n la estancia estuvimos Marinín e yo cuidando de Marcos que, así decía no necesitaba cuido:
- Paréceme, Marino, que como hormiguero he de por dentro; mas no dolor. Con esto, quiero manifestaros que mi razón me dice estoy sanando.
- De poca cosa sanáis – le dije -, ¡a Dios gracias!, pues no hay hueso roto según veo, e así lo ve Marinín; e todo aquello que se ha movido en vuestro interior a su sitio vuelve. Afirmaros puedo que esta mesma noche casi nada sentiréis.
- ¡Mi papá Marcos! – exclamó Marinín en besándole la frente - ¡Primeras experiencias siempre asustan!, mas si dice papá hoy mesmo sanáis, creedle.
- Fe ciega tengo en papá, Marinín – contestóle sonriente -, que si a vos, e a otros muchos ha sanado de mal de muerte segura… ¿cómo no he de sanar de una caída de tonto jinete inexperto?
- ¡Muy bien cabalgáis, papá Marcos! – dijo seguro Marinín -, e caída como la vuestra hasta jinetes expertos la sufren.
- Pues… - medité un tanto - ¡quisiera yo saber cómo vos restasteis en la silla en cayendo Marcos e cómo bajasteis solo della!
- ¿Tales cosas preguntáis, papá? – rió el pequeño -; bien sabéis que supe iba a caer e, así mesmo, soltó Marcos mi cintura por no hacerme caer con él e asíme con fuerzas a la silla. Y en eso de bajar solo… ¡diría yo, como es dicho, que más vale maña que fuerza!
- Así es si el miedo no habemos – contestélle -, pues si al veros solo allí arriba hubieseis sentido temor alguno, de seguro no hubieseis bajado.
- ¡Tenemos un niño valeroso, Marino! – espetó Marcos -; lo que nosotros no hacemos él ya lo ha hecho.
E a la puerta tocaron con tacto e apresuréme a abrir.
- ¡Ilustrísima! – exclamé - ¡Pasad que a vuestra estancia pasáis!
- Excúseseme sea de estorbo – dijo -, mas no podía más tiempo estar abajo sin saber algo de Marcos.
- ¡Pues algo habréis de saber y él mesmo os lo ha de decir!
- ¡Muy bien me hallo, Ilustrísima! – díjole Marcos -; así nos decía Marinín todo ha sido más un susto que un accidente.
- Empero quisiera mis oraciones sirviesen por aliviaros – mirólo tranquilo -, que también son remedio como bien dice Marino.
- ¿A qué dudarlo, Ilustrísima? – contestóle -, la fe en sanar es grande por saberos orando por quien no lo merece.
- ¡Tal cosa no digáis, Marcos! – espetó don Juan -, que no hay quien no merezca unos rosarios.
E así platicamos una buena pieza en sentándonos cerca del accidentado e hasta las risas llegamos e hubo de hacernos gestos Marcos porque no riésemos, que la risa le hacía sentir cada parte de su interior.
Y en llegando la noche, de temprano cenó e agora duerme con el mesmo placer que esta mañana.
En Grazalema e a quince de febrero del año de dos mil e nueve.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario