28 abril, 2009

De las tristezas de Guille

anifestábame Marcos su disgusto en diciéndome ocupadas estarían las mejores estancias del parador de San Marcos, en León, en los días que allí trazamos gozar de la ciudad e hablaba Guille con Su Ilustrísima muy quedo por no sernos de estorbo.

- ¿A jugar no vais? – preguntábale tío Juan - ¡Descanso os ha dado vuestro padre en las liciones por ser la Feria de Sevilla… aunque no podamos ir! ¿Qué decís?

- ¡Ay, tío Juan! – contestóle como declamando - ¡Cansado estoy de cansarme e aburrido de aburrirme!

- ¿Qué modo es ese? – rió Su Ilustrísima - ¡Paréceme el redundar de la redundancia!

- Así no es, tío – contestóle -, sino que es ésta frase que dice mi padre… ¡el de Grazalema! E así no la dice, sino que sigue…

- Quisiera yo oír tales frases – hízole un sitio a su lado -, que tal nunca he oído.

- Es cosa suya, creo – manifestóle Guille -, mas sabed la digo porque es bien cierto que ni para liciones ni para juegos me hallo.

- ¡Decid tales frases completas, Guille – exhortóle Marcos -; yo mesmo quisiera oírlas!

E nada dije, que ya las hube oído, mientras pensaba una corta pieza e, alzando los brazos como desesperado, declamó:

«¡Cansado estoy de cansarme
Y aburrido de aburrirme!
¡Venid, necios, e decidme
Cómo he de arreglarme
Para poder divertirme!»

E la panza de Su Ilustrísima movíase arriba e abajo con las risas e miróme Marcos riendo mas sin entender lo oído, que tales exageraciones sólo en el Andalucía se oyen.

- ¡A fe, Guille – no paraban sus risas -, que tal despropósito nunca he oído!

- No sé bien cómo a tal extremo llegáis, Guille – le dije -, que ciento otras cosas habéis para no aburriros ni cansaros. Si jugar no queréis con vuestros hermanos e Marinito, libros y equipo habéis. Res, non verba.

E levantóse quedo e parecióme volvía al jardín. Con esto, e viendo su tristeza, llamélo.

- ¡Venid, hijo! – le dije -; sé no queréis sino oír si solución a este problema habemos ¡E vive Dios que la tengo! ¡Dadme los números del tal parador!

- ¡Marino! – exclamó Marcos - ¡No ha mucho he llamado e se me ha dicho todas las estancias están ocupadas en mayo!

- Para vos, acaso – dije -, mas no para el Capitán, que habiendo estado allí otras muchas veces, con sus propinas, e de dineros no hablo, pagó lo que agora ha de pedir.

- ¿Pensáis os dejen las estancias e a nadie admitan? – llevóse las manos a la cabeza - ¡Estos son los números, mas no decid lo que hacéis es idea mía!

E hablando con el parador, dije quería hablar con Manuel y en poco tomó el teléfono.

- ¡Capitán! – exclamó - ¡Vos! ¡Cuán lejana vuestra última visita!

- Acaso demasiado tiempo, Manuel – le dije -, mas pensando estoy en ir agora en mayo, que es época florida e gustar quisiere de la paz de aquellas estancias, que como esas no hay otras.

- ¡Decidme cuándo vendríais! – quiso saber -; yo mesmo he de dar la orden para que todo se apreste como siempre lo habéis encontrado.

- Acaso… - hice como si dudase – estén mis estancias preferidas ocupadas…

- ¡Dejad eso en mis manos, Capitán! – habló quedo - ¡Decidme las fechas!

- Con mi gestor habéis de hablar tales detalles – le dije -, que es él el que hace los trazados.

Y en esto diciendo, ofrecíle el teléfono a Marcos e oíle hablar como dudoso e mirábame con extraño mas, por sus palabras supe remediado estaba aquel entuerto.

- Otros – dije – pueden ir en otras fechas; yo no. E siendo el Capitán, como si el parador fuese mío me hospedan.

- ¡Papá! – corrió a mí Guille - ¡Dice Marinín es aquello como grande castillo e rico palacio como no otro!

- Estancia habremos sine die, Guille – apunté - ¿A qué esas tristezas? ¡Volved agora al jardín e dad la buena nueva a vuestros hermanos, que en pocos días partiremos e ya sabéis cuál será la ruta!

- ¡A fe, sobrino – dijo incrédulo Su Ilustrísima -, que nada hay se os resista!

- Trahit sua quemque voluptas – concluí - ¿Pensáis acaso no piensan en este parador más beneficio habrán hospedando a mi familia que a otras? ¡Pagado está, con creces, el hospedaje que pido! E sabed no es el dinero lo que les llama a facer tal, sino el saber estará allí el Capitán que, por añadidura, dinero e fama les dará.

- ¡El ala antigüa del edificio dejan presto para vuesa merced! ¡Cosa tal no he visto!

En Grazalema e a veinte e ocho de abril del año de dos mil e nueve.

27 abril, 2009

De la caridad del cándido

n el salón aprestábamos ciertos documentos para los viajes venideros teniendo yo a mi pequeño Carlitos sentado en mi rodilla e mesándome los cabellos.

- El largo cabello e los ropajes de Capitán – dijo – más me placen, mas habéis cabellera e ropas modernas ¡Esto entiendo, papá, que la gente acaso pensaría vestís así por ser carnavales!

- No lo veía antes así, hijo – reí -; agradeced estos cambiaos a papá Marcos, que sólo uso esas ropas añejas cuando es menester según mi empresa.

Y en esto hablando e moviendo papeles, vi llegarse a nosotros a Cayetano con cara de extraño e diciendo algo a media voz.

- ¡En la puerta hay hombre que dice ser Cándido, excelencia!

E volvió al punto su cabeza mi pequeño e miróme luego como con desconcierto.

- ¿Él mesmo reconoce es cándido? – exclamó - ¡Tal no debería hacer, que han de comerle por sopas!

E riendo más por ver a Su Ilustrísima embozarse por disimular sus risas que por lo dicho por el pequeño, dejélo en el suelo e salí a ver quién se llegaba. E tras de mí vino Cayetano que parecióme desconfiaba de aquel hombre.

- ¿Qué cosa buscáis, buen hombre? – preguntéle - ¡No he el placer de conoceros!

- Cándido soy, señor – dijo -, un porquero de más abajo que con esta crisis que habemos apenas vive…

- E… - no sabía qué decirle - ¿qué podría facer yo por vos?

- Mucho e muy bien me han hablado de vuesa merced – dijo – e así he pensado acaso habríais puercos e yo podría cuidarlos ¡He de poner remedio al techo de mi casa si no quiero me caiga encima!

- Ni puercos ni trabajo tengo para vos, Cándido – le dije -, mas si me dijerais cuánto habéis menester para remediar ese tejado, acaso podría seros de un ayuda.

En esto, parecióme Cayetano, escondido tras la puerta, hacíame gestos que me significaban era hombre bebedor e no pedía sino para bebida e no por haber su casa maltrecha.

- ¡Bien está, Cándido! – le dije - ¡De nada os conozco e veo pedís por… caridad! Hasta tres cientos euros he de daros, mas no volved a pedir, que aún viendo esta casa rica, más gastos tiene e la crisis también sufre ¡Cayetano! – llamélo como si no estuviese cerca - ¡Traed sobre con tres cientos euros!

E pegado a la pared e mirándome con espanto, con la cabeza señalábame no le diese dinero, mas iba a por él obedeciendo mis órdenes.

- ¡Veréis, señor! – habló Cándido -; ya que podéis darme una parte que serviría para el tejado… ¿no podrían ser seis cientos?

- ¿Qué decís? – parecióme oí otra cosa - ¡Trescientos puedo daros, Cándido!; si más habéis menester, os pido lo busquéis entre todos los vecinos de la Ribera.

- ¡Dinero tenéis sobrado! – amenazóme entonces - ¡Unos pobres e trabajando e otros ricos e holgando como cerdos!

Así, en oyendo tales palabras amenazantes y en ofensa, hice gesto a Cayetano de retirar el sobre.

- ¡Por esa cancela – gritéle – salid al punto si no quisiéredes ver cómo sale el vino que os bebáis por los agujeros que he de haceros en la panza! ¡Por caridad, doy lo que puedo, no lo que se me exige e, según la razón me dice, más merezco yo mi hacienda que vos un tejado con goteras! ¡Aprestaos, que tráenme la espada!

E como alma llevada por los demonios huyó corriendo e riendo pasé al salón mas, ya sentado allí e viendo mis riquezas e preparando gastos para placer, quedé dudoso pensando.

- ¿De qué dudáis agora, Marino? – preguntóme Marcos - ¿Habéis olvidado algo?

- ¡No tal, excusadme – dije a todos -, que no es más que pienso que, aún siendo para beber unos vinos, por caridad debería haberle dado los dineros!

Y en diciendo aquesto, levantóse con ira Marcos de su asiento, miró a Su Ilustrísima e gritó:

- ¿Por caridad? ¿Sabéis el mal que le hacéis a ese hombre entregándole hasta tres cientos euros para embriagarse? ¿Queréis os diga cuanto entrega esta casa a escuelas necesitadas cada mes? ¿Os sumo cuánto dais en caridad para los menesterosos a los conventos de clausura? ¿Queréis saber cuánto pagáis al año de impuestos? – hizo una pausa e respiró profundamente bajando luego la voz - ¿Queréis os recuerde entregáis vuestra vida a estos niños, a sus padres, al pueblo e a todos los que aquí estamos sin pedir nada a cambio?

- ¡Vos sois cándido papá!

En Grazalema e a veinte e siete de abril del año de dos mil e nueve.

26 abril, 2009

De cómo se gana el pan

l domingo pasamos en Grazalema e a muchos saludamos e muchos nos dieron saludo, que es uso aún aquí así hacerlo e no como en la ciudad, que todos pasan por la calle como mudos, mas si bien se razona, no ha de ser debido el saludo, pues todo el tiempo habría que estar en saludos e no otra cosa podría facerse.

En subiendo por la calle de nuestra casa e llegándonos a ella, hice repaso a lo visto e cuidada estaba la casa como yo di órdenes e, luego, subiendo ya a la parte más alta del pueblo e cerca de la plaza que es llamada de la Asamblea, tras unas casas miramos e la fábrica vimos ya terminada e parecía habitada.

- ¿Cuándo ha de ser la inauguración? – preguntó Su Ilustrísima -; con el párroco quisiera yo venir e bendecir las tales usinas, que así las gentes e los alimentos que della salgan sean bendecidos por Dios Nuestro Señor.

- Como la muerte es esto, Ilustrísima – contestéle riendo -, que ni el día ni la hora sé.

- Acabadas están las obras, Marino – aclaróme Marcos -, e instaladas muchas e costosas máquinas, que yo mesmo tengo los libros de las cuentas. Acaso falte algún coche de reparto, mas hasta el hombre que ha de hacer los comercios espera se abra.

- ¿E de qué trabajo viven agora? – exclamó Su Ilustrísima -; ¡si esperando están este no habrán otro!

- ¡No lo han, Ilustrísima! – díjole Marcos -, mas no hay persona que ahí vaya a trabajar que no esté recibiendo dineros por la espera. Acaso, antes de esperar no falte una aguja, podrían ya empezarse las jornadas de trabajo ¡Más dinero cuesta esperar esos pocos detalles que abrirla!

- ¿E si dejamos pase el primero día de mayo, que es fiesta del Trabajo – dije –, e inaugúrase luego? ¿Qué mejor fecha?

- Al párroco buscaré al bajar – pensó don Juan -, que en sabiendo la fecha de tal acontecimiento, no quisiera hubiera otro compromiso.

- ¿Trabajarán ahí mis padres, papá? – preguntó Guille -, en estudios prefiero dedicar agora el tiempo, mas en viendo la fábrica, gozo siento por saber habrán ellos vida más digna, mejor soldada e, a la postre, mejor casa, que la nuestra es pequeña e no es cómoda como la que habemos en la Ribera.

- Así será como pensáis, hijo – le dije -, e no sólo vuestros padres habrán digno trabajo, sino otros muchos que no lo tenían.

- ¡Jo, cierto es! – exclamó Antonio - ¡Mirad que no había para comer Andrés, el guarnicionero, e tiene agora casa nueva e dice de contento está por haber trabajo!

- ¡Porque la vida es eso, pequeño! – díjole Su Ilustrísima -; de primero es menester aprender oficio e haber cultivo e de segundo ganarse la vida con el sudor de la frente.

- ¿Con el sudor de la frente, tío Juan? – preguntóle de extraño Carlitos - ¡Bien sé decís cosa que dícese en la Biblia mas ¿cómo gánanse los dineros con el sudor de la frente? ¡Así en invierno, que no se suda, no se gana!

- ¡Bien sabéis lo que digo – rió don Juan – e bien sabéis eso no es como decís!

- Como digo no es e cierto paréceme, tío Juan – contestóle el pequeño -, mas ¿por qué dícense esas cosas así en la Biblia si tan fácil es decir «trabajando»?

- ¡Muchos conoscimientos habéis, pequeño ángel! – tomólo Su Ilustrísima en brazos -, mas no dejáis de ser niño. Cuando seáis mayor iréis viendo todas esas palabras son más fáciles. Suficiente es sepáis agora que ganarse el pan con el sudor de la frente es trabajar.

- ¡Pues así vuesa merced debe ganar muchos dineros, que en llevando la sotana, hasta con el frío os suda la frente!

- ¡Y hay quien dice que algunos trabajan menos que los curas!

En Grazalema e a veinte e seis de abril del año de dos mil e nueve.

25 abril, 2009

De ciertas viandas e ciertas palabras

anifestaba Su Ilustrísima hoy en el almuerzo cuán deliciosas pareciéronle las cabrillas e ya pensaba en ir a nuevos paseos por aprovechar este tiempo, que es cuando muchas crecen después del agua abundante y con el mucho sol.

- ¡Caracol, caracol – cantáble a Carlitos -; saca los cuernos y ponte al sol!

- ¿Los cuernos sacan – preguntábale éste – e al sol se ponen, tío? ¡Como los toros no son, que siempre han sus cuernos fuera e de la sombra de un buen árbol gustan!

- Así es, pequeño – apuraba su gazpacho por Marinín hecho -, que siendo el toro animal grande e de sangre caliente busca el fresco e siendo la cabrilla animal pequeño e de sangre fría, busca el sol… Lo de los cuernos es historia más dificultosa de contar…

- ¡No tal, tío Juan! – espetó Antonio -, sino que cuernos aparecen e no lo son, que son sus ojos pedunculados.

- ¡Bien informado está este niño! – acercóse a mí por comentar -; acaso Carlitos lo sabía e aquí estoy yo en queriendo darle liciones…

- Conocerlas es cosa de interés – apuntó Marcos -, que en viéndolas de primero por bichos las tomaba e tómolas agora por gustosas. Una cosa es conocerlas como animales e otra como viandas, que así mesmo, en viendo un toro me espanto y en comiendo su rabo como Ramón lo guisa, el protocolo pierdo e mis dedos chupo.

- Hombres hay – dijo como razonando Pablo -, que a otros hombres comen; e tal cosa no me parece gustosa. Así, los hombres que no nos comemos los unos a los otros, caníbales les llamamos, ¡mas algún gusto habrán cuando tales carnes yantan!

- Preferiría acaso – dije - hablar mejor destos manjares que desos, que bien habréis estudiado no se comen los animales unos a otros en siendo de la mesma especie.

- ¡Algunos! – apuntó entonces Marinín -, mas dejemos tales pláticas para ya hecha la digestión.

- ¡Como yo pensáis, pequeño! – respondióle Marcos -, no diga agora alguien somos caníbales por comer el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo…

- ¡Erráis! – aclaró Su Ilustrísima -. Caníbales no somos como ciertos salvajes, e no digo aquesto de modo peyorativo, mas bien es cierto que tras la transustanciación, el mesmo Cuerpo Divino está presente mas sigue como llamado «accidente» en forma, olor e sabor de pan e de vino ¡Pensad es esto cierto, Marcos!, que la base del rito cristiano en la Santa Misa no es sino conmemorar lo que Él mesmo dijo en su última cena: «Accipite et manducate ex hoc omnes. Hoc est enim Corpus meus» ¡E no lo dijo como metáfora!

