03 febrero, 2009

Del nuevo presente para Pablo

sí como se llegó el segundo de febrero, día de la Candelaria e Nuestra Señora de los Remedios, a casa vinieron doña Fuencisla, don Pablo, Guillermo e doña Pastora por celebrar que el pequeño Pablo cumplía hasta sus once años.


E hubo grandes fiestas e alegrías desde por la mañana y en la casa restamos, que había mal tiempo e fuertes lluvias e tormentas que a Marinín espantan.


Fizo Su Ilustrísima misa dedicada a Nuestra Señora e a nuestro pequeño, que de nervioso no podía dejar de sonreír. E recibió bonitos regalos e todos estaban dél pendiente.


- Excelencia – llamóme aparte Guillermo - ¿En qué manera podría pagarle lo hecho por mi hermano? ¡Que hasta la vida le habéis salvado e como otro agora me parece!


- No habed cuidado, Guille – le dije -, que sé vuestro hermano así os llama, sino luchad por imitarlo, que es buen ejemplo para todos. Como a menudo venís a verle, hablad mucho con él, oídle e aprended. Con sólo vuestra intención me satisfacéis.


E mirando con disimulo a un lado e otro, e viendo nadie había, su cuerpo al mío pegó, abrazóme e puso su rostro sobre el mío.


- ¡No sé qué cosa tenéis, excelencia! – dijo turbado -, mas siento necesidad de darme a vos por entero.


- ¡Esperad, Guillermo! – acaricié sus cabellos -; bien sé lo que queréis manifestarme mas sé es no cosa fácil. Amad a vuestro hermano como hasta agora.


E separando su rostro del mío me miró con emoción e fijamente a los ojos e así restamos una corta pieza hasta que acercó su cara e besóme levemente.


- Aquí me tenéis – le dije -; siempre que podáis o queráis, venid a verme, pues también a mí me place veros. Tomad esta como vuestra casa e habed cuidado de vuestros padres, que han falta de compaña.


E ya sonriendo e tomados de la mano, pasamos al salón e todos iban entrándose en el comedor.


- A fe, excelencia – dijo doña Fuencisla -, que de tanto presente que recibe nuestro hijo, también suyo, habréis de ponerle estancia aparte por haberlos todos juntos.


- ¡No, mamá! – contestóle Pablo -, pues mis juguetes también son de mis hermanos e los suyos son míos, que si los juguetes no se comparten… ¿a qué haberlos?


- Pues yo os he de hacer regalo distinto – díjole Marcos -; nada os he traído, sino que quiero me digáis lo que os falta e más os gustaría haber. Ese será mi presente.


E miróme Pablo ilusionado e no sabía qué cosa decir…


- Lo que más quisiera, papá Marcos – le dijo -, creo no podríais regalarme, que es bien caro según creo e difícil de encontrar.


- Limitaos, pequeño – respondióle Marcos – a expresar vuestro deseo; yo he de hacerlo realidad.


Miráronse dudosos doña Fuencisla e su esposo e pensó una corta pieza Pablo lo que iba a decir.


- Es que… - balbuceó – lo que más me gustaría haber no es juguete, sino herramienta; e así como es herramienta, me gustaría fuese la que usase cuando sea mayor.


- ¡Decidme pues cuál herramienta es esa!


Otra vez miróme dudoso Pablo, sonrió e miró a Marcos.


- Lo que más deseo – le dijo – es haber una guitarra eléctrica, pues quisiera hacer músicas cuando tenga hasta los dieciocho años… si mis padres así lo permiten.


- ¿Guitarra eléctrica? – asombróse don Pablo - ¡No seáis gravoso para estos señores! Yo mesmo he de comprárosla e licencia tenéis ya para ser músico e plañir el tal instrumento.


- No ha de ser así, don Pablo – dijo Marcos -, pues el presente será mío e la licencia de usar la tal herramienta para músicas es vuestra. A Sevilla iré yo mesmo por traerle todo lo que necesite para plañirla e para aprender a facerlo con buen tono.


- ¿Guitarra? – preguntó de contento Víctor - ¡Yo sé tocarla e podría darle las liciones! Helo oído en cánticos e tocando el pequeño piano de Marinín y, este niño, será un buen músico si todos le somos de un ayuda.


- ¿Es cierto tal, Victor? – preguntéle asombrado - ¡Nunca me habéis dicho sabías tocar ese instrumento! En vuestras manos está su enseñanza e, si acaso sus hermanos lo desearen, enseñadlos también.


E hubo gran contento de todos los pequeños e levantáronse de sus sillas e besaron a tío Juan, a Marcos e a mí mesmo e a sus padres como si tal no creyesen.


- Bien sé, excelencia – apuntó Víctor -, que… el tal instrumento, a veces, es… un tanto ruidoso.


- Mucho lo he oído, Víctor – respondíle riendo -, que tiempo he habido sobrado ¡Cómprese agora una déllas e, si acaso se supiese los otros hermanos gustan de plañirla, yo mesmo compraré otras tres!


- ¡Santo Dios! – exclamó Su Ilustrísima - ¿Tres guitarras eléctricas?


- Una pared a modo de colchón - dijo Víctor – podría ponerse en la buhardilla e nada aquí se oiría. Mas cuando arranquen bellas melodías, todos habremos de oírlas.

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