cercándose ya la hora del almuerzo, toqué a la puerta de nuestra estancia antes de pasar.
- ¿Desde cuándo llamáis a vuestra propia puerta, Marino? – preguntó Marcos con extraño - ¡A nuestra estancia entráis!
- ¿Acaso pensáis heme trocado en tonto? – reí -; no es molestia para mí, mas pensé acaso no gustaría a Lorenzo viese yo alguna cosa…
Y en esto diciendo, subió la color a la cara de Lorenzo e miróme grave e como asustado.
- ¡Vamos, amigo o hijo; como queráis! – dije a Lorenzo en acercándome -; sé que muy buena «compañía» habéis hecho a Marcos e, además desto, agradecido os quedo de placerle en mi ausencia.
- ¡Excelencia! – miraba a un lado e otro - ¡No decid tales cosas!
- ¿Por qué he de callarlas? – preguntéle - ¿Alguien las oye aquí o no digo verdad? ¡Despertad, Lorenzo, que los tres sabemos bien de qué cosas hablamos e ninguno desto habemos escándalo!
- ¡Excusadme vos! – dijo más tranquilo -, que aún sabiendo lo sabíamos… ¡algo de… intimidad ponía en estos asuntos!
- ¡E así ha de ser para con los demás! – le dije -; e más aún para con los niños, que en esto no quiero influencias en ellos. El resto, aclarado queda.
E acercándome a entrambos, los besé.
- He de terminar alguna cosa en las cuadras – dijo entonces Lorenzo -; esta mesma tarde daré aviso a Guille, si no viniere antes, por hacer lo trazado, que es cosa que mucho me place.
Y en saliendo de la estancia mirándonos con rostro iluminado, tomó Marcos mi mano e a su lado acomodéme.
- ¡Qué buen vasallo e qué buen señor ha!
- ¡Señores, diría yo, Marcos! – aclaréle -; acaso aún no habéis pensado que agora vendrán a vos como a mí siempre habéis visto venían. En vos confío tanto como vos en mí ¡Confiemos en nuestro «vasallo», que tal ya no me parece!
En Grazalema e a diez e seis de febrero del año de dos mil e nueve.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario