fue que no podía conciliar mi sueño e parecióme se iluminaba mi teléfono móvil. Así, antes de que sonase, lo tomé con cuidado, abrílo e salí muy quedo al pasillo. La voz temblorosa de «el chusco» me daba aviso de un posible ataque de los asesinos en esta mesma madrugada. Así, me entré en la estancia presto mas con sigilo, tomé mis ropas de capitán e mi espada e saliendo otra vez en viendo a todos ellos dormidos con placer, a mi bufete bajé e puse mi uniforme e, como en ceremonia, tomé el estuche de la pluma de plata, puse en su cañón cuantas finas agujas cupieron e tapé la apertura con su pequeña tapa plateada. Quitando luego la pluma de ganso de mi toquilla, puse allí la de plata, desenvainé mi sable e corrí a la entrada.
En lo obscuro de la noche y entre las luces de algunos relámpagos, observé unas a modo de lucecillas que movíanse por la carretera e bien supe el peligro acechaba.
Con esto, a la tenue luz de la farola e iluminado por la tormenta en ciertos momentos, alcé mi mano diestra con entereza e grité sin alzar demasiado la mi voz:
- ¡Aquí estoy, guardianes! ¿Acaso buscáis la caja roja que escondo? ¡Venid a por ella!
E sabiendo no me harían daño por haberla, asombrado quedé al ver cómo abríase la verja sola y entraban hasta quince hombres muy bien armados con estas armas modernas e de espacio se fueron entrando en mi finca.
- Sabed, amigos todos – les dije -, que si la vida me quitáis, la caja seguirá intacta y escondida por los siglos de los siglos, que nadie sino yo sé dónde se halla.
E habiendo cuidado con sus armas, a mí se acercaron con cuidado e, ya que bien cerca los vi a todos, habléles otra vez:
- Dejadme os anote donde está la tal caja, que la pluma que en el sombrero llevo es de escritura. No he de oponerme más a esta guerra de orates.
Así, tomando de espacio la pluma de plata, fice lo que fuéseme dicho por Marinin, pues sin mucho atino, pasé la palma de mi mano por sus barbas e oí como finos silbidos e todos ellos restaron como estatuas. E vi a la mortecina luz de la farola los sus ojos se abrían en demasía hasta salir de sus órbitas los óculos; e su piel como cera se derretía e sus armas poderosas al suelo cayeron e tras dellas sus cuerpos (o sus masas amorfas) mezclándose con sus ropas en silencio.
En esto, mirando aún con espanto lo visto, abrióse la puerta de la casa e salió Lorenzo.
- ¡Padre y Capitán! – dijo grave -; a por una carretilla aprestada al efecto e a por cuatro zapas he de ir. Avisados están Cayetano, Víctor e Ramón. Entre todos recogeremos tales deshechos.
- ¡Hágase pira grande tras las cuadras! – le dije -, e pórtese allí tal porquería e quémese junto al estiércol.
E acercándose a mí, me besó.
Al poco, apareció con espanto «el chusco» e vinieron los otros hombres de la casa e recogimos aquella masa que a heder comenzaba. Llevóse todo a la pira que encendiera Víctor e quedó la entrada limpia de basura; e no salía el inspector de su asombro.
- ¡Cayetano, Lorenzo! – llamé a todos -; digamos al resto de la casa que ha descubierto Lorenzo animal peligroso, herido e con gangrena. Echad lexía asaz por esa parte e nada desto decid. E a vos, inspector, he de daros por escrito lo acaescido como parte de los hechos.
E tomando luego a Marinín a solas, díjele había usado la pluma como me dijo e que todos deberían saber que Lorenzo había quitado la vida a animal peligroso.
- Así como lo decís lo creo – rió -, que asaz peligrosa era esa amenaza, aunque no fuese sólo un animal herido y enfermo, sino muchos dellos.
E mirando ya amanecido a la puerta e aspirando ciertos efluvios, dijo Su Ilustrísima como en pensamientos:
- A fe, sobrino, que Dios me dice que no han de venir en febrero ya esos parciales asesinos… mas no sé cómo se los ha llevado al infierno.
En Grazalema e a seis de febrero del año de dos mil e nueve.


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