23 febrero, 2009

Del adoctrinamiento escandaloso (2/3)

ntró Cayetano con el servicio en mi bufete e pusiéronse en derredor de la mesa que para cónclaves habíamos al efecto todas las sillas iguales e, así mesmo, dije dónde debería sentarse cada asistente si hubiese reunión.


Fue luenga la mañana para los niños, que al haberles dicho Víctor no habrían liciones, tampoco podrían salir del aula si no fuere menester. E ya llegado el medio día, sonrióme Cayetano en sabiendo un coche se acercaba e que no era otro sino el de don Jacinto.


- No hacedles esperar afuera – le dije -; pasadlos al vestidor por dejar sus ropas de abrigo y traedlos vos mesmo hasta mí, que aquí he de restar sentado junto a Su Ilustrísima.


- ¡Dios me asesore! – musitó éste -; e así también debería poner en mis labios las palabras que en cada momento viniesen al caso.


- Dejemos hable él de primero, Ilustrísima – manifestéle muy quedo ya en viéndolos -, que solo ha de caer en su propia trampa.


E así se llegó hasta nosotros Cayetano, en pie nos pusimos por recebirlos e, mirando a los ojos del tal inspector, supe era fácil de vencer con la poderosa arma de las palabras.


- ¡He aquí a don Luciano, excelencia! – dijo don Jacinto -, que así como revisa las escuelas del pueblo, ha la obligación, según la ley, de revisar la vuestra, que ya hele dicho es un tanto particular.


Acercámosnos a él en reverencia e como dándole una bienvenida e apareció Marcos por el pasillo e quiso presentarse.


- Un placer paréceme haber en esta casa a hombres doctos que por la cultura de los pequeños velan – dijo cómicamente -; como letrado abogado que soy (mostróles sus documentos), he de seros de una modesta ayuda legal, si acaso la necesitaseis.


- Quisiera yo – dijo el inspector don Luciano sin preámbulos – ver dónde están esos niños, que según consta en mi lista hasta cuatro, e de diferentes edades son y en la mesma aula les dais liciones.


- Al punto he de mostrároslo, señor – dije caminando hacia las escaleras -, e con vuestros mesmos ojos habréis de ver el tal lugar.


Y en hablando otras cosas, acaso de poca importancia, hasta la puerta de la buhardilla nos llegamos, empujé la puerta muy de espacio e le hice señas porque pasasen.


Todos pusiéronse en pie en señal de respeto e bien quedos e inmóviles permanecieron.


- ¡Lujosa aula sólo para cuatro niños, señor! – manifestóme el inspector -.


E así vi cómo el mesmo don Jacinto algo le decía al oído e cambió su semblante.


- Si quisiéredes hacer algún examen a mis pequeños – le dije – dispuestos a responderos con propiedad están, que no es cosa esa que yo mesmo les enseñe, sino que de usar su lógica e inteligencia, dellos mesmos sale el tratar a cada uno como lo merece.


- No veo impedimento en la higiene, «excelencia» - recalcó mi tratamiento como mofándose -, pues en casa como esta raro me parecería encontrar restos de polvo – pasó su dedo por una mesa e mirólo -; mas, claro está, que habiendo tanto servicio…


- El servicio dedícase a sus menesteres, señor inspector – aclaréle -, entre los cuales sólo se halla la limpieza a fondo desta aula una vez a la semana, pues mis propios hijos limpia e ordenada, como la veis, la mantienen.


- ¡Bien, bien! – tosió en tensión - ¿A qué curso he de ajustarme por hacerles examen, don Jacinto?, que aquí veo a niños e no tan niños.


E casi cabizbajo, habló el profesor en mirando de reojos a Marinín.


- He de explicaros, señor inspector – dijo -, que estos tales niños que ante vos están han pasado examen de cada curso conmigo mesmo e… al más pequeño, Carlitos, podríais preguntarle temas universitarios, que todos ellos superan, no sé cómo, la matrícula de honor.


- ¡Tal cosa que decís no es posible! – respondióle grave el inspector -; yo mesmo he de saber qué asignaturas estudian e a qué nivel se hallan en cada una ¡Vos! – vino a señalar a Antonio - ¡Mostradme los libros obligados para vuestra edad!


E con respeto, sacó Antonio de su mesa los libros obligatorios (allí puestos a la sazón) e otros que sólo jóvenes de hasta diez e ocho años estudian e, viendo el inspector se hallaba entre ellos el libro que viniese buscando, mudósele el semblante e acaso pensó allí estaba por encubrir ciertos trazados.


- ¡Decidme! – acercóse a él sin la delicadeza que un niño merece - ¿Qué conocimientos habéis de Ética?


E sin maldad en su espíritu, ni en su mente, vi a Antonio sonreírle e, sin abrir libro alguno, hízole tal razonamiento:


- Excúseme vuesa merced, inspector, mas no sé a qué ética os referís, que de la Ética cristiana podría hablaros o de la que en este libro – señaló el comprado – háblase en la lición doce o de otra, acaso algo distinta, que cítase en la lición treinta e uno e página ochenta y tres ¿De cuál quisierais saber?


- ¡Quisiera saber cuál dellas os parece verdadera! – respondióle con ira contenida -.


- ¡La cristiana e católica, sin duda, señor! – respondió Antonio sin cambiar su tono -, que según hemos podido todos leer e haber pláticas, es la única que respeta a los demás como merecen, mas todas conoscemos.


E no sabiendo que responder el inspector al niño, a mí dirigióse con enfado:


- ¡Justo es le parezca esa tal ética la verdadera, que así se le ha inculcado! ¿O pensáis no he visto al cura que con vos se sentaba abajo?


- Permítame el inspector – dije – le aclare de primero que «el cura» que hállase sentado abajo no es sino mi tío Juan, de la familia, e tío que lo mejor quiere para sus sobrinos; e de segunda, pediríale yo le hubiese el respeto debido, que arzobispo emérito e muy bien reconocido en toda la Serranía es Su Ilustrísima don Juan de Lobo.


- ¡Esa es cosa que no se me ha dicho!


- Esa, inspector – acerquéme a él insinuante – es cosa que la educación verdadera debería haberos enseñado, que tiempo habéis tenido sobrado de estar en pláticas con don Jacinto, e bien sabe éste que en esta casa, hasta el servicio pasaría los exámenes más dificultosos e la Ética llevan en su sangre desde nascidos.


- ¡Unas palabras quisiera yo haber con vos – dijo airado -, que sois el tutor destos niños!


- Acaso quisiéredes hubiésemos unas pláticas en mi bufete…


- ¡Sea así!

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