ue la noche muy tormentosa e tan fuerte eran los truenos e tales luces entraban por la ventana, que vi con claridad de día a Marcos en mirándome sonriente.
- Por ventura, Marino – dijo -, no duerme ya Marinín solo, que tanta centella e tanto estruendo lo asustan e… ¡no sé cómo no ha venido ya a yacer con nosotros!
- Con su hermano Antonio yace – contestéle – e los otros dos tiene a su lado ¿A qué temer?
Y en esto acabando de decir, oímos tocar a la puerta e rió Marcos, pues sabía que alguno de aquellos truenos podría haber hecho saltar a Marinín de su cama e abandonar su estancia por restar con nosotros.
- ¡Venite! – grité con paciencia.
E abriéndose la puerta muy de priesa, asomó su rostro con espanto.
- ¡Papá! – gritó - ¡Sabéis hay tormentas y…!
- Lo sé, hijo – interrumpíle paciente -, e también sé os gustaría pasar la noche con nosotros mas ¿no habéis pensado están con vos hasta vuestros tres hermanos?
Y en esto diciendo, aún más abrió la puerta e Marcos miróme sorpreso e como asustado, pues tras él venían Antonio, Carlitos e Pablo.
- ¿Qué cosa hacéis todos aquí e a estas horas despiertos? – preguntóles Marcos en levantándose -; las luces que veis e los truenos que oís no son sino parte de la naturaleza que os acompañarán toda la vida.
- ¿Toda la vida? – preguntó Carlitos casi en llantos - ¡Esta tormenta es más fuerte que las otras que he conoscido, papá Marcos!
E mirándome Marcos conteniendo su risa, a la altura del pequeño bajóse cuando entraban otros grandes destellos por la ventana e todos se encogían e tapaban sus oídos.
- ¡Ven, pequeño! – abrazólo Marcos - ¡Vamos, vamos, pasad todos de espacio y en silencio! ¡Nada va a perturbar vuestra noche! ¡Pasad!
E mucho más de contento, mas asustados, se entraron a priesa en nuestra estancia e a mí se llegaron a abrazarme.
- ¡Papá! – gimió Carlitos - ¡Sólo esta noche, os lo prometo!
- ¡Subid todos aquí! – les señalé el centro de la cama -; entre Marcos e yo nada os ha de suceder mas paréceme sois ya todos unos hombrecitos e no es de razón tengáis terror por cosa natural.
E poco a poco allí se acomodaron abrazados a nosotros e mucho les hablamos e la luz encendimos e les contamos muchas historias bonitas, mas siendo noche de tormenta cerrada, al amanecer cayeron rendidos en sueños.
- ¡En poco habremos de levantarnos, Marino! Digamos que hemos pasado la noche «en blanco».
En Grazalema e a cinco de febrero del año de dos mil e nueve.


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