í la puerta abrirse ruidosamente e desperté asustado, pues parecíame era muy de temprano mas por la ventana entraba ya mucha luz.- ¡Marino, despertad! – era Marcos - ¡Durmiendo os he dejado porque os hablé e dormíais como muerto, mas ha dado aviso por teléfono don Rufino, que a vernos viene con Saulo e su madre! Si acaso aprestado no estuvieseis cuando llegase, Marinín abajo está por rebebillos.
- ¡No tal! – salté de la cama -; quisiera ser yo mesmo quien los recibiere, que he de ver en los ojos de la madre alguna señal y en la mano del pequeño Saulo otra. Sabe esto facer Marinín, mas quisiera yo mesmo facerlo ¡Anoche tarde caí en sueños, cosa rara en mí, por ver a Su Ilustrísima tan preocupado por lo ocurrido con el inspector! Mas es ese otro asunto que en otro momento ha de hablarse.
- ¡Sea como decís! Abajo he de esperaros con vuestro hijo – manifestóme – e yo mesmo he de deciros, si acaso antes se llegasen, qué cosas veo en sus miradas.
- A fe, Marcos – reí -, que si nadie aún lo sabe, yo sí percibo un grande cambio en vos ¡Bajad, bajad, que en vuestra intuición confío!
E con esto, salió Marcos e aprestéme con priesas, de manera tal que, en llegando a lo más bajo de las escaleras, vi a Su Ilustrísima e a Marcos acercarse hacia la puerta con Cayetano, pues un coche se llegaba a la casa.
Saliendo con ellos al recibimiento, vílos del coche bajar sonrientes e arremetió a mí don Rufino como fuera de sí tomando mis manos.
- ¡Excelencia! – exclamó - ¡No sé nada de lo que lo que vos sabéis e prueba alguna he hecho a este niño, mas sólo en sus ojos paréceme ver una alegría que antes no tenía!
E acercándome a Saulo mientras saludaba también a su madre, en sus ojos vi lo dicho por don Rufino, que veíanse vivos e no muertos como vílos hacía ya un mes.
- ¡Venid, pequeño! – tendíle la mano - ¡Marinín está aquí también por veros, que fue él e no otro quien el tal remedio os puso!
E sólo tomándolo por la mano, supe sanado estaba. E llegóse Marinín, saludólo e besólo en sonrisas e unas pláticas hubieron en las que supe mi hijo veía la sanación de Saulo.
- ¡Excelencia! – díjome el pequeño Saulo - ¡Decidme si he sanado, que los remedios he puesto como me fue dicho e mi madre mucho ha orado a San Antonio bendito porque todo pasase!
- E puedo deciros sólo en vuestros ojos veo – le dije – que el cristal de vuestros huesos hase trocado en acero.
- ¿Decís verdad, excelencia? – dijo vehemente su madre - ¡Mucho he orado e paréceme verlo mejor, mas no sé si es ello señal de que el mal ha desaparecido!
- Creo yo que así ha sido, mamá – díjole Saulo -, que Marinín y el Capitán lo dicen; e a todos puedo asegurar que no he probado remedio como este, ¡que casi todos los sabores a frutas he catado!
- Os lo dije, Saulo – le habló mi hijo -; acaso hayáis notado el sabor un tanto acedo o amargo, mas a la fruta pensada ha sabor.
E hubo gran contento e a la casa pasamos e hubimos una luenga plática e su madre no podía estar quieta en su asiento en mirando los ojos de su hijo e los nuestros.
- ¿Qué pruebas haréis por saber mi hijo ha sanado, excelencia?


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