- Insistir no quisiera – apuré mi gazpacho -, mas si hemos de seguir yantando ni de los tales caníbales ni de la transustanciación preferiría oír ¡Dejemos todas esas palabras acabadas en ívoros y ófagos para otros momentos!

- ¿Saben vuesas mercedes – preguntó misterioso Carlitos – que en las Américas las gambas tiran e las arañas peludas comen? ¡Pues así hale pasado a papá Marcos, que en no habiendo cabrillas en Cuenca, pareciéronle bichos cuando nosotros habemos el uso de comerlas e no pensamos son caracoles del campo!

E acabado el almuerzo, vino a mí Ramón como espantado e, tomándome aparte, trabajo le costó hablar.

- ¿Acaso, excelencia, he errado hoy en mi trabajo? ¡Aseguraros puedo que, excepto el gazpacho, el resto he cocinado yo mesmo e como siempre! ¡Con las mejores viandas e mi mayor cariño!

- No es lo que pensáis, Ramón, sino que unas simples palabras parecen a veces convertir manjares como los que preparáis en viandas un tanto exóticas ¡Qué imaginación la nuestra!

En Grazalema e a veinte e cinco de abril del año de dos mil e nueve.

24 abril, 2009

De los nuevos hábitos de Su Ilustrísima

legáronse a la casa por el almuerzo doña Pastora, doña Fuencisla e don Pablo, que siendo viernes e descansando sábado e domingo, muchos días de descanso e fiesta restaban con nosotros. E no entendía yo por qué no querían restar también por la noche en casa, que al pueblo volvían ya muy tarde.


- Saben vuesas mercedes – díjoles Marcos – es esta vuestra casa como lo es de los pequeños e aposento tienen; así, en habiendo descanso hasta dos días, ¿por qué no restar aquí con vuestros hijos?


- No creáis tal no hemos pensado, don Marcos – dijo doña Pastora -, mas mucho trafego vemos en quedarnos, que habríamos de traer ropas e ya sois muchos para sumar otros tantos como así fue en la Semana Santa.


- Si sólo a dormir vais a Grazalema – dijo Guille – no hemos de echaros a faltar, que también nosotros vamos al descanso mas, ¡volved todo el día!


- Así lo hacemos, hijo – espetó don Pablo -; e ya el restar aquí todo el día parécenos molestia.


- ¿Molestia? – les dije - ¡Preparad ya vuestros «trajes para el baño» que aunque el tiempo no venga bueno, ya sabéis hemos aprestado la piscina al efecto. Agora hemos de hacer pasillo de vidriera hasta las aguas por no cruzar el jardín.


- ¡A fe, excelencia – apuntó don Pablo -, que en esta casa dan ganas de entrar e no salir!; e así paréceme los pequeños son felices. A veces, no siempre, en falta los echamos por haber alguna plática con ellos mas siempre aquí la habemos e tal nos place.


- ¿No habrá el servicios desas ropas – pregunté a Marcos – que pudiesen ellos haber un baño con sus hijos? ¡La tarde es de calor!


- ¡No, excelencia! – rió doña Fuencisla -; costumbre habemos de tomar baños, mas ello hacemos por lavar nuestros cuerpos e no por placer ¡Ni nadar sé!


- ¿Ni siquiera con vuestros hijos? – preguntóles Marcos - ¡No saben vuesas mercedes cuánto disfrutan con nosotros!


- ¡Sí, excelencia, sí lo sabemos! – rió entonces doña Pastora -, mas toman vuesas mercedes los baños sin ropa, que es lo que en verdad les place e, acaso, lo que no placeríanos tanto.


- En verdad os digo – dijo gravemente Su Ilustrísima -, que no es de obligado cumplimiento el tomar esos baños… como ellos los toman, que yo mesmo tengo calzonas por jugar en las aguas con mis angelitos.


E mirándose los padres en disimulo e sorpresos, no sabían qué cosa decir.


- No es de razón – continuó Su Ilustrísima -, que siendo felices estos sus pequeños en las aguas nadando con nos, no lo fueren también con sus padres ¡A tal negábame yo antes, que de edad avanzada no me llamaban las aguas!, mas me llaman los niños, que con su tío Juan quieren haber juegos.


- ¡Jo, tío Juan! – exclamó Pablo - ¡E bien que gozamos con vuesa merced, que nos hace volar por los aires e caer luego a las aguas!


- ¿Es tal cierto, Ilustrísima? – preguntó con extraño doña Fuencisla - ¡Mirad que por la primera vez oigo mis hijos gozan en una piscina, que no habían costumbre de tales baños!


- Así pues – contestóle -, como ellos yo pensaba e ¡ya veis! ¡Es gozo que no quiero perder el ver sus rostros felices e como ellos me siento!


- ¡Así me lo parecía! – murmuró Marcos en mi oído - ¡Ya os he dicho Su Ilustrísima pierde años!


- ¿Cómo ha de ser eso, Marcos? – díjele quedo - ¡Razonaría se hubiesen parado también sus días, mas no que atrás volviesen!


- Pues jurar podría – dijo -, e bien sé no debe hacerse, que desde que lo conozco, hasta diez años más joven paréceme e vos mesmo veis ha olvidado sus dolamas e ¡a orzas nos lleva si a pasear salimos, que hasta los pequeños piden descanso y él sigue… jopeando!


- ¿A qué negar, Marcos – oyó aquesto don Juan -, lo que obvio aparece? No voy con ellos por sentirme niño, sino por hacerles compaña, que sé les place. Ubi alium, ibi Roma, que a estos mis pequeños compañía e buen consejo les doy. E… mencionando el ajo… ¿no estaban acaso algo fuertes las cabrillas?


- ¿E no será que en vez de estar fuertes hasta a tres platos habéis dado buen cumplimiento?


En Grazalema e a veinte e cuatro de abril del año de dos mil e nueve.

23 abril, 2009

De los retratos llamados fotos

la casa volvíamos del paseo sin haber dado muchas nuevas ideas para cosas que pudieran facerse en el viaje a Castilla e, vive Dios que lo atinado fue tocarme con la gorra amarilla de Carlitos, que el sol quemaba e la piel traíamos bermeja.

- Agora pues que Su Ilustrísima – dijo Marcos – e… «Su Excelencia» hanse avenido a vestir aquestas ropas e gorras, ¿por qué no hacer unas fotos?

- ¿Fotos? – dije con espanto - ¡Llamadlas de primero por su nombre, que es retrato, e sigamos el camino a casa luego!

- ¡Marino! – exclamó disgustado - ¡No haced esto! ¡A vuestros hijos ha de placer haber imágenes deste paseo! ¿Qué os va en ello?

- ¡En compromiso me ponéis – le dije quedo – que no ha lugar! ¿Acaso no nos ven de cuerpo presente a cada momento? ¿A qué querer vernos también en sus equipos?

- ¡Sí, papi! – llorisqueó Carlitos - ¡Una foto vuestra e de papá Marcos pondría en mi pantalla e, si acaso tío Juan quisiese, también dél, que no se le ve nunca vestido como a un tío!

- ¡Niño! – volvió a reprimirle Marcos - ¡Esa palabra…!

- ¡Dejadlo, Marcos! – intervino Su Ilustrísima - ¿Cómo voy a negar a mis angelitos tengan recuerdo deste día de hoy placentero e de paseos e con sus bolsas llenas de cabrillas? ¡No quisiera, cierto es, se viesen esas fotos quién sabe dónde!, mas… ¡Disparad!

Y en esto diciendo, ¿cómo iba a negarme yo a ser disparado en una foto? Mas no fue todo tan fácil, sino que también quiso Pablo haber foto de papá Marcos.

- ¿De Marcos? – pregunté ignorante - ¿Cómo ha de dispararse él mesmo?

- ¡No, papá! – acercóse a mí Pablo - ¡Tomad vos el teléfono e yo os diré cómo hacernos la foto!

- ¿Yo? – exclamé con espanto - ¡A fe que menos temo a disparar un trabuco que a disparar un teléfono! ¿Qué cosa decís? ¡Haga la foto Marinín, que en eso no habrá dudas!

- ¡Si yo hago la foto, papá – supe mentía -, no saldré yo con papá Marcos! En una quiero verme con vos y en la otra con él ¿A qué negaros? ¡Bien fácil es!

E acercóse a mí con el teléfono e púsose a mi lado en diciéndome que lo que se vería en aquella pantalla pequeña como sello postal, quedaría como foto al pulsar un cierto botón.

- ¡Por ventura, hijos – dije resignado -, vuestro hermano me lo pide! He de hacerlo hoy mas prometedme no pedir otra vez dispare con estos artilugios…

- ¡Sólo hoy, papá! – rogóme Antonio - ¡Os será grato el vernos juntos luego cada vez que abráis vuestro equipo!

E aunque pensé no me iba a ser tan grato, asentí.

- ¡Vamos, hijos! – llamó Su Ilustrísima - ¡Una quiero haber de primero con vuesas mercedes ya que Carlitos dice que un tío parezco!

- ¡Válame Dios! – exclamaba Marcos dando la espalda - ¡Lo que he de oír y ver hoy en foto para siempre!

Así, se hicieron varios disparos; agora el uno con el otro, agora el otro y el de más allá… e temblando mis manos llegóme la hora de disparar (e poco me gusta decir esto) a todos mis niños con Su Ilustrísima – con su nueva indumentaria – e Marcos.

- ¡A saber, Marcos – dije -, cómo habréis de veros en esas pantallas!

- ¡Con gusto, Marino! – dijo de contento -, que lo que ha de quedar en esas imágenes no ha de verse muy a menudo.

Y en viéndolos a todos muy pequeños en aquella pantalla, fui a cerrar los ojos por no ver a quién disparaba, mas pensé que, en cerrándolos ¿cómo iba a verlos? Disparé. Y en la casa pusieron el teléfono junto a un equipo e las fotos pasaron a él como en encantamiento por lo que llaman, en inglés, «diente azul» (Blue tooth).

- ¡A fe, sobrino, que no habéis quitado la vida a nadie con vuestros disparos, mas sí habéis cortado cabezas!

En Grazalema e a veinte e tres de abril del año de dos mil e nueve.

De la expedición de las cabrillas

claróse en la cena el trazado del viaje a Castilla e hubo gran contento de todos. Su Ilustrísima, aún sabiendo restaría en la casa, alguna idea aportó e Lorenzo no podía creerse dentro de la familia hasta punto tal de viajar con nosotros. Así pues, decidimos ir pensando todos en algunas cosas nuevas e, por hacer las pláticas más amenas, pensó Marcos saliésemos en paseos todos. En el salón esperábamos a Su Ilustrísima cuando por el pasillo vimos de venir con presteza a hombre ágil e con bolsas en las manos.


- ¡Tomad estas bolsas! – dijo - ¡Hemos de aprovechar esos paseos e coger algunas cabrillas!


- ¡Santo Dios! – dijo muy quedo Marcos en mi oído - ¡O loco me he vuelto o es ese «joven» el obispo emérito que los niños llaman tío Juan!


- ¡A fe que si ninguna otra cosa me ha turbado en la vida – dije pasmado – esta visión no razono!


- ¡Tío Juan! – gritó Carlitos hacia él corriendo - ¡Ahora habéis talle de tío e no de obispo!


- ¡Pequeño! – reprimiólo Marcos - ¡Que sigue siendo tío Juan obispo!


- Estas ropas – dijo –, que a la sazón guardo por si fuere menester ocultar mi condición, he vestido por jopear, que así dicen en Grazalema a andar por los campos, ¡que no es de razón ir con sotana e alzacuello a coger cabrillas!


- ¡Pues diría yo, tío Juan – exclamó errando Marcos -, que hasta de diez años menos aparecéis…! ¡Sin contar los ya restados desde que os conozco!


E saltaron los pequeños en alegrías e fiestas con su tío e tendió Carlitos la su mano por darle una desas que son llamadas gorras… ¡en color verde!


E tras tío Juan todos salimos con las bolsas de contento e asomóse el servicio todo a la puerta por despedirnos e ver a Su Ilustrísima en vistiendo pantalones de los llamados «vaqueros», camisa de manga cortada de color e gorra verde por cubrir su cabeza.


- ¿Veis, papi? – tomó mi mano Carlitos - ¡Tío Juan sí se pone mi gorra!


- ¡Lo veo, pequeñín! – agachéme a hablarle - ¡No la pongo yo por no haberla!


- ¡Otra tengo amarilla! – brillaron sus ojos - ¡Si quisiéredes llevarla…!


- ¡Traedla! – levantéme - ¡No hagamos de esperar al guía que esta expedición abre, que bien a priesa camina!


E con nuestras ropas modernas e nuestras gorras de colores distintos, todos, como niños, entre las rocas e los matojos jopeamos mirando a diestra agora e a siniestra luego en buscando cabrillas.


- ¡Tío Juan, tío Juan! – gritó Marcos - ¡Venid a este lugar, que hay muchas e bien grandes e no he de negar prefiero no tocarlas vivas!


- ¿A qué hacer ascos a estas criaturas de Dios? – respondióle -; su suerte no esperan mas para ello nos las pone la Naturaleza por doquier esparcidas, que son alimento e son gustosas de yantar.


- ¡E bien sabrosas e picantes! – exclamó Marcos - ¿Quién iba a decirme a mí comería caracoles del campo?


- ¿Quién iba a decirme a mí, Marcos – le dije -, ibais a llamar a Su Ilustrísima tío Juan?


- ¡Tal no he hecho!


- ¿Pensáis pierdo el oído? – contestéle -; yo mesmo le llamaría tío, que mi tío es, mas siempre hame infundido el debido respeto su vetusta sotana y el saberlo ministro de Dios Nuestro Señor…


- ¡Que le llamemos tío Juan y él no proteste – dijo razonando - no paréceme falta de respeto a quien representa, sino acercamiento a su persona! Si así lo creéis pertinente, pedidle licencia por llamarle tío Juan.


- ¡No, no, Marcos! – dije - ¡Ningún trabajo es para mí llamarle Ilustrísima, que lo es, e nada nos acerca a él el llamarle tío, sino el saberle de la familia!


- ¡Papá, papá! – gritó Marinín - ¡Allende el río hay muchas!


- ¡Tomad de primero las de aquende – gritéle – que no quiero veros en las aguas!


Mas mirando al otro lado del río, vi tantas, que volvíme atrás e grité.


- ¡Tío Juan, al otro lado habría que pasar!


22 abril, 2009

De una mentira e una verdad: La verdad (2/2)

ás tiempo parecióme esperar entrase el siguiente de mis pequeños. Pensé algo comentaban de lo ya hablado con los otros e medité una pieza en silencio, pues aquellas visitas me dejaban llegar el alma de cada uno dellos e me permitían acercarme a la suya en pocas palabras.

- ¡Con la venia, papá! – oí desde la puerta - ¿Dais vuestra licencia?

- Siempre la tendréis, Guille – sonreíle -, mas si usáis de pedirla por entrar a verme, usaréis siempre de pedirla a cualquiera otra persona, que es como debe hacerse ¡Sentaos si os place!

Miróme como asustado e habló con la prudencia que da el temor.

- ¿No puedo besaros como saludo?

- ¿Qué cosa decís? – levantéme e fui hasta él - ¡Licencia para tal no he de daros jamás! ¿Es de razón os la pida yo por besaros?

- ¡No!

E abracélo e besélo una pieza e sus ojos llenáronse de lágrimas.

- ¡Excusad lo hecho, papá! – dijo -; acaso no sabía habéis vuestras empresas e habéis de cumplirlas…

- ¿De qué cosa habláis? – volví a besarlo - ¡A veces no sé si tomaros como hijo o como amigo, mas a uno e a otro diría siempre verdad! Soy yo el que he de excusarme por haberme ausentado desta casa sin nada decir.

- Bien sé – apretóme a su cuerpo – el agua que emana de vos; e no soy el único que quise beberla un día, mas mejor sé agora que tomándome como vuestro hijo a mi lado siempre os tengo e no he de pediros no me abandonéis, que tal no haréis.

- Verdad decís, Guille – fueron sus palabras certeras -, pues juntos hemos de hacer viaje todos a Castilla. E así mesmo digo a cada uno de vuestros hermanos. Nada decid desto hasta que lo diga papá Marcos en la cena.

- ¡Pedidme reste mudo e así lo haré! – dijo -.

- ¡Mudo no os quiero! – tomé sus manos - ¡Hablad cuanto penséis aunque falta no os hace, que vuestros ojos me hablan! Habremos luego reunión de todos e se verán los trazados. Mayor sois e mi licencia habéis si algo quisiéredes cambiar o mejorar ¡No lo dudéis!

- Puedo… - bajó la vista -.

- ¡Sí, Guille! – tomé su rostro entre mis manos -; nada habéis de preguntarme sobre tales asuntos.

E luego desto, con grande contento e felicidad, retiróse nervioso e cerró la puerta. Esperaba entonces la última visita, que como colegí antes de empezar, sería la de Marinín, que mucho más habíamos de platicar e mucho más cerca de mí estaba que sus hermanos; e de distancia no hablo.

- ¡Con vuestra licencia, papá! – pasó Marinín como rabo de lagartija - ¡Dejadme os bese que la última vez que lo fice no recuerdo!

- ¡Besadme, mi niño – le dije -, que parecéis desmemoriado, pues no ha una hora lo hicisteis!

- ¡Es mucho tiempo! – rió -.

- Os diré por qué os llamo uno tras otro…

- ¡Nada habéis de decirme, papá – contestó -, que tal cosa ya sé!

- ¿Os lo han dicho vuestros hermanos? – miré al techo - ¿Cómo se puede guardar tal secreto?

- ¡Nada me han dicho! – dijo de natural -, sino que bien os conozco. Así, ni habéis de excusaros, ni he de pediros excusas por no acostarme a la hora debida ¿Qué otra cosa quisiéredes saber, papá?

- De primero, he de deciros – comencé – no creo sepáis vamos a hacer viaje todos juntos por Castilla – saltó de contento – e, de segundo, quisiera me aclaréis algún punto que obscuro quedó.

- ¡Os escucho!

- Bien sabéis sanó papá Marcos de sus heridas en un día – le dije -, mas también sabéis por qué eso le ocurre. Así pues, bien sabíais también había puesto mi saliva en sus llagas, que es remedio no tan arcano.

- ¡Hasta perro lamiendo cura las llagas!

- Mis remedios sabéis sanan males que los médicos no pueden – comencé -. Son remedios que vais vos mesmo conosciendo por lo que os enseño e por lo leído en el libro en blanco mas, si un remedio sana un mal ¿sabéis por qué pone mi marca e troca al sanado en hombre de mente prodigiosa?

- Claro he visto en días pasados – contestó – estudiabais esto que os parece misterio; e nada he querido deciros, que sois vos el maestro. Mas paréceme olvidáis acaso alguna cosa.

- ¿Olvidar? – extrañéme - ¡Ni en los remedios aprendidos de tío Álvar ni en el libro se dice cosa alguna que no sepa ¿Por qué agora, sin cambiar nada, cambian estos remedios?

- ¡Yo mesmo lo he probado, papá! – dijo -; nada habéis cambiado en los remedios, sino en cómo los preparáis. Desde que vestís estas ropas modernas, no habéis uso de llevar guantes. Siempre me decís tome plantas e piedras con la bolsa negra e no las toque ¡Mucho menos la hierba mora! Así, saliendo con la bolsa a buscar el remedio para tío Juan e para Saulo, toméme la licencia de hacer lo que vos hacéis, pues no recogí las plantas ni las piedras con la bolsa, sino con mis mesmas manos. Sanó Saulo como los demás, ha la marca que entrambos habemos e su mente es preclara como pocas. Ha pasado agora parte de mí a él, pues no pensáis cosa tan nonada como una pequeña gotita del sudor de vuestras manos…. o acaso una célula de vuestra piel, queda unida al remedio trocándolo en doble remedio.

- ¡Santo Dios! – exclamé - ¡Cosa tal no había pensado! ¡Pasando estamos nuestros conoscimientos e sustancia a los sanados!

- Si así no debería hacerse – dijo -, entrambos habremos de usar los guantes e la bolsa.

- No importa ocurra esto si no es cosa mala – le dije -; e bien veo no paran los días del sanado, que vos seguís creciendo e cumpliendo vuestros años ¿Sabéis por qué se para el tiempo con un remedio que es de suponer cura las anginas?

- ¡Sí, papá, lo sé! – dijo con misterio - ¡De otra cosa muy pequeña trátase, mas ni he de usarla si no me lo pedís ni nada dello he de hablar! ¡Quede así!

- ¡Quede así, hijo! – apreté su cuerpo - ¡Sabía vos conoceríais tal arcano que yo no veía! ¡Hagamos agora los remedios según creamos conviene! En vos he depositado toda mi confianza como un día lo hizo mi tío Álvar en mí e mejor que yo habéis aprehendido cómo hacer. Si veis podéis sanar a alguien algún día, no habréis de pedirme licencia por hacerlo, que mejor que yo lo hacéis. Con vuestros hermanos haremos viaje juntos por Castilla. Papá Marcos os ha de decir el trazado esta noche. Hasta entonces, nada hablad de lo que os digo.

- Lo que aquí hablo con vos – echó su cabeza en mi hombro – ni con la almohada lo consulto ¡Besadme, papá, que os quiero por lo hecho por mí e por mis hermanos!

De una mentira e una verdad: La verdad (1/2)

edí a Marcos la mesma tarde, dijese a los pequeños pasasen a mi bufete uno a uno e decidiese con ellos el orden de visita. Ni yo mesmo sabría cuál dellos entraría de primero e cuál como último. Sus pensamientos quería saber e decirles papá Marino no iba a dejarlos nunca solos, antes bien, solo me quedaría por haberlos siempre a mi lado.


- ¡Venite! – contesté a la primera llamada - ¡Abierta está la puerta!


Y en esto diciendo, abrióse de espacio una hoja e asomó el rostro sonriente de Antonio.


- Como el mayor de los pequeños – le dije – el primero entráis. He de suponer ya os ha dicho papá Marcos no quiero veros por asunto alguno que no me plazca, sino por asunto que me place e quisiera supierais ¡Sentaos, Antonio!


- ¿Puedo besaros antes, papá? – no atrevióse a mirar a mis ojos - ¡Desde esta mañana no os beso!


- ¿Desde cuándo habéis de pedir licencia para tal? – reí - ¡Venid aquí, mi pequeño Antonio! Mamá orgullosa está de teneros e yo de nunca separarme de vos. Soy yo el que os pido vengáis a mi lado por besaros.


E rodeando la mesa a mí se llegó, de mi manga tiró e puso sus suaves labios en mi rostro.


- Lo que soy – dijo – es débito que os tengo…


- Nada me debéis, Antonio – pellizquéle - ¡Sentaos o permaneced aquí junto a mí, que tal no es de importancia!


- Junto a vos prefiero restar – sonrió -, pues no siempre puedo teneros para mí solo tan de cerca.


- Ni yo a vos – tomélo por la cintura -; es el caso que tuve que ausentarme e quisiera excusarme por haberos dejado tanto tiempo solos a vos e vuestros hermanos mas…


- ¿Solos? – interrumpióme - ¡Tal no digáis! Con papá Marcos e tío Juan e Víctor e Lorenzo estuvimos… mas sí es cierto estuvimos esperándoos.


- ¡No habrá más esperas desas! – acaricié su corto cabello -; sólo quiero saber agora lo que pensáis mal he hecho.


- ¿Mal? – extrañóse - ¡Nada paréceme hayáis hecho mal, papá!, sino que vos habéis vuestras empresas que cumplir e no es de razón las abandonéis un día por pensar restamos solos ¡Seguro estamos todos no vamos a perderos, que sois valeroso!


- Así pues – le dije – nada decid a vuestros hermanos hasta que yo salga, pues un viaje haremos por Castilla todos con papá Marcos. Todos hemos de estar juntos cada minuto del día.


- ¿Es cierto eso? – dio paso atrás riendo - ¿E podrá venir Lorenzo con nos?


- Si así lo deseáis… ¡Sea!


Y en saliendo Antonio con grande respeto, entróse Pablo e parecía no atreverse a acercarse a mi mesa.


- ¿Teméis, Pablo? – levantéme - ¡Venid aquí, pequeño! ¡A mi lado! Donde siempre vais a estar aunque yo me ausente un día.


- Eso no importa, papá – besóme -, esperando nos hallaréis siempre porque sabemos siempre volvéis.


- Acaso no me retire si antes no os doy razón – aseguréle -, mas no es esta visita sino para deciros que hemos de hacer viaje a Castilla todos. Nada decid desto hasta que yo salga.


- Nunca voy a hacer sino lo que digáis, papá – acercóse a mi rostro -; e no me parece sea vuestro deber decirnos siempre a do vais, que nosotros no habemos de hacerlo.


- Así es porque a lugar alguno vais, pequeño – reí -; mas cuando vayáis, conmigo iréis.


E de contento salió e quedó la puerta cerrada e parecióme pasaba una pieza algo luenga antes de la siguiente visita, cuando abrióse la puerta e asomó la pícara mirada de Carlitos.


- ¡Papi! – corrió hacia mí - ¿En algo hemos errado?


- ¡No tal, mi pequeño ángel! – tomélo por los aires como don Juan - ¡Venid aquí conmigo, que el tiempo que os he faltado es hueco que hay que llenar!


- ¡Asustéme! – dijo -; bien sé que habéis vuestras empresas, mas en mi cabeza veía a un hombre.


- ¿A un hombre? – extrañéme - ¿E cómo era el tal hombre?


- Hombre joven e gentil – dijo con orgullo de saberlo -, galán e de buenos modales e ricas ropas. E para él os quería e temía yo os fueseis e no veros más.


Y en mirándolo sorpreso, no quise preguntarle cómo aquello pasó por su cabeza; mas lo sabía.


- Ese gentilhombre que decís – expliquéle – acaso no vuelva e, si volviese, nada habéis de temer, que nunca he de faltar desta casa y esta casa es la vuestra e la de vuestros hermanos e la mía.


- ¡E la de papá Marcos! – apuntó - ¡Estando con él, como si con vos estuviésemos sentimos! Mas… ¡no es igual!


- Sorpresa os tengo, pequeño – abracélo – que vuestros hermanos todos han de saber, pues viaje haremos todos juntos; juntos de día e juntos de noche.


- ¿Viaje? – sorprendióse - ¡A más de ir a Sevilla a otro lado no he ido! ¡E con vos quisiera ir!


- E conmigo vendréis – aclaré -; e todos estaremos juntos cada minuto de cada día… ¡e de cada noche! Vuestros hermanos desto algo ya saben, aunque no todos aún, mas nada decid, que en la cena diremos papá Marcos e yo qué ha de hacerse.


- ¡Sabéis nada digo e soy verdadero! – susurróme al oído - ¡Nadie ha de saber aquesto en tanto no lo digáis vos mesmo!


Y en besándolo otra vez e dejándolo jugar una pieza con mis cabellos, de mi rodilla bajó e a la puerta caminó de espacio e mirando atrás como si ocultase secreto.