19 febrero, 2009

Del perro que dejó de ladrar

ubimos hoy unas pláticas con Su Ilustrísima por saber sus pensamientos sobre el «Motu Propio» de Su Santidad, Benedicto XVI, en lo referido a volver a decir la Santa Misa en latín e no así en lenguas profanas e, ya muy avanzadas éstas, parecióme Marcos no razonaba lo que don Juan le decía.

- Muy niño era yo – le dijo – cuando cambióse el tal Ordo, Ilustrísima e, no habiendo sido, como bien sabéis, de asistencia diaria ni dominical a tal rito, pienso agora me reconforta, mas así lo pienso porque la entiendo.

- Erráis, Marcos – quise no hablase de tal -; habéis vos una edad de joven e así parece la he yo, mas no habéis conoscido sino la misa en castellano e no así yo, que hela conoscido siempre en latín e sólo agora la oigo en castellano ¿Decís que no la entenderíais en latín? ¿La entenderíais acaso si fueseis a oírla a Alemania? No es así como lo decís. Un misal llevé siempre aunque en tantos años sabía lo que se decía mas, excúseme Su Ilustrísima si yerro, ¿tan dificultoso os parece entender el tal rito como yo lo entendía? ¡A fe que más dificultoso para mí fue el aprender las nuevas palabras, que a lo que mi razón alcanza, poco se parecen a las dichas en su lengua original!

- Acaso, sobrino – meditó Su Ilustrísima -, vos podáis esto razonar, que si dentro de tan solo cincuenta años hubieseis asistido a la Santa Misa acá o acullá, la hubieseis entendido. No es error de Marcos el pensar es dificultosa en latín, pienso yo, sino que no ha conoscido otra; e aténgome a lo por la Santa Madre Iglesia dicho, que más de mil e ocho cientos años hase dicho en latín e sólo hasta cuarenta años en otras lenguas tras la reforma. Ni vos, Marcos ni vos, sobrino, habéis leído como yo lo he hecho este Motu Propio de Su Santidad, pues no se prohibió fuese dicha la Misa en latín, mas sí es cierto se ha cambiado la Liturgia… y en tal cosa no quisiese entrar.

- Pienso son pocas palabras las que hubiese que aprender – dijo entonces Marcos – e si así ha sido siempre… ¿por qué no lo es agora? ¡La mesma Iglesia fizo el cambio!

- En esto, Marcos – rió don Juan -, «con la Iglesia topamos», pues hubo, siendo vos aún pequeño, sacerdotes que negáronse a la tal reforma e otros dijeron era «¡el triunfo del Protestantismo!». Ajústase la Iglesia a lo debido conforme pasan los tiempos, mas… - miró a su en derredor - ¡pienso no debería haberse tocado la Liturgia!

- ¡Lo decís como temiendo, Ilustrísima! – alcé mi voz - ¿Qué teméis? ¿Qué alguien pueda deciros que desde Juan XXIII no habemos sino papas herejes?

- ¡Válame Dios, sobrino! – secó sus sudores - ¡No decid tales cosas! ¡Digamos que… acaso reformaron demasiado e Su Santidad agora deja las cosas como estaban, pues mucho de silencio había sobre esto!

- A cane muto et aqua silente cave tibi – contestéle en alta voz - ¡Decidme agora, Marcos, que no entendéis mis palabras! ¿De quién es la falta, de la Iglesia o vuestra por no aprender la lengua de la que nasció todo lo que hablamos?

Y en bajando su cabeza restó en silencio.

- No es menester ir a un extremo o ir al otro, sobrino – terció Su Ilustrísima -; en latín siempre se ha dicho y en latín se dirá mas no sabe Marcos que puede llevar misal donde lea lo dicho en castellano mas no tiene por qué aprender esos latines que decís. No sé cómo, Marinín lo habla con vos e conmigo sin dificultad alguna mas ¿a qué pedir que Marcos aprenda lengua que no ha de servirle?

- Ahora erráis vos, Ilustrísima – dijo Marcos gravemente -, pues doy la razón a Marino, que siendo abogado, hube de aprender latín e no lo fice, sino que aprendí las frases de rigor… «Habeas corpus».

- Vuestra sinceridad e humildad os honra, Marcos – sonrióle Su Ilustrísima -; libre sois de aprender esa lengua o sólo el Santo Rito.

- En verdad os digo, amigo – pensé lo dicho -, que no os puedo exigir comprendáis lo por mí manifestado, que muy bien nos entendemos todos en nuestra rica lengua. Ese… latín que he dicho, sin embargo, es tan cierto como que aquí nos hallamos, que no significa otra cosa sino… «Cuidado con el perro que no ladra y el agua silenciosa».

- Mea culpa, Ilustrísima – levantóse Marcos -; mea culpa, Marino. He de decir a Víctor o a Marinín si fuere necesario, quiero saber hablar con vuesas mercedes tal lengua, que el saberla no será de estorbo e, según sé, he de vivir demasiados años ¡Excusadme!

En Grazalema e a diez e nueve de febrero del año de dos mil e nueve.

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