01 febrero, 2009

Del domingo de los rosarios

prestados ya con nuestras mejores galas (vestía yo mis ropas modernas), salimos todos con Cayetano por la puerta trasera por subir al coche, que en la cochera se guardaba bien cerrado. E yendo luego hasta la entrada e mirando que nadie pasase, quitó Cayetano la cadena de la verja e corrió a la esquina de la casa e nos hizo señas.

Salió Marcos con el coche también mirando nadie nos viese e partiendo de espacio hacia Grazalema, volvió a cerrar Cayetano la verja e puso la cadena.

En entrando al pueblo, donde la calle es muy ancha e se encuentra la consulta de don Rufino, bajamos del coche e allí estaban doña Pastora, doña Fuencisla e don Pablo; e con ellos caminamos en paseo hasta la iglesia.

Las gentes que se entraban a la misa nos miraban e nada decían y, entrándonos también nosotros, buscamos asiento para todos en un largo banco; e parecióme la gente murmuraba muy quedo; e Su Ilustrísima miróme con extraño.

Al poco, oyéronse las campanas del tercer aviso ya estando la iglesia llena e todos nos pusimos en pie al subir el párroco al altar.

- En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo ¡El Señor esté con vosotros!

- ¡Y con tu espíritu! – oyóse con fuerzas -.

- ¡Sentaos! – dijo entonces el sacerdote -.

Y en esto diciendo, todos nos sentamos e vimos de aparecer hasta seis monaguillos por la parte izquierda, que a la sacristía se llega, e comenzaron a pasar por entre los bancos. Su Ilustrísima miróme perplejo, mas aún más perplejo yo estaba, que aquellos monaguillos repartían los rosarios a todos los fieles; también a nosotros. E así, con grande silencio, a todos entregaron uno e volviéronse por un ala.

Poniéndose entonces el sacerdote en pie, todos nos levantamos e dijo pocas palabras antes de comenzar la misa:

- Todos hemos de orar más ¡Ahí tenéis la mejor herramienta!

Asombrados seguimos la misa e asombrados salimos al terminar ésta y en la puerta gran muchedumbre esperaba dejándonos paso franco e saludándonos; e a todos decíamos adiós sin palabras. Mas cuando ya comenzamos a recorrer la calle hacia la salida, oímos grandes voces como haciendo músicas: «¡Alcaldesa, Alcaldesa, Alcaldesa!».

Asustados, atrás miramos e vimos a las gentes, rosario en alto, caminar tras la señora Alcaldesa en aplausos. Con esto, aconsejóme Su Ilustrísima los siguiésemos; e así hicimos hasta llegar al Ayuntamiento en la plaza. Detúvose en la puerta la Alcaldesa e levantó la su mano mostrando su rosario; e todos gritaron su nombre e aplaudieron; e nosotros restamos un tanto a la zaga. Mas haciendo un gesto con la mano, vi me llamaba aquella buena señora e acerquéme.

- ¿Puedo seros de un ayuda, señora?

- ¡Sí, excelencia! – dijo en abriendo la puerta -; pasad una pieza conmigo a esta vuestra casa, que es la Casa del Pueblo.

- Prestos estamos para cumplir lo ordenado, señora – le dije -; no habed cuidado.

- No habed cuidado vos, Capitán – sonrióme -, que sabiendo acaso alguien había convencido a todos los ediles de algo falso, a Ronda fui por pedir el certificado de un partido de políticos vuestro…

- ¿Mío? – interrumpíla - ¿Qué es aquesto?

- Aquesto es, excelencia – dijo en mostrándome un documento -, que pedí certificado que dice que el partido U.C.A. no existe ni es vuestro, por tanto.

- ¿Uca? – preguntéle con extraño - ¿Qué cosa es esa?

- Unión del Capitán Alacaída, excelencia - contestó casi en risas -, que no es otro sino el nombre que un edil dijo había vuestro inexistente partido. E uno a uno llamé ayer a mi despacho a todos los que forman conmigo ayuntamiento e mostréles la mentira certificada por el Estado. E hízose pleno extraordinario retirando lo aprobado y, así como se nos engañó para nombraros «persona non grata», hemos acordado, por unanimidad, nombraros «Hijo Predilecto de Grazalema» e a «un edil» se le ha retirado de su puesto.

E no sabiendo qué decir, también yo rompí el protocolo e besé a la señora.

- ¡Gracias, Grazalema!

E afuera había cánticos e grande alegría e salimos por saludar al pueblo; e todos con las manos en alto mostrábamos nuestros rosarios.

- Sabed, excelencia – díjome el cura -, que en la misa de las ocho que esta tarde diré arriba, en la iglesia de San José, he de repartir los rosarios más ricos, que son los de arriba los más menesterosos ¡E muchos sobrarán!

E con esto, dio aviso Marcos a Cayetano por teléfono ordenándole se abriesen puertas e ventanas; e también hubo de explicarle el entuerto había ya su solución.

Y en volviendo a la casa, todo el servicio nos esperaba e nos saludaba; e al entrarnos, todo en su sitio se había puesto e preparado estaba el comedor para un grande desayuno para todos; e hube de dar las gracias a Ramón, que con fe en que todo habría solución, trabajó el día entero de encierro por preparar tales viandas. E doña Pastora, doña Fuencisla e don Pablo tal cosa no podían creer.

- ¡Así veíase ayer salir humo por la chimenea!

En Grazalema e a primero de febrero del año de dos mil e nueve.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario