11 febrero, 2009

De la ley del cariño – Plasencia 1/2

uy de temprano (antes, diría yo, de lo necesario) pedía Marinín nos aprestásemos por cumplir con nuestra empresa e, así como nos aseábamos e vestíamos, manifestaba Marcos a mi hijo cuanto debería facer.

- Fijaos, pequeño – le dijo -, pues habrá allí hasta cinco hombres y el que en el centro se halle será el juez togado e «señoría» habréis de llamarle.

- ¿E por qué he de llamarle Señoría – preguntó el pequeño confuso – si es su nombre Togado?

- ¡No tal, hijo! – aclaréle -, que es togado por llevar toga e no por su nombre. Ninguna otra lición de respeto a tales personas hemos de daros, que sobrado sabemos sabéis respetar a gente superior.

- Oiré yo de primero – dijo – a quién llamáis Señoría por saber a quien así llamarle.

- ¡Bien paréceme! – apuntó Marcos -, pues yo mesmo a él hablaré porque sepáis quién es.

- ¡Mirad mi corbata, papá! – acercóse a mí ya vestido -, que sabiendo ponerla con corrección, aunque me aúpe, no me veo en aquel espejo.

- Sabed, Marinín – le dije -, que si a ciegas os pusieseis la tal corbata, un nudo perfecto haríais ¡Un hombrecito parecéis e no un niño!

E ya aprestados, al refectorio bajamos por haber desayuno y en paseos partimos hasta el lugar de la cita. Ceremoniosamente anduvo el tercio por pocas calles e, Marcos a un lado e yo al otro, por las manos tomamos al pequeño, que no dejaba de hablar de contento.

Con esto, en subiendo los tres escalones que nos entraban en aquella casa, un hombre como bedel aprestóse a saludarnos.

- ¡Excelencia! – dijo de primero al pequeño -, de veros por estas calles en juegos bien os recuerdo, mas no sois agora como niño.

- Este es mi papá Marino, el Capitán Alacaída – díjole – y estotro es mi… - pensó - …es nuestro abogado, don Marcos.

- No habréis de restar aquí – contestó -; seguidme que he de llevaros al bufete donde se os espera.

E subiendo lujosas escaleras, hasta una antigua puerta nos llegamos e fuimos anunciados. Así, al abrirse la puerta, en la pared frontera una mesa larga encontramos con hasta cinco letrados (como dijo Marcos) e aquel que en el centro se hallaba sentado llevaba toga de juez. En viéndonos de entrar, todos se pusieron en pie e nos dieron saludo

- ¡Pasad, excelencia! – dijo uno dellos -; sean vuesas mercedes bienvenidos a esta casa ¡Tomad asiento!

Y en esto diciendo, vi quedaba Su Señoría mirando con asombro a mi hijo e volvió a ponerse en pie e la mesa rodeó por acercarse a él.

- ¡Don Honorio! – díjole Marinín - ¿Vos aquí como señoría togada?

- ¡Mi pequeño Marino! – abrazólo el juez - ¡No sabéis cuánto me place el volver a encontraros, que hombre parecéis e no niño!

- Desta forma es, Señoría don Honorio – contestóle el pequeño sonriendo -, merced a mi padre e a… don Marcos, nuestro abogado.

- ¡Sentaos, sentaos! – movió las ricas sillas - ¡Cuán grata sorpresa! Mucho he sentido la muerte de vuestros tíos en trágico e mortal accidente, mas… viéndoos así ¡vive Dios, que no es menester preguntar si con vuestro padre vivís a gusto, que tal cosa se ve en vuestros ojos y en vuestro talle!

E hubo unas pláticas entre ellos e Marcos e yo restamos en silencio mas, ya terminados aquellos saludos, pusiéronse los papeles sobre la mesa e firmáronse muchos documentos. E todos aquellos cinco hombres se maravillaban de oír a Marinín en hablando y en escribiendo. E otra vez fue larga la despedida, que parecióme aquel juez, don Honorio, no quería Marinín se fuese.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario