esde que hubo salido Marcos del bufete, parecióme no oír las risas en el salón e, poniendo aún más atención, pensé habíanse ido otra vez a ajustar la cruz. E así esto pensé, salí de priesa al salón e allí encontré sólo a Su Ilustrísima.
- ¿Solo leéis, Ilustrísima? – preguntéle - ¿A do ha ido Marcos?
- Tal cosa no sé, sobrino – levantó la vista de su libro -; aquí ha estado una luenga pieza conmigo e luego ha subido acaso a la estancia.
- ¿Os ha dicho si encuéntrase mal?
- ¡No tal! – rió -, que muy de contento estaba e hame pedido licencia por ausentarse una pieza. Acaso se haya indispuesto un tanto… ¡ya sabéis!, mas ¡mal semblante no le he visto!
- Tranquilo me dejáis – le dije -, que en no oyéndoos en pláticas pensé algo ocurría. Subiré a la estancia, Ilustrísima, pues pudiera ser se note algo «de extraño» de por dentro.
- ¡Vos sabéis mejor que yo si tal cosa es así! – respondióme -, mas insisto en que parecióme irse de contento.
Y en agradeciendo a Su Ilustrísima lo manifestado, subí de espacio las escaleras e lleguéme a la estancia. Viendo entonces la puerta cerrada – e aún no siendo uso entre nosotros – toqué a la puerta y esperé.
- ¡Pasad! – oí desde dentro - ¡Abierto está!
Y en abriendo la puerta, sentado hallélo a la mesa frente a su equipo e junto a la ventana, con un grueso libro e muchos papeles.
- ¡Excusadme, Marcos! – le dije -; no os encontraba e no sabía a do habíais ido.
- ¡Pues aquí, Marino! – sonrióme -; no sé por qué habéis agora el uso de tocar a la puerta de vuestra propia estancia…
- ¿Trabajáis aquí? – acerquéme a él - ¿Acaso no estarías mejor en el bufete?
- No trabajo, Marino – tomóme de la mano - ¡Estudio!
- ¿Estudiáis, decís? – extrañéme -; paréceme adivino lo que facéis.
- E a mí bien paréceme no erráis – dijo de contento -, que no queriendo seros de estorbo en el bufete e necesitando acaso estar en recogimiento, he tomado la estancia como aula.
- E… - pensé - ¿aprehendéis mucho o tales estudios os parecen de dificultad?
- ¡No, a fe! – levantóse e miróme cercano -; disfruto con lo que hago. Quería saber si así como habéis parado mis días algo más ha cambiado en mí. E ¡ya veis!, en estudios me hallo e no puedo creer me sea tan poco dificultoso, pues con sólo leer una vez lo escrito, no sé cómo, todo en mi cabeza resta ordenado. Mas no penséis memorizo estas palabras, sino que al tiempo que leo ¡todo aprehendo! ¡Comprendo agora el saber de Marinín!, pues una cosa leyendo como estudio o con atención, no vuelve a olvidarse, Marino.
- No es eso sino otra señal de que el remedio puesto os ha cambiado – le dije -, e mucho me sorprende así lo toméis, que así iréis descubriendo cuanto os era velado antes.
- En poco, Marino – rió de contento -, no sólo he de hablar con vuesas mercedes en latín, sino que otras cosas quiero aprender e muchos libros dice Víctor va a darme. Desta forma, a los conocimientos que habéis vos e vuestros hijos iré acercándome. Sabed que nunca he gozado en estudiando e no así agora.
- ¡Agrádame lo que manifestáis, Marcos! – reí -, mas no quisiera encontraros en adelante siempre estudiando, que habré de deciros como a los niños, pues cada hora del día debe usarse para unos ciertos menesteres.
- ¡No ha de ser así! – concluyó -, sino que sólo he de estudiar hasta una hora diaria, que más no necesito.
E acercándome a él, tomélo por los hombros y empujé con cuidado porque se sentase e, ya delante de su mesa, sonreíle e acaricié sus cabellos como a uno más de mis hijos.
- Seguro estoy, amigo, de que en menos tiempo del que pensáis habréis de aprehender todo lo que os propongáis, pues basta hacerlo con la fe que en ello ponéis. Seguid con vuestras tareas; solo os dejo e abajo me hallaréis con Su Ilustrísima, que algo me dijo sobre un libro que no he leído ¡Gozad!


No hay comentarios.:
Publicar un comentario