09 febrero, 2009

De la víspera del viaje

uiso Marcos hacer pronto viaje a Plasencia e, desde por la mañana, preparamos con el servicio lo que habría de llevarse como equipaje, que siendo de pocos días e sólo para el tercio, poca cosa habría menester.


- En verdad os digo, sobrino – díjome Su Ilustrísima tras el almuerzo -, que así como Marcos lo piensa, lo pienso yo; que no han de dejarse las cosas para mañana en pudiéndose facer hoy.


- Quiere él, Ilustrísima – le dije -, e así lo quiero yo, sea presta esta empresa por bien de mi pequeño e por bien de todos.


Y en estas pláticas estábamos cuando pasó Marinín buscando a Lorenzo e tras él corría Carlitos.


- ¡Hermano, hermano! – lo llamaba - ¿Vais a dejarnos solos yendo de viaje?


- Solos no restaréis, Carlitos – volvióse a mirarle -, sólo he de estar fuera dos… o acaso tres días, mas he de traeros un regalo como sorpresa ¡Yo también me sentiré asaz triste sin vuesas mercedes!


- Sí – bajó Carlitos la cabeza -, mas partís vos con papá e papá Marcos e nosotros aquí restamos con las liciones.


- ¡Todos habemos mucho que aprender, hermano! – sonrióle -, mas además de haber las liciones, habéis juguetes. En tanto yo esté ausente… ¿jugaréis por mí?


- ¡Sí! – rió Carlitos - ¡Eso os prometo!, que a jugar no vais sino a cosas de mayores que son aburridas.


- E así os digo, Carlitos – susurróle en misterio -, que todo cuanto han de darme he de partirlo hasta en cuatro partes, que cuatro hermanos somos agora; e una parte será vuestra e habréis grande palacio en Castilla.


- ¿En Castilla? – preguntó el pequeño dudando - ¿Habremos de vivir cada uno en uno desos palacios que decís?


- ¡No tal, hermano! – rió Marinín -, sino que allí esperarán prestos para cuando seamos ya hombres e queramos en ellos pasar verano fresco.


- ¿E no sería más de razón – insistió el pequeño – partir en cuatro el verano e pasar cada parte juntos en uno desos palacios?


- ¡Así lo haremos! – besólo Marinín -; todos juntos e con Dios estaremos.


Y en esto observé la boca entreabierta de Su Ilustrísima e parecióme habría de sacar su pañuelo por secar sus babas, que conversación como aquella entre pequeños lo hacían harto feliz.


- ¡Válame Dios, sobrino – exclamó -, que cosas como he de oír a estos mis angelitos, son más valiosas que todas las preseas que se me presenten!


En Grazalema e a nueve de febrero del año de dos mil e nueve.

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