cabados ya los menesteres que hube esta mañana en mi bufete, al salón salí e a nadie encontré e, fue tal mi extraño que llamé a Cayetano:- ¡Cayetano, venid! ¿Sabéis vos a do hanse ido todos? En lectura los hallo siempre a estas horas e siéntome como abandonado en la casa.
- ¡No digáis tal, excelencia! – rió -, que bien sabéis que el servicio no os falta e… si falta, es sólo por ir a las compras muy de temprano.
- ¡Sabéis a quiénes refiérome al decir me hallo «solo», Cayetano! – acerquéme a él un poco - ¿No os parece de extraño no esté, al menos, Su Ilustrísima ahí sentado en sus lecturas?
- ¡Ah, pardiez! – llevóse la mano a la frente - ¡Excusad mi torpe olvido! Algo hame manifestado Su Ilustrísima sobre no sé qué problema que ha encontrado en la cruz del remate de la torre de la casa… e ¡ya sabéis cómo la cuida! Yo mesmo he de mirar si allí se hallan…
- ¡No es menester tal, Cayetano! – le dije -, que acaso en buscándolos yo entretenga el tiempo.
E asintiendo en reverencia, dirigíme a la salida e nada vi mas, en mirando al lado diestro de la casa donde la torre se halla, vi a don Juan, manos en alto, gritando alguna cosa.
- ¡Algo más a la derecha!
E mirando a lo alto de la torre, vi a Marcos allí subido con Lorenzo e tembláronme las piernas.
- ¡Marcos! – grité - ¡Santo Dios! ¿Qué cosa hacen vuesas mercedes allí arriba?
- ¡No preocupaos, excelencia! – contestó Lorenzo -; acaso un rayo en los días pasados ha movido algunos hierros e poniéndolos en su lugar estamos.
- ¿En su lugar? – gritéle - ¿Es que no hay obrero que pueda venir a facer tales menesteres? ¡Dedicaos vos a los caballos e que baje Marcos de lo alto, que sólo de verlo me mareo!
- ¡No preocupaos, Marino! – contestóme entonces Marcos - ¡No tengo yo esos vértigos que vos habéis a las alturas y es éste sitio seguro! ¿A qué temer?
- ¡A nada temo – miraba arriba en temblores -, sino que es ese trabajo de obreros e no del dueño de la casa ni del cuidador de caballos!
Y en esto diciendo, miróme don Juan sorpreso e restó una pieza quedo en mirándome.
- ¿Del dueño de la casa, decís? – preguntóme al cabo - ¡Aquí abajo os veo e no arriba! ¿Es agora Marcos el dueño desta casa? ¡Dios me perdone, que he sido yo el que he pedido se arreglase esa cruz!
- ¡No es aqueso, Ilustrísima! – bajé la voz -, sino que ya sabéis de mi miedo a las alturas e, habiendo pasado Marcos por la caída del caballo, no me hallo en viéndolo allí subido.
- Ahora que tal cosa decís, sobrino – respondióme -, siéntome yo el culpable de haberlos hecho subir, que no habiendo la cruz gran desperfecto, no me parecía de razón llamar a los obreros.
- ¡Como niño sois, Ilustrísima! – sonreíle -; arreglada parece la cruz sólo con un pequeño esfuerzo e ya bajan, ¡por ventura!, mas si en cualquiera momento veis vuestra cruz de remate hase movido, aunque sea un centímetro, ¡decídmelo a mí, os lo ruego! A nadie desta casa me gustaría ver allí arriba.
- ¡Así lo haré! – rió -, mas sabed que el obrero que la puso no hubo de fijarla bien al remate e, si viniesen otras tormentas o fuertes vientos, podría caer al suelo. ¡Y esto no digo porque la tome como mía, que parte de vuestra casa es!, sino que a alguien pudiere caerle encima e muy pesada creo es.
- Sabed entonces – dije más tranquilo – que con más razón he de llamar al obrero que la puso, pues si pudiere ser peligro para nosotros, debería fijarla aún mejor.
- Algo creo se olvidó al ponerla – manifestó -, pues debería haber un pararrayos en lo más alto e… ¡bien creo puede haber sido un rayo el que la haya movido!
- ¡Pues desto nada digáis a los niños, Ilustrísima – musité -, que han pánico a tales fenómenos!
- Cada uno… - dijo en retirándose hacia la casa - ¡ha sus temores, sobrino! Yo a que caiga, vos a las alturas e los niños a las tormentas ¡Llamad mejor a ese obrero que decís! ¡No quisiera que mi cruz sea la causante de desgracias!
En Grazalema e a diez y ocho de febrero del año de dos mil e nueve.


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