21 febrero, 2009

De cómo supo Marinín lo no dicho

n juegos estaban los pequeños ya por la tarde arriba e abajo estábamos en pláticas Su Ilustrísima, Marcos, Víctor, Lorenzo e yo, cuando parecióme alguien bajaba un tanto a priesa las escaleras e, mirando atrás e arriba, vi a Marinín deslizando su mano por el barandal.

- ¿Qué cosa os trae, hijo? – preguntéle - ¿Vais a las cocinas acaso?

- ¡No tal, papá! – respondióme dispuesto -, que no es hora aún de merienda e arriba puedo beber si fuere menester.

- ¿Qué cosa entonces os trae? – tomélo a mi lado -; en vuestros ojos leo ¿Lo sabéis? E claro leo algo buscáis, pequeño.

- Algo busco, papi – rió -, pero no en las cocinas ni afuera, sino aquí mesmo.

- ¡Decidme! – besélo - ¿En qué cosa puedo ayudaros?

- A pedir un ayuda no bajo, papá – contestome acercándose a Marcos -, sino que con papá Marcos quisiese haber unas pláticas.

- ¡Sentaos aquí, angelito! – díjole sonriendo su tío Juan -; vuestra sapiencia e vuestro respeto me dicen podríais haber unas pláticas con nosotros, los mayores, e a todos dejarnos mudos.

Rió Marinín a su lado e miró con cariño a Marcos. E así que le miraba, a él se acercaba otro poco.

- Con vos quisiera haber unas pláticas, papá Marcos – dijo muy quedo -; excusas os pido por la molestia e por ser de estorbo a todos.

- ¡Excusado estáis, hijo! – le dije -, pues sólo en diciendo lo dicho asoma vuestra prudencia e, como bien dice vuestro tío Juan, vuestro respeto. Licencia habéis de hablar a solas con papá Marcos, ¡que a él no he de dársela! – reí - ¡Vamos! ¿A qué esperar?

- ¡Excusadnos! – dijo Marcos con respeto e con intriga -, pues he de atender la petición de Marinín ¿Nos entramos en el bufete?

- Como diga vuesa merced – contestó mi pequeño -, que no es secreto que deba guardarse mas sí es mi deseo hablar de primero sólo con vos.

- ¡Venid conmigo, pequeño! – levantóse Marcos tomándole de la mano -; al bufete iremos.

Y en esto diciendo, partieron hacia el pasillo e miraba mi pequeño muy de contento a Marcos e volvió la cabeza por mirarme e sonreírme, que haciendo esto parecía le hubiese concedido una gran merced.

Seguimos nosotros en pláticas e nada de aquello fue de extraño para nadie e nada tampoco se manifestó, mas parecióme tardaban un poco más de lo esperado hasta que aparecieron entrambos al cabo en sonriendo e, pidiendo antes licencia, sentóse Marcos e despidióse Marinín yendo hacia las escaleras.

Nadie osó preguntar a Marcos qué cosa habíale manifestado mi pequeño mas, tras una corta pieza, él mesmo habló.

- No es cosa que sea menester aclarar – dijo -, mas sí es cierto que no paréceme de razón no diga qué cosa traía a Marinín por verme.

- Nadie os ha pedido digáis nada – le dijo Su Ilustrísima – e, según lo creo, si no es menester decirlo, lo hablado con el pequeño es cosa que entre los dos habría de quedar.

- ¡Sin duda, Ilustrísima! – díjole Marcos -; este niño es, como bien sabéis, prodigio sin par, que no quería sino manifestarme su contento por saber estoy estudiando como él.

- ¿E acaso es eso cosa que hubiera de deciros en confianza? – extrañéme - ¡Sabe ese niño que en esta casa no hay secretos!

- Así como lo decís es – respondióme -, que no hay secretos e no los habrá, pues alguien hale dicho que estudio e ha querido como hacerme recibimiento al que ha llamado «mundo que él vive».

Y en esto, nos miramos los allí presentes como no sabiendo qué decía.

- ¿Qué hemos de suponer se le ha dicho al pequeño de vos? – preguntó Lorenzo con respeto - ¡Nada nuevo sé que motivo dé para daros una bienvenida!

- Nadie, que yo sepa – apostilló don Juan –, ha dicho al pequeño novedad alguna sobre vos, Marcos, que novedad no vemos.

- Esto quería supiesen vuesas mercedes – aclaró Marcos -, que no hame pedido el niño guarde sólo para mí sus palabras mas, si nadie hale dicho que estoy agora estudiando latín… ¿cómo lo ha sabido?

- Acaso Víctor – dije -, no viendo en ello cosa importante, algo le haya dicho.

- ¿Yo, excelencia? – extrañóse Víctor -; bien es verdad que hame pedido Marcos algunos libros e hame confesado quiere estudiar hasta saber tanto como los pequeños, mas desto nada he dicho, que tal cosa parecióme una más… ¡aunque pláceme!

- Pues… - mirónos grave Marcos – deberían vuesas mercedes saber que el niño hame hablado de primero unos latines que, a la sazón, son los primeros que he estudiado e, luego desto, y en viendo entendía lo dicho, es cuando ha pensado yo entraba como en vuestro mundo; ¡como si hubiese estado antes fuera!

E recorriendo todas las miradas los ojos de todos los allí presentes, nadie sabía dar explicación a lo ocurrido, sino que pensó Víctor que, acaso, sabiendo Marinín cuáles eran las primeras liciones de latín, de ellas no salió.

- ¡A fe que debe ser eso cierto!, que todo lo que hame hablado en latín, no es sino lo que hoy mesmo he estudiado.

En Grazalema e a veinte e uno de febrero del año de dos mil e nueve.

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