eunidos en el bufete la mesma tarde, hubimos unas pláticas e allí estuvieron presentes Su Ilustrísima, Víctor e Marcos e dellos quise consejos, pues ni quería oponerme a la ley ni quería a mis hijos perdiendo su tiempo e sus conocimientos.- Acaso no conozcáis la ley, excelencia – dijo Víctor -, mas así llámalan «E.S.O.», que no es otra cosa sino «Educación Secundaria Obligatoria».
- Seguro estoy de que mis hijos – dije – tienen con creces esa educación e la superior sin ser obligados, como ya se fizo otrora, bastaría un… «profesor» del Estado pusiérase ante ellos por examinarlos sin que mis hijos le diesen liciones a éste.
- Acaso… - dijo Su Ilustrísima en bajando la voz – hay algo que no sabéis, pues los gobernantes que habemos agora contra la Iglesia arremeten, prohíben crucifijos en las aulas, no quieren los pequeños estudien Religión e bien quieren controlarlos porque aprendan sus dolosas doctrinas, que a más de ignorar las bases de la Moral, no hacen sino prepararlos para un futuro en que han de pensar como ellos.
Levantéme como abrasado por el asiento e miré a Víctor con espanto e vi éste me miraba resignado.
- Así pues – colegí -, lo importante no es que los niños den sus liciones e de todo aprehendan, sino que asistan a sus aulas por entrarlos en sus políticas parciales. Sabed pues, que a prisión habrán de llevarme por no cumplir esa ley, que más saben estos niños que todos los de España juntos e niégome aprendan doctrina amoral e atea alguna.
- Vos mesmo habréis de decir estas palabras a ese tal inspector – dijo Víctor -, que sois vos el responsable de su educación e, si me es permitido, diría yo que estos niños son los que me dan tales liciones a mí, mas hay ese «libro» que ellos quieren aprendan todos los pequeños e, ¡el tal libro no está en esta casa!
- ¿No está? – pregunté e pensé - ¡Vaya el maestro mañana a la primera hora del día a Ronda con Marcos, de forma tal, que en abriendo los comercios, se compren hasta diez libros desa doctrina amoral e atea!
- ¿Qué cosa decís, sobrino? – espantóse Su Ilustrísima - ¿Pensáis acaso ilustrar a vuestros hijos con tales conocimientos? ¡No sabéis el mal que le haréis!
- Si mi hijos quisiéreden leer tales libros – les dije -, en sus manos he de dejarlos, mas jamás he de obligarles a desandar lo andado, que más me parece estos políticos quieren a incultos ignorantes a los que llevar como sus parciales que darles una educación seria e libre, como yo lo soy e como lo somos los padres todos – alcé la voz - ¡Mis hijos aprenderán lo que yo les diga aprendan e, luego desto, podrán aprender la doctrina que ellos mesmos crean verdadera! ¡Aprestaos todos contra la lucha!, que no va a entrar en esta Casa enviado alguno del Estado corrupto que no quiere sino borregos incultos que le sigan ¡Alce la mano el que como yo piense!
E todas las manos se alzaron. E así vi todos me seguían, pedí a Cayetano reuniese al servicio e dióles Su Ilustrísima unas pláticas que no fueron por convencerlos, sino por saber si como nosotros pensaban e decirles eran libres de haber los conocimientos que su edad les permitía. E adelantándose Cayetano en nombre de todos ellos, nos habló:
- No hay en esta casa quien a vuestros usos se oponga, excelencia, bien demostrado ha quedado aquesto e, no habéis de convencernos somos libres e no lo son tales criaturas que no han dineros para pagar una enseñanza seria e religiosa para sus hijos. Por encima de todos nuestros cadáveres habrán de arrastraros a la prisión, que tal educación no quiero para mi hijo ¡Defendednos ante tal ataque, excelencia!
En Grazalema e a veinte e dos de febrero del año de dos mil e nueve.


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