26 febrero, 2009

De la cuarta pregunta

abía que los días seguirían siendo de nuevas, que muchos días he escrito en este mi diario alguna cosa baladí por no haber otra cosa de importancia. Así puedo decir que el día de hoy, habiéndome parecido jornada de no mucha novedad, hame hecho ver un cambio que no esperaba, pues hubimos una corta plática Su Ilustrísima, Marcos e yo que parecióme de importancia en nuestras vidas.


- Sabed, sobrino – dijo don Juan -, que ya entrada la Cuaresma y en miércoles como ayer tan señalado, nuevos pensamientos han venido a mi cabeza. Bien es cierto que aún pienso debéis esperar un a modo de ataque dese tal «inspector de menores» e que no sabemos que argucias habrá, mas en poniendo ayer la ceniza en vuestras frentes y en diciendo «Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris», vino a mi cabeza la certeza de que así ha de ser, que no concibo otra vida que fin no tenga sino la del espíritu, pues la existencia de Dios ni ha principio ni ha fin. Desta forma pensado, asaltóme la idea de que entrambos, Marino e Marcos, un día que, como en toda vida nos es desconocido, a la ceniza habrán de volver también vuestros cuerpos… mas es también bien cierto que, en sabiendo lo que sé, no imagino pueda ser día cercano, día posible en unos… setenta años acaso, o día muy lejano. Seguro estoy, por ventura, he de pasar yo mesmo a ser polvo en no mucho tiempo, que en eso pienso como la Santa Teresa de Ávila, que muero porque no muero.


- Algo egoísta aparece esa frase así pronunciada – rió Marcos -, ¡que más bien parece a disgusto aquí os halláis!


- ¡Tal cosa no penséis, Marcos! – contestóle también riendo -, que si es cierto que esta vida no es más que el infierno que cada uno vive, más me parece me hallo en la Gloria.


- En esto puedo deciros algo que acaso ya imaginéis, Ilustrísima – aclaréle -, pues siendo tan luenga ya mi vida e no habiendo vuelto al polvo como decís, sí he pensado a veces como Santa Teresa, que la vida es dura e, cuanto más luenga, más lo es. Así mesmo, e por el otro lado, puedo deciros que vivo como vidas distintas, una tras de la otra, sin haber muerte de por medio, pues si hubiese fenescido acaso dentro de un siglo ¿cómo podría estar agora disfrutando lo que disfruto?


- ¡A fe que esto nos lleva a pensar en la felicidad! – sonriónos -, pues… ¿quién es verdaderamente feliz? ¿Acaso no se es feliz en unos momentos e no tanto en otros? ¿Quién puede aseverar es feliz? ¡Aquel que en ese momento pasa por tiempos de abundancia en el espíritu! Si preguntaseis a más de un mortal, la respuesta os la daría a la cuarta pregunta.


- ¿A la cuarta pregunta? – exclamó Marcos - ¿No dícese tal por expresar se halla uno sin un cuarto en el bolsillo?


- ¡No tal Marcos! – volvió a reír Su Ilustrísima -; así como se dice e como lo entendéis, yo no lo entiendo, sino que si en paseos os encontraseis acaso con amistad que no vieseis desde mucho tiempo atrás e le preguntaseis… «¿Cómo os va, Fulanito?», a la primera os respondería… «¡Muy bien!»; mas si preguntaseis una segunda vez, os diría… «¡Algún problemilla hay!»; e a la tercera pregunta diría… «¡Verdadero no sería si os dijese todo me va bien!»; así, a la cuarta e insistente pregunta, acaso os dijese… «¡No es otra la verdad sino que ardo en deseos de morir acuciado por problemas!».


E del tal modo dio aquel discurso, que hubimos de reír durante una pieza mas, acaso rondando en su mente por lo oído, al encontrarnos solos en nuestra estancia, miróme Marcos e habló con temor:


- ¡Os ruego, Marino, no me digáis estáis a la cuarta pregunta, que siglos me veo de venir por delante!


En Grazalema e a veinte e seis de febrero del año de dos mil e nueve.

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