pasmada -. Sabéis si hay dinero para ello, hay casa. E buen momento es de hacer tan costosas obras, que los mejores obreros no atraviesan tiempos de bonanza…

- Aprestad pues lo necesario – dije seguro -; lugar donde vivir mientras tanto y plazo corto de llevar a cabo lo dicho.

- En verdad os digo – quedo turbada para toda la noche – que no sé lo que pensáis e no he de saberlo, pero creía queríais acaso obras menores…

Restaron Lorenzo e Marinín quedos, que a tales usos habían acato, e siguióse la cena en otras pláticas mas, por la puerta que a la cocina da, parecióme oír se murmuraba algo.

Acabó la noche como feliz e hubo gran despedida e gran contento.

- Cada día que pasa, hijo – tomó el rostro de mi pequeño al despedirse -, más bello sois. Feliz me hace saber voy a veros agora a menudo, que son de mucho hacer tales obras. Vuestro padre ha de sentir orgullo por vos.

Sonrióle Marinín primero como aturdido e miróme luego de contento.

- En verdad os digo, papa; creí sólo veníamos a cosas malas… ¡Y esto, por ventura, paréceme muy bueno!

Sonreía también Lorenzo e nada decía; acaso no encontraba palabra del léxico para expresar su contento e su sorpresa.

Ya en la cama, abrióse la puesta con sigilo e muy de espacio e hice señas a mi hijo porque pasase. Al yacer a mi lado e poner su cabeza en mi pecho, en profundo sueño cayó. Asomóse luego Lorenzo e, viéndonos, cerró la puerta sin ruido.