10 febrero, 2009

De la jornada de viaje a Plasencia

emprano, e antes de estar prestos, ya tocaba Marinín a nuestra puerta. Así como Marcos pensaba el hacer viaje al punto, más al punto lo quería mi pequeño.


- ¡Pasad, Marinín – grité -, que bien sé sois vos!


- Con la venia e buenos días nos dé Dios – saludó en abriendo -, que sólo media hora resta por partir e parecióme dormíais.


- ¡No tal, pequeño! – respondióle Marcos -, sino que esa media hora que decís ya púsela yo como adelanto. Bajemos a desayunarnos que todo está presto. A Sevilla iremos e de allí a Madrid e, tomando coche confortable en renta que ya he avisado, esta mesma tarde estaréis en la bella ciudad que os vio de nascer.


- ¡Ay, papi Marcos! – exclamó abrazándolo -; todo tenéis previsto e de seguro todo será como pensado lo habéis… mas ya quisiera yo estar en aquellas tierras.


- Bueno es llegar al punto, hijo – le dije -, mas, ¿a qué llegar antes?


E dando cumplimiento al desayuno e sonriendo, aún quería saber más del viaje e fuele manifestando Marcos todo aquello que habríamos de hacer hasta llegar al Parador de Plasencia e cómo habríamos paseo hasta llegada la cena y el descanso; e sus ojos, bien abiertos, prestaban toda su atención.


Hubo despedida (más en alegrías que en tristezas) e a Sevilla fuimos. Dejado el coche en la que llaman Estación de Santa Justa, hubimos veloz viaje a Madrid en el tal coche que como gusano gigante aparece mas es llamado AVE y, en la mesma Estación de Atocha, ya en Madrid, tomamos coche rico, de mucho espacio e con músicas.


- En poco – dijo Marcos -, en Plasencia nos hallaremos…


- ¿E no podría yo viajar con vuesas mercedes ahí delante? – preguntó Marinín como disgustado -; atrás voy solo e no hay cosa para jugar.


- Si quisiéredes, pequeño – díjole Marcos de contento -, un deuvedé que al efecto traigo podríamos ver, que frente a vos habéis ventana pequeña donde verlo. Los pequeños no pueden aquí delante viajar.


- ¿E quién dice eso? – protestó -.


- ¡La ley, Marinín – contestóle paciente Marcos -; la ley lo dicta!


- ¡Pues esa tal ley no es de mi agrado!


- Dura lex, sed lex, filio – le dije -; Marcos locuta, causa finita.


- Os pediría entonces yo se pusiese ese tal deuvedé, que mirando los paisajes no veo sino mucha casa e poco campo frondoso.


E así, fue el viaje a la Extremadura placentero e corto y, en llegándonos al parador, las bolsas tomamos nosotros mesmos e allí nos entramos.


- Este lugar bien recuerdo, papá – rió Marinin feliz -, que aquí un día me hicisteis como vuestro vasallo en ese salón de don Álvaro de Zúñiga… ¡E bien creo he cumplido las órdenes dadas!


- ¿Lo dudáis acaso? – rió Marcos - ¡Decidme cuándo no habéis cumplido una orden e antes acabaréis vuestra perorata! ¡Vamos, pequeño! ¡Sigamos a este hombre que a nuestra celda nos lleva, que ha mucho era esto convento! Ahí he pedido se ponga cama para vuesa merced e los tres habremos de dormir en grato silencio, que mañana de mañana hay asuntos que solventar.


- Así ha de ser – afirmé -; e toda la tarde habremos para visitar esta ciudad e, durmiendo aquí otra noche, de temprano partiremos para Madrid otra vez e de allí a Sevilla e de allí a casa e… ¡esa mesma noche en vuestra casa de Grazalema volveréis a estar con vuestros hermanos!


- ¡Mucho trafego paréceme, papá! – apretó mi mano e rió -, mas mucho hemos de ver, hacer e viajar e todo quedará como la ley dice e como yo quisiere.


En Plasencia e a diez de febrero del año de dos mil e nueve.

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