06 febrero, 2009

De las noches tormentosas (2/3)

legándose el medio día e no cesando la tormenta, vino a casa Guillermo y en ella entró acompañado de Cayetano; e veíase en su rostro el espanto.

- ¡Excelencia! – me dijo -; tanto temo a estas tormentas como mi hermano Pablito. En casa he pedido licencia por venir a veros, pues centellas como estas nunca he visto.

- Más paréceme teméis vos a estas centellas – le dije tranquilo – que vuestro hermano e mis otros hijos ¡Venid conmigo, Guille!

E llegándose a mi lado sentóse e abrazóme como a padre verdadero; e su cuerpo temblaba.

- ¡No temas, hijo! – le dije -; y es este el momento en que debéis de dejar de llamarme «excelencia», que como vuestro padre habréis de tomarme si así lo decidís.

- ¿Puedo tal cosa hacer, papá?

- ¡Ya lo habéis hecho! – reí -; restad aquí con Lorenzo, Marcos e vuestro nuevo padre, mas dad aviso por teléfono a vuestros verdaderos padres del pueblo e decidle aquí estaréis hasta pasado este mal tiempo; e si fuere necesario, yo mesmo he de decírselo.

- Sabed, Guille – le dijo Lorenzo -, que no es cosa de cobarde temer a una tormenta, sino cosa natural como es ésta, pues hasta los animales que cuido la temen. E dentro de la casa estoy por ese mesmo temor, que animal como todos soy.

- Tal cosa quisiera agradeceros a todos – exclamó -; he de dar aviso agora, mas sabed no habré de explicar nada.

Con esto, e con una suave sonrisa de Marcos, dio aviso Guille a su casa e, bajando los niños de la buhardilla para el almuerzo, hubo gran contento en ellos (aunque no perdían sus temores).

- Pasemos ya al comedor, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, que no es sólo porque mi estómago haya necesidad de estar algo lleno, sino que el yantar a todos nos será beneficioso.

- ¡Hágase así! – di órdenes -; y enciéndanse todas las luces desta casa como en la noche porque los temerosos no teman ¡Yantemos todos juntos!

E fue Su Ilustrísima quien, yantando e platicando, dio licencia de que tal cosa se hiciese. E vi en el brillo de los ojos de mis hijos, incluidos entre ellos Guillermo y Lorenzo, la tranquilidad e la felicidad.

Aquella tarde pasamos todos juntos en pláticas cerca de la chimenea e fue la cena como fue el almuerzo e, a la hora de retirarnos al descanso, la tormenta era aún más fuerte.

- ¡Guille! – dijo Lorenzo con cariño de hermano -; si acaso no quisiéredes pasar la noche solo, en mi estancia habéis acomodo. Como hermano os la ofrezco.

- E yo la acepto, hermano Lorenzo – sonrióle Guille -, mas excusadme si os digo preferiría con mi hermano más pequeño estar e… ¡acaso con mi padre!

- Tal cosa es de razón, Guille – contestóle Lorenzo -, no habéis de excusaros, que así como vos sentís el deseo de estar con vuestros hermanos e vuestro padre, así mesmo lo siento.

- ¿E vais a restar solo en vuestra estancia, Lorenzo? – preguntó grave Marcos -. Cosa poco usual propongo, que no es nuestra cama muy grande. Pondremos varios colchones en el suelo e allí yaceremos todos en pláticas hasta pasada la tormenta.

E miré a Marcos con grande sorpresa, que no esperaba dél tales ideas.

Así, en llegando la hora del descanso, todos pusimos (ayudados por Cayetano) varios colchones en el suelo de nuestra espaciosa estancia e asaz ropa de abrigo. E muchas historias se contaron e mucho reímos e mucha felicidad vimos a nuestro en derredor.

E, amainando la tormenta, fueron quedando todos, poco a poco, dormidos e hube de tomar con sumo cuidado la cabeza y el cuerpo de Guille, que sobre mi pecho estaban, e ponerlo sobre las sábanas e una almohada. E volvió a sonreírme Marcos antes de caer en profundo sueño.

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