enía Cayetano mi licencia por entrar de temprano, poco antes de la hora de nuestro despertar, a poner en mi mesilla el jugo de naranja que había uso en tomar mas, esta mañana oímos unos golpes suaves como aviso que nos despertaron.
- ¿Habéis dicho a Cayetano dormiríais con nosotros, Lorenzo?
- ¡No tal, Marcos! – díjole nuestro amigo casi con espanto - ¡Por ventura no ha entrado, que los tres hemos quedado en profundos sueños al amanecer!
- ¡Vive Dios, Marino! – exclamó Marcos - ¡Acaso algo supo anoche! ¿Por qué no ha entrado como siempre?
- ¡No habed cuidado! – dije con paciencia -; nada nuevo ocurrirá. Igual hubiese sido si por dejar el jugo hubiese entrado, que desto Cayetano sabe más de lo que piensan vuesas mercedes.
- ¡De seguro sabe más – exclamó entonces Lorenzo -, pero acaso no hubiese sido igual entrase e nos hallase juntos!
- He de deciros algo que acaso no sepáis, Lorenzo – díjele casi en risas -, pues sabe Cayetano cuáles son mis usos, que conmigo lleva al servicio mucho tiempo en Grazalema e algún tiempo en Sevilla.
- ¿Acaso le habéis manifestado…?
- ¡No es aqueso; no es aqueso! – puse mi mano en la frente -; ningún detalle he tenido que darle nunca, que bien sabe desde antes de entrar a mi servicio mis usos son muy distintos a los suyos e ha la obligación de respetarlos así como yo respeto los suyos. Lo que ya no colijo, amigos, es ¡cómo ha sabido no debería entrar!
- O cosa es de Su Ilustrísima – dijo Marcos – o cosa es de vuestro hijo Marinín, que pienso aquél sabe más de lo que vos mesmo pensáis y éste más aún que su tío Juan. Acaso unas palabras oídas al pasar…
- Si así fuere – mirélos -, ¿a qué preocuparse? ¡Vamos, Lorenzo! Por ser día un tanto especial e ser sábado, vestíos e salid con sigilo, que aún es temprano. Bajad a vuestra estancia e allí restad hasta la hora del desayuno. Yo he de saber quién va diciendo por la casa ciertas cosas que acaso ha oído en un… descuido.
E con esto, pasó Lorenzo por encima, vistióse con priesas e salió de nuestra estancia mirando antes por si alguien le veía. E ya cerrada la puerta e pasada una buena pieza, quedamos otra vez casi en sueños (que poco hubimos dormido) cuando oí abrirse la puerta y entróse Cayetano a poner en mi mesa la copa de jugo.
- ¡Santo Dios! – exclamó Marcos sin mirarme - ¡A fe que sois fuerte hasta para estos asuntos! ¡No sé si a tales cosas he de acostumbrarme!
- ¿Qué pensaríais – preguntéle – si os dijese nada ha de cambiar? ¿No sabéis Cayetano entra cada mañana e ni siquiera lo oímos? ¿Qué más dará seamos nosotros dos o seamos tres?
- ¡Tranquilo por tal cosa os veo! – miróme de cerca - ¡Si así no fuese, a fe que no osaría más a mirarle a los ojos! ¡Qué vergüenza, Santo Dios!
- ¡La mesma que hubieseis sentido si entra a dejar el jugo e no lo oímos, que no es esto misterio que le escandalizase, sino que acaso hubiese sido «sorpresa»! Mas si bien lo pensáis, por algo ha tocado a la puerta e no ha entrado, pues algo sabía e, siendo así, más me parece prudente lo hecho que otra cosa ¿A qué temer?
- Cuanto más razono, más dudo, Marino – levantóse con pereza -, e por mi tranquilidad, e acaso por la de Lorenzo, vería yo de saber cómo ha sabido esto.
- Yo he de saberlo sin rodeos, Marcos, pues preguntándole a él, me dirá cómo o de quién lo ha sabido.
- Si yo hubiese de averigüar tales cosas – concluyó -, sin saberlas acabaría mis días… - pensó e dudó - ¿O acaso no?
En Grazalema e a veinte e ocho de febrero del año de dos mil e nueve.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario