entí al amanecer cómo despertábanme los brazos cálidos de Marcos e aún por la ventana no entraba claridad alguna. Dando la vuelta por mirarlo, no sólo vi en su rostro una sonrisa de sentirse sanado, sino que pude ver aquella tenue aura que todavía controlar no sabía.
- ¡Buenos días! – saludélo - ¡Paréceme necesitáis ya levantaros de la cama!
- Un buen rato llevo despierto – dijo – e oyendo vuestra suave respiración. E cierto es que, no pareciéndome haber sufrido accidente alguno, la cama me sobra.
- En poco será la hora de comenzar un nuevo día como si nada hubiese ocurrido – le dije -, mas recordad que hay cosas que deberían facerse hoy mesmo. Si sentís ese extraño cansancio de tanto haber descansado, dejad seamos nosotros los que llevemos a cabo tales empresas.
- Si os digo verdad, Marino – sonrióme -, cansado de cama estoy e preferiría estarlo de cumplir con mis obligaciones ¡Olvidemos caí del caballo!
E una pieza más hubimos en pláticas hasta llegar la hora del desayuno e los cuatro pequeños en el pasillo esperaban por ver a su papá Marcos; e como cualquiera otro día lo vieron de salir mas como nunca antes fue recebido.
- ¡Estáis bien! – asombróse Pablo - ¡Cómo era cierto lo que Marinín nos dijo!
- ¿Es que no vais a besarme como otros días? – preguntóles - ¡Nada debería cambiar! Desayunémosnos e aprestaos para vuestras liciones.
E de gran contento bajamos e allí nos esperaba Su Ilustrísima como otras mañanas.
- ¡Buenos días nos dé Dios! – saludó - ¡Sigue la vida e pasa el tiempo! En pocos días echaba a faltar el veros a todos juntos bajar las escaleras.
E como si un día más de nuestras vidas fuese, hízose cada cosa a su hora e a media mañana sentéme con Su Ilustrísima en el salón.
- Excusad, sobrino – me dijo – que desto os hable, pues bien veo que todo ha de seguir como iba… o como venía, mas el susto acaso tarde un poco en pasarse. Acaso – bajó la voz – no tan preocupado estaba por saber lo que sé e haber conoscimiento de vuestros remedios.
E diciendo aquesto, oí de sonar el teléfono e parecióme Cayetano me lo traía.
- ¿Veis, Ilustrísima? – reí - ¡No sé si nuestras vidas comienzan tras este corto receso o nunca ha parado! ¿Sí? ¿Quién habla?
- ¡Soy yo, excelencia! – oí una voz con misterio -; ¡don Rufino! Algo sé de lo ocurrido e por eso no llamo, que bien sé habéis soluciones para cosas más dificultosas, sino que hame llamado, no hace un minuto, el pequeño Saulo.
- ¿Acaso ha discordias con su madre?
- ¡No es aqueso, excelencia! – prosiguió -, sino que, aunque dice su madre reza a San Antonio bendito todos los días, la cuenta lleva como reloj de los días que ha de tomar vuestro remedio e, siendo niño metódico al extremo, dice haber comenzado a tomar la leche con las hierbas el día veinte y siete de enero e, habiendo oído de Marinín debería tomar el tal remedio hasta treinta días justos, dice que la última toma habría de ser el día veinte e seis deste mes, mas siendo enero mes de treinta e un días, dice debe tomarlo por último el día veinte e cinco. E ¡Dios me perdone! pues, aún siendo doctor, en tales cuentas no había pensado, que no dijisteis se tomase un mes, sino treinta días justos.
- Acaso no seáis vos el único que hubiese dudado – reí -, mas lo que dice Saulo es cierto, que no hemos hablado de que lo tome un mes justo, sino de treinta días ¿Se lo habéis confirmado?
- ¿Cómo no habría de hacerlo, excelencia? – dijo dudoso -; los cálculos de Saulo me parecen de razón, mas quería vos mesmo me confirmarais no he errado.
- Exactos son los cálculos dese niño, don Rufino, y exacta es la respuesta que habéis dado, mas… ¿os ha dicho alguna cosa sobre las piedras que lleva al cuello?
- Es duda que tiene – dijo grave -, pues no sabe si quitarlas ese mesmo día o el día siguiente.
- Pues… - pensé – así como dice han de ser treinta días justos, quisiera yo, si no es de molestia, darle aviso porque viniese el mesmo día veinte e cinco, que Marinín mesmo ha de quitar las piedras e yo he de ver si ha tomado el remedio como se dijo, pues una prueba he de hacer.
- ¡Tal no sabía! – exclamó -; mas no habed cuidado, que si no llamase el día anterior, yo mesmo he de ir a Villaluenga por decirle a su madre deben ir vuestra casa a visitaros e… si acaso no fuere de estorbo…
- ¡Vamos, don Rufino! – supe lo que quería -, venid con ellos e observad cuanto creáis necesario, que no sois sino vos quien ha puesto su mano porque todo se cumpla.
E después de una corta despedida, colgué el teléfono e miré a Su Ilustrísima (que reía) y en el asiento acomodéme.
- A fe, Ilustrísima, que tal como decíais ha de ser – le dije -, pues parece no haber día sin novedades.
- ¡E muchas hay, sobrino! – miróme por sobre sus lentes -; Lorenzo estudia por haber permiso para llevar el coche e Guille dijo ayer él mesmo iría a Ronda a recoger el presente para su hermano.
- ¿El presente? – exclamé - ¿No recibió acaso todo lo que pidió?
- Por ventura, así fue – concluyó -, mas no sabíamos que Marcos encargóle a un comerciante un acuario para poner aquí en el salón, que aunque él no quiera celebrar como el pequeño cumpleaños u onomásticas, el trece cumplió hasta treinta e cuatro, según creo.
- Así sería, Ilustrísima – dije antes de leer -, mas parada ha quedado esa cuenta ¡No olvidadlo!
En Grazalema e a diez e siete de febrero del año de dos mil e nueve.


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