28 febrero, 2009

De la duda por lo ya sabido

enía Cayetano mi licencia por entrar de temprano, poco antes de la hora de nuestro despertar, a poner en mi mesilla el jugo de naranja que había uso en tomar mas, esta mañana oímos unos golpes suaves como aviso que nos despertaron.


- ¿Habéis dicho a Cayetano dormiríais con nosotros, Lorenzo?


- ¡No tal, Marcos! – díjole nuestro amigo casi con espanto - ¡Por ventura no ha entrado, que los tres hemos quedado en profundos sueños al amanecer!


- ¡Vive Dios, Marino! – exclamó Marcos - ¡Acaso algo supo anoche! ¿Por qué no ha entrado como siempre?


- ¡No habed cuidado! – dije con paciencia -; nada nuevo ocurrirá. Igual hubiese sido si por dejar el jugo hubiese entrado, que desto Cayetano sabe más de lo que piensan vuesas mercedes.


- ¡De seguro sabe más – exclamó entonces Lorenzo -, pero acaso no hubiese sido igual entrase e nos hallase juntos!


- He de deciros algo que acaso no sepáis, Lorenzo – díjele casi en risas -, pues sabe Cayetano cuáles son mis usos, que conmigo lleva al servicio mucho tiempo en Grazalema e algún tiempo en Sevilla.


- ¿Acaso le habéis manifestado…?


- ¡No es aqueso; no es aqueso! – puse mi mano en la frente -; ningún detalle he tenido que darle nunca, que bien sabe desde antes de entrar a mi servicio mis usos son muy distintos a los suyos e ha la obligación de respetarlos así como yo respeto los suyos. Lo que ya no colijo, amigos, es ¡cómo ha sabido no debería entrar!


- O cosa es de Su Ilustrísima – dijo Marcos – o cosa es de vuestro hijo Marinín, que pienso aquél sabe más de lo que vos mesmo pensáis y éste más aún que su tío Juan. Acaso unas palabras oídas al pasar…


- Si así fuere – mirélos -, ¿a qué preocuparse? ¡Vamos, Lorenzo! Por ser día un tanto especial e ser sábado, vestíos e salid con sigilo, que aún es temprano. Bajad a vuestra estancia e allí restad hasta la hora del desayuno. Yo he de saber quién va diciendo por la casa ciertas cosas que acaso ha oído en un… descuido.


E con esto, pasó Lorenzo por encima, vistióse con priesas e salió de nuestra estancia mirando antes por si alguien le veía. E ya cerrada la puerta e pasada una buena pieza, quedamos otra vez casi en sueños (que poco hubimos dormido) cuando oí abrirse la puerta y entróse Cayetano a poner en mi mesa la copa de jugo.


- ¡Santo Dios! – exclamó Marcos sin mirarme - ¡A fe que sois fuerte hasta para estos asuntos! ¡No sé si a tales cosas he de acostumbrarme!


- ¿Qué pensaríais – preguntéle – si os dijese nada ha de cambiar? ¿No sabéis Cayetano entra cada mañana e ni siquiera lo oímos? ¿Qué más dará seamos nosotros dos o seamos tres?


- ¡Tranquilo por tal cosa os veo! – miróme de cerca - ¡Si así no fuese, a fe que no osaría más a mirarle a los ojos! ¡Qué vergüenza, Santo Dios!


- ¡La mesma que hubieseis sentido si entra a dejar el jugo e no lo oímos, que no es esto misterio que le escandalizase, sino que acaso hubiese sido «sorpresa»! Mas si bien lo pensáis, por algo ha tocado a la puerta e no ha entrado, pues algo sabía e, siendo así, más me parece prudente lo hecho que otra cosa ¿A qué temer?


- Cuanto más razono, más dudo, Marino – levantóse con pereza -, e por mi tranquilidad, e acaso por la de Lorenzo, vería yo de saber cómo ha sabido esto.


- Yo he de saberlo sin rodeos, Marcos, pues preguntándole a él, me dirá cómo o de quién lo ha sabido.


- Si yo hubiese de averigüar tales cosas – concluyó -, sin saberlas acabaría mis días… - pensó e dudó - ¿O acaso no?


En Grazalema e a veinte e ocho de febrero del año de dos mil e nueve.

27 febrero, 2009

De la decisión de Lorenzo

abiendo sido la mañana soleada (aunque no cálida), parecióme acercábanse nubes por poniente e no era esto señal sino de que habríamos algunos días acaso de lluvias. Mas en llegando el atardecer, llegóse Lorenzo a buscarnos e hallónos a Marcos e a mí poniendo algún orden en la biblioteca.


- Pudiera seros de un ayuda, excelencia – dijo -, que bien sabéis plácenme las lecturas.


- Así lo dijisteis e así lo sabemos – contestóle Marcos en risas -, que siendo pastor e no habiendo examinado vuestra cultura es de encomio.


