27 febrero, 2009

De la decisión de Lorenzo

abiendo sido la mañana soleada (aunque no cálida), parecióme acercábanse nubes por poniente e no era esto señal sino de que habríamos algunos días acaso de lluvias. Mas en llegando el atardecer, llegóse Lorenzo a buscarnos e hallónos a Marcos e a mí poniendo algún orden en la biblioteca.


- Pudiera seros de un ayuda, excelencia – dijo -, que bien sabéis plácenme las lecturas.


- Así lo dijisteis e así lo sabemos – contestóle Marcos en risas -, que siendo pastor e no habiendo examinado vuestra cultura es de encomio.


- Sabed, Lorenzo – díjele yo -, que no habréis de comprar libro alguno, sino que aquí encontraréis cuanto os sea menester u os plazca. Podéis tomar por leerlo el libro que deseéis, mas sí quisiera yo me dijeseis cuál tomáis o dejéis aquí papel en diciéndolo ¡Es sólo por no buscarlo!


- ¿Tal puedo hacer, Marino? – llamóme por mi nombre de contento - ¡Alguno leería cada noche, mas no quisiera llevarlos a mi casa!


- ¡Podéis llevarlo, Lorenzo! – exclamé -; sé que tan bien como a los animales los amáis e los cuidáis.


- Es el caso, Marino – bajó la voz -, que, estando mis padres muy acostumbrados a que yo restase toda la noche cuidando ovejas e leyendo, no sentiríanse abandonados si a dormir no fuese. Así pues, si me dieseis licencia, a dormir restaría aquí en mi alcoba, que más lujosa e cómoda es que las cuadras e os aseguro también más lujosa que mi propia estancia en mi casa.


- ¡Vos decidís! – acerquéme e mirélo -; esta es vuestra casa tanto como la de vuestros padres; no quisiera yo los dejaseis siempre solos, mas es eso cosa que vos mesmo habréis de decidir, que edad tenéis suficiente. Licencia no he de daros sino para tomar cualquiera libro que queráis leer.


E acercóse Marcos e puso la mano en su cuello e sonrióle. Así mesmo, mirando a la ventana e viendo llovía, clavé mis ojos en los suyos; e no hubo que decir más palabras hasta que nuestro amigo habló:


- He de seros verdadero – dijo -, que si bien mis padres me aman como hijo único que tienen, llevan ellos su vida en sus cosas e yo la mía; e al miraros agora… ¡Dejadme vivir con vuesas mercedes! ¡Así os lo pido!


- ¿E cómo no ha de ser eso, Lorenzo? – preguntóle Marcos -; estancia habéis… ¡dos si me es permitido decirlo! Lo mesmo que Marino os digo; ¡vos decidís!


- En esta casa quisiese vivir, Marino – manifestó -; aquí he mi trabajo, aquí he a mis amigos con los que juego e muchas historias contamos, aquí aprehendo e… ¡aquí os tengo! ¿Qué otra cosa pudiere desear o decir?


- Podríais decirnos – coloqué unos libros en hablando – si algún ayuda necesitáis por traer alguna cosa de vuestra casa. E a vuestros padres creo deberíais manifestar vuestro deseo de restar aquí, que lejos no os habrán.


E agachóse hasta mí e besóme e luego besó a Marcos con la emoción en sus ojos.


- ¡Alguna cosa más tengo aquí a más de los libros; e sin ella no puedo vivir!


E ya llegada la noche lluviosa, tomada la cena, e tras unas cortas pláticas con Su Ilustrísima en el salón, apagada quedó la casa e silenciosa y en la cama platicábamos muy quedo cuando nos pareció alguien tocaba a la puerta con prudencia.


En Grazalema e a veinte e siete de febrero del año de dos mil e nueve.

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