22 febrero, 2009

De la visita dominical de don Jacinto (1/2)

ue la mañana como la de otros domingos y, estando en descanso Lorenzo, tras las casa jugaba con mis pequeños e con Guille. Viniéronse a pasar el día doña Pastora e doña Fuencisla con don Pablo e preparóse almuerzo en el cubierto del jardín, que van siendo los días más soleados.


Ya pasado el medio día e tomando el bocado y el vino para esperar el refectorio, anuncióme Cayetano la llegada del profesor, don Jacinto, e fue de gran contento para todos mas, sólo de ver su rostro al acercarse por saludarme, parecía escondía no muy buenas nuevas.


- Sentaos, don Jacinto – espetó Marcos -; a muy buena hora llegáis, que sobre la mesa habéis alguna cosa para tomar.


- Mucho no quisiera entretenerme – dijo grave -, sino que desearía haber unas pláticas con su excelencia… si ello no fuere de estorbo.


- ¡No lo es! – le dije -; lo que habéis venido a comunicarme, manifestadlo en mi bufete, que paréceme no es cosa que deban oír los demás.


E mudó su rostro al oír mis palabras pues, como pensé, alguna mala traía e no supo cómo yo ya la sabía. Levantéme pasada una pieza porque tomase un vino e invitélo a entrar en la casa.


Entrados en el bufete, quise viera claramente ponía el pestillo e no seríamos interrumpidos.


- ¡Hablad, don Jacinto! – le dije -; que si las nuevas son malas, cuanto antes las oiga, mejor para vos e para mí.


- Lo que tengo que deciros, excelencia – dijo –, bien sabe Dios no es de mi agrado y es cosa tal a la que me opondría, mas la ley es de obligado cumplimiento.


- ¿La ley, decís? – extrañéme - ¿Acaso estamos fuera de lo dictado?


- Sí, excelencia – dijo -; no hubiese venido en domingo si no fuese por avisaros, pues he de volver mañana con el inspector que pasa revista a las escuelas de los pueblos. Sé muy bien es hombre duro e severo e, otras veces ha venido e nada hele manifestado de la educación que a vuestros hijos dais, mas ya sabéis que en estos días, todo está registrado y ese registro a la Inspección de Menores aparece; así, se me ha preguntado por la educación de vuestros hijos e nada he querido decir, mas seguro estoy de que aquí habré de llegarme obligado por ese tal inspector por ver el estado de vuestros hijos.


- ¿Qué cosa decís? – alcé la voz - ¿Acaso no sabéis vos cómo los educo e cómo se hallan?


- Tan bien como vos, excelencia – dijo -, que sé que sólo uno de vuestros hijos le daría liciones a jóvenes de toda España… e a sus propios maestros, mas la ley obliga a los padres a dar a sus hijos la enseñanza, no como vos la dais, sino registrados en la escuela e por profesor del Estado, como soy yo.


- ¡Bien, don Jacinto! – quise acabar pronto -; así como decís sabéis cuál es la educación de mis hijos e cómo dicta esa ley ha de ser, no soy yo el que voy a cambiar las cosas, sino que habréis de ser vos el que las cambie, pues si atinada os parece mi educación dada, deberéis defenderme e, no siendo así, en contra me tendréis, pues más me interesa la educación de mis hijos que la mía propia ni la ley que no respeta los deseos de los padres para con sus hijos.


- Así lo haré, excelencia – dirigióse a la puerta -, muy a mí pesar, que no he visto educación como la de vuestros hijos, mas nadie está excusado del cumplimiento de las leyes aunque no las conozca.


- ¡Decidid vos!


Abríle la puerta, llamé a Cayetano e le dije acompañase a don Jacinto a la salida volviéndome al jardín sin despedida alguna e, pasada una corta pieza, parecióme ver a Cayetano asomado con disimulo a la puerta e con su rostro descompuesto.

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