ocó a la puerta Cayetano poco antes del almuerzo e dile licencia para entrar. Asombróse Su Ilustrísima al verle de entrar con un gran sobre en sus manos e pude ver en su rostro el temor a un ataque como ya sucediera otrora.- ¡No temed, Ilustrísima y excelencia! – rió Cayetano -; no es esto sino sobre con documentos que por ser de urgencia e remitido a vuestra casa en el pueblo, el mesmo cartero hámelo entregado para vos ¡Helo aquí excelencia! Espero sean documentos con buenas nuevas ¡Excusadme!
Con esto, salió del bufete e miré a Su Ilustrísima como preguntándome qué cosa vendría allí dentro. Y en tanto pensaba, abría el sobre; e cuando fui viendo tanto papel, parecióme importante mas no peligroso ni de malas nuevas. En sacando aquellos legajos (algunos eran muy añejos) una carta de letrado encontré.
- ¡Decid, sobrino, decid qué cosa se dice ahí – exclamó Su Ilustrísima -, que en ascuas me habéis!
- Es extraño, Ilustrísima – leí -, parece misiva de abogado que ha de leer Marcos, mas paréceme entender que aquí se me comunica la muerte de los tíos de Marinín e, siendo yo su tutor de por ley, todas las pertenencias de mi hijo he de administrar hasta que éste alcance sus diez e ocho años.
- ¡Santo Dios! – exclamó don Juan - ¡Dos noticias vienen e una no es tan buena por haber muertes e otra es…!
- Esperemos lea esto Marcos, Ilustrísima – quedé perplejo -, que así se me ordena cuide de sus caudales e haciendas, pídeseme viaje a Plasencia, que tales empresas he de hacerlas en persona e con mi hijo presente.
- ¡Válanos Dios! – elevó sus brazos - ¡Dejando a un lado que no pláceme oír ha habido muertes, mi angelito preferido recupera sus haciendas!
- ¡Busquemos a Marcos! – levantéme -; esto ha de leer como letrado e así ha de ser el que lleve esta empresa, que de abogados e jueces no sé otra cosa sino que más son de estorbo que de cumplir leyes ¡Subamos!
E con esto, subimos de espacio a mi estancia e allí hallamos a Marcos en su equipo escribiendo alguna cosa e, diciéndole leyese la tal misiva, cayó sobre el asiento e miróme casi en risas.
- ¡Marino! – exclamó - ¡Vuestro hijo Marinín recupera su hacienda! E siendo vos su tutor, vos habréis de administrarla. Hemos de viajar los tres a Plasencia pues se requiere allí nuestra presencia por ultimar estos trámites.
- En vuestras manos lo dejo, Marcos – díjele emocionado -, que bien sé que tomáis a Marinín como vuestro hijo tal como yo lo hago.
E mirando a Su Ilustrísima acaso desconfiando, levantóse e abrazóme. E habiendo tenido con Su Ilustrísima aquellas ciertas pláticas, con prudencia a solas nos dejó.
- ¡Marino, nuestro pequeño hereda!
En Grazalema e a ocho de febrero del año de dos mil e nueve.


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