15 febrero, 2009

Del día que no quedó vacío (1/2)

n grande silencio inundaba nuestra estancia despuntando ya el día e miré el sueño plácido y el dulce rostro de Marcos. La hora de comenzar la jornada se llegaba e no quería yo despertase. Muy de espacio, bajé de la cama e fuime al aseo y, en saliendo del cuarto del baño, Marcos me miraba despierto ya e sonriente.

- ¡Buenos días hayamos, Marino! – dijo -. Trazado alguno habemos… ¿Habéis pensado en algo?

- Algo paréceme apropiado para día que podría ser vacío – acerquéme a él - ¡Buenos días nos dé Dios a todos! Pensaba bajo las aguas cálidas en ir todos al pueblo, a la misa, e dar luego unos paseos, que el tiempo es soleado e templado e, volviendo luego aquí, un buen paseo a caballo podríamos ofrecer a los niños, ¡que las nuevas sillas que Andrés nos ha hecho son maravilla de ver e de montar!

E, incorporándose en la cama, sonrióme como pensando era acertada mi idea e al punto levantóse.

- ¡Aprestémosnos, Marino! – exclamó - ¡Hemos de manifestar a Su Ilustrísima el trazado que habéis, que de seguro ha de ser de su agrado!

- Acaso lo sea – reí -, pues ir a misa al pueblo e ver a sus angelitos cabalgando llenarán su día. Bueno es, como él mesmo dice, cambiar de labores por haber descanso. Hoy no le dejaremos en lecturas.

E fue gran contento de todos lo por mí pensado e no quería Su Ilustrísima nos desayunásemos hasta oída la misa.

- ¡Mirad, Ilustrísima – díjole Marcos -, que desta hora a la de la comunión, algunas horas quedan e otra más acaso por desayunarnos después! ¡Asaz ayuno tendremos si nos aprestamos a desayunarnos agora!

- ¡Sea pues! – dijo no muy a su gusto -, que no es de razón tenga unas horas a mis niños sin tomar ni agua.

Con esto, nos desayunamos (sin abuso en el yantar), una buena pieza platicamos todos e aprestó Cayetano el coche para la partida. Así, al pueblo llegamos al segundo toque cuando la gente ya entraba en la iglesia, oímos misa entera, paseamos por algunas calles (saludando a diestro e siniestro) e a casa volvimos muy de contento.

- ¡Aprestad los caballos, Cayetano, que habréis de montar con Víctor e nosotros llevando cada uno a un niño! Una buena cabalgada daremos por toda la finca e, otro día, así lo haremos recorriendo la Ribera.

E poco tiempo después, ante nosotros estaban nuestros caballos e brillaban los ojos de los pequeños.

- Yo he de montar con Carlitos – díjele a Marcos -; llevad vos a Marinín, que bien sé le placería.

E montando, tomamos a los pequeños e los sentamos junto a nosotros asiéndolos por la cintura e comenzamos a cabalgar. E fue el tal paseo placentero como no hubo otro antes e hasta aquende el río Gaidóvar nos llegamos e luego subimos otra vez a la casa mas, casi en llegándonos, todos oímos grande movimiento e algunos gritos. Marinín, de mente preclara, supo mantenerse en la silla mas cayó Marcos y en el suelo yacía.

Bajamos a priesa Cayetano e yo por ver qué le ocurría e, viéndole yo los sus ojos, tomándole las manos e sabiendo habría cura segura, quedé tranquilo.

- ¡Excelencia! – gritó Cayetano - ¡Al doctor hay que llevarlo en urgencia!

- ¡No tal, amigo! – sonreíle - ¡Confiad en mí!, que Marcos no ha daño importante alguno ¡No habed cuidado! Traed unas mantas e a la casa lo llevaremos. Yo mesmo he de cuidarlo.

No supe el modo, mas Marinín apeóse del caballo solo e, acercándose a Marcos e mirándolo, habló:

- ¡No temed, papá Marcos! – le dijo -; a papá e a mí habréis a vuestro lado hasta pasado el susto, que no durará más allá de dos días.

Su Ilustrísima, quedando un poco a la zaga, no parecía haber signo de espanto en su rostro, mas asióle la mano como dándole confianza.

Con esto dicho, pensé Marinín sabía cómo estaba Marcos sin acercarse a él ni tocarlo e también sabía sanaría en poco. E algo desto imaginaba Su Ilustrísima.

Con las mantas lo llevamos con cuidado a la casa e a nuestra estancia lo subimos. Muy de espacio, aflojamos sus ropas e pusímoslo yaciente e cómodo.

- ¡No hablad, Marcos! – le dije acariciándolo - ¡Descansad!

- Sé no es esto nada, Marino – respondióme con dificultad -; por aliviar el dolor un poco sí tomaría de alguna cosa.

- ¡Yo he de preparar remedio! – le dijo Marinín -; e con una pasta desas blancas e verdes llamadas Nolotil nada sentiréis.

- ¡Ahora, Marino! – sonrióme - ¡Ahora sabremos si ha efecto el remedio que pusisteis no ha mucho!

- Yo ya lo sé – sentéme a su lado -; mañana de mañana casi podréis moveros, mas aquí tomaréis alimento en descanso hasta pasado mañana.

Y, en bajando de espacio las escaleras, a todos tranquilicé e todos en mí creyeron; mas acercóse Andrés a mí, que del pueblo había venido.

- ¿Por qué no lo lleváis al doctor, excelencia? – exclamó - ¡Caídas como esas pueden ser muy peligrosas! ¡He de repasar esas sillas! Acaso alguna no se ajuste.

- ¡No es lo que pensáis, Andrés! – tranquilicélo -; cayó Marcos del caballo, mas nada hizo la silla, que Marinín iba con él e sobre el caballo quedó.

- ¡Me tranquilizáis, excelencia! – suspiró -, mas he de repasarlo todo por mi propia seguridad.

- ¡Hacedlo si ello os reconforta, mas vuestras sillas son perfectas! Subiremos Marinín e yo por hacerle compaña; podéis aquí restar sin cuidado que todo ha de pasar en breve.

- ¡Aquí quedaremos, sobrino! – bajó la voz Su Ilustrísima - ¡Unas oraciones diré por su pronta sanación!

- ¡Remedio es ese de un gran ayuda!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario