medio día tomábamos el bocado en el salón con Su Ilustrísima, cuando Marcos fizo algunas preguntas, que mucho de lo acaescido no podía razonar.- A fe, Marcos – le dijo don Juan -, que si hubiésemos de razonar cada cosa acaescida en días pasados, sin razón quedaríamos como doña Juana I, pues mucho e muy extraño colijo e nada me encaja.
- Acaso, Ilustrísima – pensé -, mejor sería pasar esta página, que no está en blanco, sino demasiado llena de líos como toda rubricada.
- No sé si deciros son líos – rió don Juan en mirándome – mas no son razonables, que siento como cosa extraña toméis agora a Guille como vuestro hijo e, más aún, ¡a Lorenzo! No es cosa tal que me disguste ni escandalice ni por ello he de condenar lo hecho, mas habréis de comprender es dificultoso de razonar. E ataque de animal herido e peligroso por Lorenzo abatido e desaparecido…
- Nadie en esta casa va a ocultaros cosa alguna, Ilustrísima – díjele -, mas bien habréis de comprender todos los hechos destos días han sido precipitados. Contad con mi ayuda si cualesquiera cosas quisiéredes saber, pues tampoco es mi deseo perdáis el sueño.
- No he de velar en la noche por esto, sobrino – razonóme -, e muy bienvenidos a vuestra casa sean estos jóvenes que como padre os han, pues a los malos padres se les respeta, mas a los buenos se les venera; e no es otra cosa sino veneración lo que en ellos veo por vos ¡Dios ha de valeros para con ellos como Padre que de vos vela!
- Ilustrísima – preguntó Lorenzo -, decidme si acaso es pecado quiera yo sea su sobrino, el Capitán, como padre para mí, pues no sé cómo, lo amo.
- Si odio me dijeseis le habéis… – contestóle – sólo podría pediros convirtieseis ese odio en amor; e tal cosa me decís la habéis ¿Cómo ha de ser pecado el amar? Si quisiéredes confesión…
- Confesar quisiera, Ilustrísima – díjole entonces -, pues ante Dios no he secreto alguno e no quisiera Él me condenara por mis hechos.
- ¿Condenaros decís? – extrañose Su Ilustrísima -; en diciéndome no odiáis ni habéis rencor a nadie… ¿a qué confesar? ¡Nada hay que perdonar, hijo mío!, que no veo escándalo alguno en esta casa e, así como Dios lo quiere, educáis entre todos a mis angelitos ¡Hasta María dellos cuida como buena madre que es! Pasadas ya estas tormentas no cabe sino esperar la calma.
En Grazalema e a siete de febrero del año de dos mil e nueve.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario