31 enero, 2009

Del día del claustro

iendo ya sábado de mañana e no habiendo aún amanecido, purificamos Marcos e yo nuestros cuerpos e pusimos ropas sencillas. Oíanse ya ruidos por la casa e pensé el servicio aprestaba puertas e ventanas. Así, fue Marcos hasta la nuestra e, tomando las puertas, cerróla de espacio y en silencio e tomó un candelabro con tres velas encendidas.

Apenas hubímos plática alguna, sino que al pasillo salimos, que muy obscuro estaba, e ya cerca de la bajada al salón, nos esperaban los cuatro niños, como se les dijo, vestidos con sencillez y en completo recogimiento. Sólo un «¡Buenos días nos dé Dios!» oyóse e bajamos al salón.

En pie, y en orden, esperaba todo el servicio con sus ropas más humildes (e allí vi a Lorenzo que en la casa restó por acompañarnos a todos) e ficieron saludo unánime matutino con una leve inclinación de sus cabezas. Con esto, lleno de gozo por ver cómo todos seguíamos sus consejos, habló Su Ilustrísima en pie desde la puerta de la capilla, que abierta estaba e muy iluminada por llamas de cera:

- Dominus vobiscum, frates… Domine, dilexi decorem tuæ et locum habitationis gloria tuæ.

E así como nos fue dicho (en papel escrito para todos), como uno solo contestamos:

- Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta; ab homine inicuo et doloso erue me.

E con estas palabras, hubimos todos una misa en recogimiento e, luego desto, al comedor pasamos e todos, junto al servicio, compartimos nuestros alimentos.

- Cada uno – habló en voz baja Su Ilustrísima - haga lo que conveniente crea e respétese el silencio en todo el día, no sólo por recogimiento de nuestro espíritu, sino por la necesidad que habemos de no ser oídos desde afuera.

E nada se oyó, sino que todos cumplimos como fue dicho e todo el día hubimos de estar con luces de cera e con ventanas e puertas cerradas.

Pasó casi todo este tiempo Su Ilustrísima en oraciones e Marcos, Víctor, Lorenzo, mis hijos e yo mesmo, en el salón restamos en pláticas e contando historias; y en algún momento se fizo pausa e se rezó un rosario por así pedirlo Lorenzo. Desta forma, supe que este joven a menudo debería rezarlo; e recordé con un rosario de los llamados mala en esta Casa entró.

En silencio, e todos juntos, hubimos el almuerzo. E igualmente pasamos la tarde muy quedos. Y era maravilla de ver cómo los más pequeños sonreían e ninguno dellos quejóse del silencio ni del recogimiento.

Así, llegó la cena, que también hubimos todos juntos, e dijo Su Ilustrísima muchas oraciones e latines. E tras la cena una pieza estuvimos sentados a la luz del hogar de la chimenea y, en llegando la hora del descanso, a su estancia partió cada uno. Y en la nuestra nos hallamos Marcos e yo, que por no hablar a mi equipo «Chuti», estas líneas escribo e pienso ya en lo que nos guardare el domingo.

En Grazalema e a treinta e uno de enero del año de dos mil e nueve.

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