23 febrero, 2009

Del adoctrinamiento escandaloso (1/3)

osa buena comenzaban a ser los despertares desta casa, pues antes de la hora, en la cama restábamos una pieza siempre en pláticas e como trazado del día venidero tomábamos nuestras pláticas. E siendo de gran importancia la posible visita que el tal inspector habría de hacer a mis hijos, supe también Marcos otras cosas me recordaría.


- Cierto es que ni sabemos a quién esperamos – dijo – e ni el esperado sabe quiénes les esperan. Podría otro día haber elegido, que aunque vos lo calléis, Marino, no olvido es hoy el vigésimo tercero día de febrero e, si en años contamos vuestra edad cumplida hoy, no habremos de calcular los días que de vida lleváis.


- ¡Días de vida e de muerte… o no morir, diría yo! – respondíle -; ese cumpleaños al que hacéis referencia sólo me trae al recuerdo a Su Majestad el Emperador don Carlos V, aunque unos dicen nasció el veinte otros el veinte e cuatro e otros hasta el veinte e seis, mas no es cierto sino que fue parido en Gantes el veinte e tres de febrero, e la suerte o la desgracia he de haber nascido en el mesmo día tengo, pues pocos años vivió quien mucho los merecía e demasiados llevo yo vividos ¡Aprestaos a la larga espera que nunca acaba!


- No he de hablar más desto de los cumpleaños, Marino – rió -, que si a vos se os ha olvidado esta fecha, yo temo en llegando la mía. Mas así como digo temo se acerque mi cumpleaños, temo la visita esperada e no sé a qué ordenáis vaya a Ronda a comprar esos tales libros que, en partiendo el inspector, yo mesmo he de quemar donde quemáronse «otras basuras», pues bien conozco ese libro e lo que dél dícese.


- Aprestaos sin priesa – le dije -, que es temprano mas, en acabando vuestro desayuno, tomaréis a Víctor e cumpliréis lo por mí ordenado, que mucho antes de que aquí se llegue ese que quiere adoctrinar a mis hijos a su falaz usanza, todos habremos leído el tal libro.


- ¿Pensáis acaso ponerle en duda lo que en él se lea?


- ¡Acaso! – sonreíle -, mas guárdole sorpresa a ese «ilustrado», que así como vos decís podéis aprehender un libro en leyéndolo una sola vez, así pueden facerlo mis hijos e así puedo facerlo yo mesmo ¡Alguna lición le daremos de lo escrito, que a buen seguro no lo ha leído!


E a la hora que a diario de la estancia salíamos, los pequeños salían de la suya e hubimos desayuno como otro cualquiera día mas, antes de subir a las clases, dije a mis niños esperasen la llegada de Marcos e Víctor.


E una luenga pieza hubimos de esperar mas aparecieron al cabo e los diez libros traían. Con esto, dije a mis niños leyesen al instante todo lo allí impreso e así di una copia a Su Ilustrísima, otra a Lorenzo e otra a Cayetano como primero del servicio. E no pasaron acaso los veinte minutos cuando vino a mí preocupado Cayetano:


- ¡Excelencia! – exclamó - ¿En verdad pensáis debemos aprender lo aquí dicho e con esto educar a nuestro hijo? Porque habréis de saber que no he de educar a mi pequeño Marinito en ese camino e no sé si es que agora pensáis cambiar el vuestro.


Reí e acompañélo a las cocinas, donde todo el servicio negóse a cambiar sus usos, e así dije a todos cada uno era libre de seguir aquellas inventadas éticas o las que ya conoscían.


E ya pasada una hora, subí a la buhardilla que como aula han mis pequeños e hallélos a todos sentados en silencio e con el susodicho libro cerrado en sus mesas. En pie pusiéronse al verme de entrar e les hice gesto porque se sentasen.


- ¿Acaso no quieren mis pequeños leer el tal libro? – preguntéle a Víctor -, que sea o no sea cierto lo en él manifestado no paréceme de razón para negarse a leerlo por poder haber una idea de lo que se dice.


- Siento mucho deciros, papá – levantóse Antonio con respeto -, que no nos hemos negado a leerlo, que desde la primera a la última página lo hemos leído e aprehendido, e que si pensáis nos atengamos a estas normas…


- ¡No hijo! – acerquéme a él de priesa - ¡Nadie os ha dicho aprehendáis ese libro, sino que sepáis lo en él escrito! Puedo prometeros que daréis liciones de todos los conocimientos humanos mas, siendo este libro, como yo mesmo he comprobado, contradictorio consigo mesmo, aquel que piense quiere conocerlo, tal cosa puede hacer en su libertad.


- ¿Pensáis estudiemos libro para idiotas? – preguntó Pablo - ¡No veo aquí sino razonamientos para inútiles!


- Guardad bien ese libro, pequeños – les dijo Víctor -, pues en sabiendo lo en él escrito, no es necesario memorizarlo, sino que habréis de tenerlo en las manos por si acaso… «alguien» os lo pidiese.


- ¿E puede tirarse luego a la basura?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario