08 febrero, 2009

De la verdad como camino

errado había el bufete por haber unas pláticas con Su Ilustrísima, que aún en diciendo nada le preocupaba, alguna cosa no podía razonar e otras quería razonarme.


- No hace el hábito al monje, sobrino – me decía -, mas bien sabéis que no por ser ministro de Nuestro Señor nunca miento, que no hay hombre más peligroso que aquel que no dice verdad.


- Nunca he puesto ni pondré, Ilustrísima – contestélle -, vuestra palabra en duda e, como bien decís, aquesto no hago porque investido como obispo estéis (aunque esa humilde sotana vistáis), sino porque bien os conozco. E cuanto queráis saber he de manifestaros sin sombra, que vuestro sobrino sabéis tampoco miente.


- Dos hombres verdaderos somos – dijo grave – e nadie ha de dudar desto. Es el caso, sobrino, que vivís vos vida de mucho trafego e más bien sedentario yo soy. Tal he asumido por compartir mi vida con vos, Marcos, vuestros hijos e tanto gentil que en esta casa vive. Con fe vivo e con fe sé vivís todos mas hay alguna otra cosa que, aún no siendo ni acaso nombrada, intuyo ¡E bien sabe Dios no es cosa que me aparezca como pecado!, mas la Santa Madre Iglesia sólo toma como familia a la unión de hombre e mujer por procrear y educar en el Señor a sus hijos… e vos, sobrino, habéis familia, mas no habéis tomado esposa alguna, sino… «esposo», diría yo si me es permitido. Mas sabiendo que a vuestra usanza e a vuestros tiempos pasados os ajustáis como así ajustábase entonces La Iglesia, quiero deciros en verdad, que vuestra extraña… «unión» con Marcos no paréceme sino reflejo de un gran amor entre amigos. Lo que en la alcoba suceda es cosa íntima e así debería ser; ¡como lo es! No creo de razón los pequeños, ¡mis angelitos!, crezcan en familia donde no hay madre, mas dellos mesmos sale el sentimiento de llamar a don Marcos… ¡papá Marcos! ¿Pensáis voy a dejaros por esto? ¿Pensáis es una ofensa a Dios? ¡Seguid vuestra educación a mis niños como yo mesmo e María e Víctor lo hacemos! ¡Inculcadle el valor de la familia cristiana! Tenéis mi apoyo, sobrino. Transmitid mis palabras a vuestro… a nuestro amigo Marcos.


- Mi corazón queda henchido con vuestras palabras, «tío Juan» - contuve mis lágrimas -, ni es de razón yo cambie mis usos ni tampoco lo es os avengáis a cosa que pudiera seros ofensa; e tal no es nuestra intención. Con lo por vos dicho agora, claro queda como con luz meridiana que aceptáis, aunque no compartís, la familia que adelante llevo con mi amor e con el ayuda de Dios Nuestro Señor. Si en pecado mortal me consideráis ¿quién mejor que vos para juzgarme?


- ¡Dios Nuestro Señor, sobrino! – sonrió -; Él os juzgará en su momento, no yo. Mas puedo aseguraros que no ha de condenaros por amar. Mantened vuestra intimidad sólo para vos e los niños seguirán el camino que conveniente crean, pues bien sé nunca les habéis inculcado el vuestro sino para haber fe en Nuestro Señor.


- E así os prometo es – dije – e así os prometo ha de ser por siempre, Ilustrísima. E si en esa empresa yerro, licencia del Altísimo habéis para volverme al camino recto.


- Oremos en recogimiento, sobrino, que lo hablado es harto importante para todos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario