i licencia a mis niños e a Víctor por viajar a Sevilla a comprar esa guitarra eléctrica que tanto Pablo deseaba y en mi bufete escribía unas cartas cuando tocaron a la puerta.- ¡Pasad! – grité - ¡Abierto está!
Y asomó en esto con timidez su cabeza por allí Guillermo.
- ¡Con la venia, excelencia!
- ¡Pasad, hijo, pasad! – sorprendíme -; lo que hago puede esperar ¿Acaso vais a Montecorto a por… tripas?
- Tiempo he para esos menesteres – rió -; a veros vengo si no os soy de estorbo.
- ¿Qué cosa decís, Guillermo? – levantéme -; venid aquí conmigo e tengamos unas pláticas.
- ¿Aquí? – preguntó asustado -.
- ¡Es mi bufete, Guille! – respondile sorpreso - ¿Por qué no hemos de poder haber unas pláticas en él?
- ¿Pudiera ser…? - dudó -.
- No es menester digáis cosa alguna – respondile sonriendo -; venid conmigo arriba e habremos esas pláticas que deseáis.
E subimos a mi estancia e no podía ocultar su contento. E después de tales pláticas, bajamos al salón e pedimos un buen vino e un bocado. E acaso oyendo algo sobre vino e bocado, vínose Su Ilustrísima con nosotros.
- A fe, sobrino – dijo -, que he de catar alguna cosa, que mi estómago no aguanta hasta el almuerzo.
- Sentaos, Ilustrísima – le hice gesto -, placentera será vuestra compaña, pues ha venido Guillermo a vernos.
- ¿A vernos? – preguntó con picardía - ¡Bien sabe este mozo que es tan hijo desta casa como su hermano! ¡Decidme, Guillermo! ¿Cómo van esos trabajos de vuestra casa?
- ¡Muy bien, Ilustrísima! – respondióle nervioso -; agora llevo la economía en el equipo que se me ha regalado y las compras hago, o aquí vengo, en el coche presente desta casa.
- Si mi nariz no me engaña – le dijo don Juan -, una copia de vuestro hermano sois ¡Acaso incluso os gustaría tañir una desas guitarras!
- Algo deso me manifestaba, Ilustrísima – le dije en disimulo -, que si tiempo tiene al día, bien podría aprender lo que Pablo gusta.
E sonriónos como asintiendo e tomóle las manos.
- Abiertas están las puertas desta casa para vos, Guillermo – le dijo -, que si mi sobrino no os lo ha dicho, yo os lo digo.
- Tal cosa se me ha dicho, Ilustrísima – respondió Guille de contento -, mas no sé si habré tiempo de venirme por las tardes a dar liciones; mas he de venir.
- ¡Lo sé, hijo – respondióle Su Ilustrísima -; bien lo sé!
E levantándose Su Ilustrísima en sonriendo, acaso por dejarnos a solas, miré las ropas de Guille e hícele señas, pues no toda su ropa estaba bien cerrada como debiera.
- ¡Jo, qué vergüenza, excelencia!
En Grazalema e a cuatro de febrero del año de dos mil e nueve.


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