
nada quiso decir cuando salimos de la aula e vio al maestro, Víctor, pedirle a los pequeños nos siguieran mas, pensando acaso iban a otro lugar, nada dijo, sino que labios apretados e ojos enrojecidos en ira, bajamos de espacio las escaleras hasta el salón; e una pieza más atrás venían en perfecto orden e silencio el maestro e los niños.
Dudando viniesen a las tales pláticas pedidas, nada dijo, mas en llegándonos al salón, levantóse Su Ilustrísima e hizo gesto de acompañarnos.
- Con vos, el tutor – díjome -, he pedido haber unas pláticas; no con cura que debe dedicarse a sus menesteres.
- Es el caso, inspector – le dije sonriente -, que no es sino Su Ilustrísima el que cuida de
- La… Moral que en esta casa quisiéredes darle – respondió -, es cosa que no me atañe, sino la Ética de obligado estudio para su cumplimiento según las leyes del Estado.
- ¿Habláis de dos éticas distintas, inspector? – dijo como en extraño Su Ilustrísima - ¡Válame el Cielo!, que ya emérito e habiendo examinado tras veinte e dos años de estudios, la primera vez es que oigo haya… «¡dos éticas!».
- ¡Acaso, Ilustrísima – le dije con cierta sorna -, ignoráis la ética por este… Estado asacada!
- ¡Ética no hay más que una – nos respondió airado – y en el libro obligatorio está bien descrita!
- Pues después de leer tan vacuo libro – respondióle en el mesmo tono don Juan -, diría yo alguien ha cambiado a su antojo ciertos conceptos, que dentro de la mesma Ética se contempla el respeto e la tolerancia a las creencias de los demás no siendo las mesmas, e no paréceme hagáis vos tal. ¡Respetadme si quisiéredes os respete! Alios ego vidi ventos; alias propexi animo procellas.
- ¡Latines! ¡Lenguas muertas de los anticuados seres muertos! – respondióle el inspector -; ¡habladme en castellano que no he necesidad de aprender tales saberes innecesarios!
Y en esto, acercáronse mis hijos siguiendo a Víctor mientras abría yo la puerta del bufete e veía el inspector turbado la mesa aprestada con sillas para todos. Allí paróse e no entró, sino que miró cómo se acercaban los niños (con Víctor e Marcos) e todos comenzamos a hablar en latín.
Su ira a sus ojos asomaba e la vergüenza a la los de don Jacinto, cuando alcé mi voz:
- ¡No es esto falta de Ética, pseudoinspector inculto – gritéle -, sino muestra de que en educación e saberes mucho habéis que aprender como para venir a esta casa a «adoctrinarnos»!
E mirándome aterrado al ver en mi mano mi daga, corriendo hacia la puerta fuése e, desde dejos, vimos don Jacinto le seguía, poníanse los abrigos e insultaba el tal inspector a Cayetano. Mas también pudimos oír las palabras de mi tan honrado e humilde siervo (e amigo), que en sus brazos tenía a su hijo Marinito:
- ¡Si pensáis vais a adoctrinar a este mi hijo con vuestras falsas éticas e mentiras, habréis de matarnos antes a todos, que en esta casa no hacemos lo que se nos diga hagamos, sino lo correcto para cada uno en respeto, cosa que os falta, a los demás! ¡Idos al infierno!
E oímos un grande portazo.
En Grazalema e a veinte e tres de febrero del año de dos mil e nueve.


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