rujeron algún bocado e algo de vino, que ya era la hora en que había costumbre Su Ilustrísima de tal menester, e tomé yo algo que como desayuno fue.
- ¡Venid conmigo, Saulo! – haló de la su mano mi pequeño -; he de quitaros las piedras que al cuello lleváis e, luego desto, mi padre os hará ver con meridiana claridad ya no habréis de temer.
- ¡Sí, Marinín! – contestóle -, mas también necesito entrar en el aseo… a otros menesteres, que el tal remedio hame dado «cagaleras».
- ¡Cierto es lo que dice Saulo, excelencia! – dijo la madre como en extraño -, que dejé de contar las veces que había de salir corriendo por no… por no…
- ¡Por no hacer ciertas necesidades encima! – rió Marcos - ¡No habed cuidado por ello!
Y en esto supe Marcos no había olvidado lo hablado e bien sabía que Saulo había tomado el remedio e parecióme no dudaba estaba curado del tal mal.
- ¡Tomad algún bocado, señora! – díjole Su Ilustrísima -; hora es de romper el ayuno que hasta el almuerzo resta e son éstos bocados dignos de haber buen cumplimiento.
Y en pasada una no muy larga pieza, los dos pequeños de la mano cogidos venían sonrientes por el pasillo.
- Terminado está todo lo que había menester, papá – díjome Marinín -; por sus necesidades veo ha tomado lo dicho (rió).
- ¡Venid agora conmigo, Saulo! – tomélo de la mano en levantándome - ¡Vos, e todos, han de ver que ya no habéis esos huesos que con un soplo podrían partirse!
E sonriendo, tendióme la su mano e salimos de la casa seguidos por los curiosos que querían saber cuál sería la prueba por conocer el efecto del remedio.
Con esto, quedaron todos en la puerta de la casa e llevéme a Saulo a las cuadras (que no están a la vista) donde encontramos a Lorenzo.
- ¡Mirad quién viene con el Capitán! – exclamó en besándolo - ¡Buen semblante se os ve, pequeño e, según me parece, hasta más grueso os veo!
- ¡A haber unas pláticas con Temprano venimos, Lorenzo! – le dije -, que estando como estaba tan frágil, no quería yo se acercase a él ¡Mirad, Saulo! ¡Mirad los ojos de Temprano e tocad con vuestra mano su frente!
Y temprano levantó la cabeza con cuidado y empujó su rostro de espacio e con la lengua lamió su tez.
- ¡Ay! – exclamó el pequeño - ¡Hame llenado la cara de sus salivas!
- ¿Sabéis por qué hace eso, Saulo? – preguntéle en poniéndome a su altura - ¡Un beso os da porque os reconoce, que no sabe darlo como nosotros! ¡Lorenzo, traed un paño limpio que Saulo no acostumbra a besos de caballos!
- ¡No acostumbro, Capitán – me dijo feliz -, mas ya quisiera haber la tal costumbre, que señal de estar sano sería!
- Una señal pudiera ser esa, pequeño – díjole Lorenzo en secándolo -; ¡si os ha reconocido desde hace tanto e os besa, paréceme le gustaría llevaros a lomos por la finca!
- ¿Cabalgar sobre él, decís? – asustóse -; nunca he montado, que si cayese, según se me dijo, podría morir.
- Acaso si montaseis conmigo – le dije – tendríamos la prueba de que esos huesos ya no son como eran, pues siendo de cristal, no habríais de caer, sino que solo del movimiento de la silla notaríais molestias de por dentro de vuestro cuerpo ¡Vamos, Lorenzo – díjele en montando -, tomad a Saulo e ayudadle a subir con el Capitán! ¡Hemos de demostrar a todos estáis más sano que cualquiera otro niño, Saulo!
E aupándolo un poco, tomélo yo por los brazos e sentélo en la silla entre mis piernas. Así, llevó Lorenzo a Temprano hasta la salida de las cuadras e comenzamos una lenta cabalgada.
- ¡Pláceme, Capitán! – volvió su rostro sonriente - ¿A do iremos?
- Una vuelta he de dar a mi finca porque la conozcáis, pequeño – contestéle -; desta forma, también todos verán se fue el mal.
E viéndonos de aparecer tras la casa, todos los que allí esperaban dieron grandes exclamaciones e oyéronse murmullos, mas nadie osó a acercarse ni nada decir por lo visto. E tomando la trocha que hacia el río baja, iba el pequeño contándome las diferencias de su vida pasada con lo que en aquel momento sentía.
- En el coche sentía molestias, excelencia – me decía entre risas – e agora seguro me siento aquí arriba, que nunca he montado ni he visto los campos desde esta tal altura; ¡e no paréceme haya aquellos dolores de otrora!, mas no ha de ser muy larga la cabalgada, que también mi vientre se mueve y…
- ¡No habed cuidado, Saulo! – reí -; sólo hemos de cabalgar ya esa pieza y en la casa estaremos.
Así, en llegándonos a las gentes silenciosas y expectantes, tomé al pequeño por los brazos e fuílo bajando hasta que lo tomó Cayetano.
- ¡Buen paseo habéis dado, pequeño! – le dijo -, pues cabalgar con el Capitán es cosa que muchos desearían.
- ¡A fe que otro me siento si no fuese por las «cagaleras»! – mirólo en risas - ¡Al aseo he de ir presto!
E acercándose Marinín, lo tomó de la mano por llevárselo, mas tomólo su madre abrazándolo en llantos e sabiendo ya no había aquel mal.
- ¡Luego me abrazáis, mamá – le dijo Saulo -, que no quisiera llenar las ropas!
E ya entrados en la casa, vino a mí su madre, tomó mis manos e asintió en mirándome fijamente a los ojos e sin decir palabra alguna.
- ¡Vuestra fe también ha servido, señora! Acaso haya que quitar esas… «cagaleras», mas nunca más habrá el mal que había. Llevadlo agora a visitar a los médicos que lo cuidan e, sabiendo no van a creer lo que vean, decid no sabéis sino que ha tenido el vientre suelto ¡Nada sé!, exclamaréis; ¡ya sabéis!
En Grazalema e a veinte e cinco de febrero del año de dos mil e nueve.


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