iraba Marinín por la ventana trasera en viendo cómo nos alejábamos de Plasencia, que aún estando deseoso de llegar a su casa con sus hermanos, alguna cosa pasaba por su mente e recordaba.Ya perdida la vista de la ciudad, sentóse (como le dijo Marcos) e puso su cinturón de seguro suspirando sonoramente:
- ¡Ay! – exclamó -; a casa volvemos e no es cosa que me quite el sueño, sino que por esa ley que decís, otra vez me veo aquí atrás solo.
- ¡No tal, pequeño! – le dije - ¡Yo mesmo he poneros una obra en deuvedé e, sin apenas daros cuenta, en Madrid estaremos.
E tomé aquellos tres pequeños libros que en vez de páginas un disco dorado llevaban dentro e, haciendo las cosas como mi corta experiencia me decía, en la ranura frontera puse el tal deuvedé. Al poco, comenzamos a oír músicas e miré la ventana pequeña que a mi lado quedaba e ya veíanse imágenes.
- ¡Oh, no, papá! – protestó Marinín - ¿Otra vez vais a hacerme ver la mesma obra?
- Bueno es verla hasta dos e tres veces, pequeño – espetó Marcos -, que en tal modo mejor aprehenderéis de qué cosa trata.
E sin otra cosa decir, pareciónos oírle repetir las palabras de los actores tal como las decían, en su tono declamadas y en su momento justo; que hasta las músicas hacía en silbando.
- ¡Válame Dios, criatura! – mirólo Marcos con prudencia - ¡A fe que habéis visto este deuvedé hasta veinte veces!
- ¡No es así, papá Marcos! – acercóse a él por hablalle -, sino que en el viaje de ida a Plasencia muy atento estuve; e no quisiera volver a oír cómo repiten otra vez tales cosas…
- ¿Una vez, decís? – miróme Marcos asustado -; no habréis de preocuparos, hijo, que papá habrá errado poniendo el mesmo. Otro pondremos.
E sin dejar de mirar la carretera de hito en hito, buscó Marcos otro deuvedé e acercóse a mí prudente e muy quedo dijo:
- ¡Marino! ¿Cuándo va a dejar de sorprendernos este niño?
- Acaso… - reí - ¡nunca! Muy buena memoria he como bien sabéis, Marcos, mas no presto atención a tales obras sin mucho fondo e no las memorizo. Imagino pondréis uno que no haya visto.
- Hasta tres nuevos traigo – dijo – e cuidado habré de no repetirlos, que sólo de oírle decir lo que hablan, e cómo lo hablan, erízaseme la piel.
Con esto, puso otro disco dorado e otras músicas se oyeron e no volvimos a oír palabra alguna hasta ya cerca de Toledo.
- ¡Esta obra pláceme! – exclamó mi pequeño -, e aunque atento la he oído e la sé, quisiera repetirla en casa por verla con mis hermanos… si ello pudiere ser…
- ¿Cómo no ha de ser, hijo? – le dije -; de compartir otra vez hablamos, mas cuando con ellos otra vez la veáis, no id en diciendo lo que ahí se dice que, a lo que mi razón alcanza, no ha de placer a vuestros hermanos.
- Así he de hacerlo, papá – dijo -, pues quisiera no adelantarles nada de lo visto, sino que ellos mesmos lo vean con los sus propios ojos e lo oigan con sus oídos, que es obra placentera.
E ya llegados a Madrid, entregó Marcos el coche en renta e satisfizo su coste e una corta pieza esperamos por subir al AVE y, en pláticas como de adultos, a Sevilla nos llegamos, nuestro coche tomamos e a casa volvimos en cantando.
E fue de gran contento e alegrías el encuentro, como si un año hiciese no se veían, e así mesmo salió Su Ilustrísima dando gracias a Dios por haber todo acaescido como fue pensado e por ver otra vez a su «angelito preferido».
En Grazalema e a doce de febrero del año de dos mil e nueve.


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