- Sabed, Lorenzo – díjele yo -, que no habréis de comprar libro alguno, sino que aquí encontraréis cuanto os sea menester u os plazca. Podéis tomar por leerlo el libro que deseéis, mas sí quisiera yo me dijeseis cuál tomáis o dejéis aquí papel en diciéndolo ¡Es sólo por no buscarlo!


- ¿Tal puedo hacer, Marino? – llamóme por mi nombre de contento - ¡Alguno leería cada noche, mas no quisiera llevarlos a mi casa!


- ¡Podéis llevarlo, Lorenzo! – exclamé -; sé que tan bien como a los animales los amáis e los cuidáis.


- Es el caso, Marino – bajó la voz -, que, estando mis padres muy acostumbrados a que yo restase toda la noche cuidando ovejas e leyendo, no sentiríanse abandonados si a dormir no fuese. Así pues, si me dieseis licencia, a dormir restaría aquí en mi alcoba, que más lujosa e cómoda es que las cuadras e os aseguro también más lujosa que mi propia estancia en mi casa.


- ¡Vos decidís! – acerquéme e mirélo -; esta es vuestra casa tanto como la de vuestros padres; no quisiera yo los dejaseis siempre solos, mas es eso cosa que vos mesmo habréis de decidir, que edad tenéis suficiente. Licencia no he de daros sino para tomar cualquiera libro que queráis leer.


E acercóse Marcos e puso la mano en su cuello e sonrióle. Así mesmo, mirando a la ventana e viendo llovía, clavé mis ojos en los suyos; e no hubo que decir más palabras hasta que nuestro amigo habló:


- He de seros verdadero – dijo -, que si bien mis padres me aman como hijo único que tienen, llevan ellos su vida en sus cosas e yo la mía; e al miraros agora… ¡Dejadme vivir con vuesas mercedes! ¡Así os lo pido!


- ¿E cómo no ha de ser eso, Lorenzo? – preguntóle Marcos -; estancia habéis… ¡dos si me es permitido decirlo! Lo mesmo que Marino os digo; ¡vos decidís!


- En esta casa quisiese vivir, Marino – manifestó -; aquí he mi trabajo, aquí he a mis amigos con los que juego e muchas historias contamos, aquí aprehendo e… ¡aquí os tengo! ¿Qué otra cosa pudiere desear o decir?


- Podríais decirnos – coloqué unos libros en hablando – si algún ayuda necesitáis por traer alguna cosa de vuestra casa. E a vuestros padres creo deberíais manifestar vuestro deseo de restar aquí, que lejos no os habrán.


E agachóse hasta mí e besóme e luego besó a Marcos con la emoción en sus ojos.


- ¡Alguna cosa más tengo aquí a más de los libros; e sin ella no puedo vivir!


E ya llegada la noche lluviosa, tomada la cena, e tras unas cortas pláticas con Su Ilustrísima en el salón, apagada quedó la casa e silenciosa y en la cama platicábamos muy quedo cuando nos pareció alguien tocaba a la puerta con prudencia.


En Grazalema e a veinte e siete de febrero del año de dos mil e nueve.

26 febrero, 2009

De la cuarta pregunta

abía que los días seguirían siendo de nuevas, que muchos días he escrito en este mi diario alguna cosa baladí por no haber otra cosa de importancia. Así puedo decir que el día de hoy, habiéndome parecido jornada de no mucha novedad, hame hecho ver un cambio que no esperaba, pues hubimos una corta plática Su Ilustrísima, Marcos e yo que parecióme de importancia en nuestras vidas.


- Sabed, sobrino – dijo don Juan -, que ya entrada la Cuaresma y en miércoles como ayer tan señalado, nuevos pensamientos han venido a mi cabeza. Bien es cierto que aún pienso debéis esperar un a modo de ataque dese tal «inspector de menores» e que no sabemos que argucias habrá, mas en poniendo ayer la ceniza en vuestras frentes y en diciendo «Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris», vino a mi cabeza la certeza de que así ha de ser, que no concibo otra vida que fin no tenga sino la del espíritu, pues la existencia de Dios ni ha principio ni ha fin. Desta forma pensado, asaltóme la idea de que entrambos, Marino e Marcos, un día que, como en toda vida nos es desconocido, a la ceniza habrán de volver también vuestros cuerpos… mas es también bien cierto que, en sabiendo lo que sé, no imagino pueda ser día cercano, día posible en unos… setenta años acaso, o día muy lejano. Seguro estoy, por ventura, he de pasar yo mesmo a ser polvo en no mucho tiempo, que en eso pienso como la Santa Teresa de Ávila, que muero porque no muero.


- Algo egoísta aparece esa frase así pronunciada – rió Marcos -, ¡que más bien parece a disgusto aquí os halláis!


- ¡Tal cosa no penséis, Marcos! – contestóle también riendo -, que si es cierto que esta vida no es más que el infierno que cada uno vive, más me parece me hallo en la Gloria.


- En esto puedo deciros algo que acaso ya imaginéis, Ilustrísima – aclaréle -, pues siendo tan luenga ya mi vida e no habiendo vuelto al polvo como decís, sí he pensado a veces como Santa Teresa, que la vida es dura e, cuanto más luenga, más lo es. Así mesmo, e por el otro lado, puedo deciros que vivo como vidas distintas, una tras de la otra, sin haber muerte de por medio, pues si hubiese fenescido acaso dentro de un siglo ¿cómo podría estar agora disfrutando lo que disfruto?


- ¡A fe que esto nos lleva a pensar en la felicidad! – sonriónos -, pues… ¿quién es verdaderamente feliz? ¿Acaso no se es feliz en unos momentos e no tanto en otros? ¿Quién puede aseverar es feliz? ¡Aquel que en ese momento pasa por tiempos de abundancia en el espíritu! Si preguntaseis a más de un mortal, la respuesta os la daría a la cuarta pregunta.


- ¿A la cuarta pregunta? – exclamó Marcos - ¿No dícese tal por expresar se halla uno sin un cuarto en el bolsillo?


- ¡No tal Marcos! – volvió a reír Su Ilustrísima -; así como se dice e como lo entendéis, yo no lo entiendo, sino que si en paseos os encontraseis acaso con amistad que no vieseis desde mucho tiempo atrás e le preguntaseis… «¿Cómo os va, Fulanito?», a la primera os respondería… «¡Muy bien!»; mas si preguntaseis una segunda vez, os diría… «¡Algún problemilla hay!»; e a la tercera pregunta diría… «¡Verdadero no sería si os dijese todo me va bien!»; así, a la cuarta e insistente pregunta, acaso os dijese… «¡No es otra la verdad sino que ardo en deseos de morir acuciado por problemas!».


E del tal modo dio aquel discurso, que hubimos de reír durante una pieza mas, acaso rondando en su mente por lo oído, al encontrarnos solos en nuestra estancia, miróme Marcos e habló con temor:


- ¡Os ruego, Marino, no me digáis estáis a la cuarta pregunta, que siglos me veo de venir por delante!


En Grazalema e a veinte e seis de febrero del año de dos mil e nueve.

25 febrero, 2009

Del retorno de Saulo (2/2)

rujeron algún bocado e algo de vino, que ya era la hora en que había costumbre Su Ilustrísima de tal menester, e tomé yo algo que como desayuno fue.


- ¡Venid conmigo, Saulo! – haló de la su mano mi pequeño -; he de quitaros las piedras que al cuello lleváis e, luego desto, mi padre os hará ver con meridiana claridad ya no habréis de temer.


- ¡Sí, Marinín! – contestóle -, mas también necesito entrar en el aseo… a otros menesteres, que el tal remedio hame dado «cagaleras».


- ¡Cierto es lo que dice Saulo, excelencia! – dijo la madre como en extraño -, que dejé de contar las veces que había de salir corriendo por no… por no…


- ¡Por no hacer ciertas necesidades encima! – rió Marcos - ¡No habed cuidado por ello!


Y en esto supe Marcos no había olvidado lo hablado e bien sabía que Saulo había tomado el remedio e parecióme no dudaba estaba curado del tal mal.


- ¡Tomad algún bocado, señora! – díjole Su Ilustrísima -; hora es de romper el ayuno que hasta el almuerzo resta e son éstos bocados dignos de haber buen cumplimiento.


Y en pasada una no muy larga pieza, los dos pequeños de la mano cogidos venían sonrientes por el pasillo.


- Terminado está todo lo que había menester, papá – díjome Marinín -; por sus necesidades veo ha tomado lo dicho (rió).


- ¡Venid agora conmigo, Saulo! – tomélo de la mano en levantándome - ¡Vos, e todos, han de ver que ya no habéis esos huesos que con un soplo podrían partirse!


E sonriendo, tendióme la su mano e salimos de la casa seguidos por los curiosos que querían saber cuál sería la prueba por conocer el efecto del remedio.


Con esto, quedaron todos en la puerta de la casa e llevéme a Saulo a las cuadras (que no están a la vista) donde encontramos a Lorenzo.


- ¡Mirad quién viene con el Capitán! – exclamó en besándolo - ¡Buen semblante se os ve, pequeño e, según me parece, hasta más grueso os veo!


- ¡A haber unas pláticas con Temprano venimos, Lorenzo! – le dije -, que estando como estaba tan frágil, no quería yo se acercase a él ¡Mirad, Saulo! ¡Mirad los ojos de Temprano e tocad con vuestra mano su frente!


Y temprano levantó la cabeza con cuidado y empujó su rostro de espacio e con la lengua lamió su tez.


- ¡Ay! – exclamó el pequeño - ¡Hame llenado la cara de sus salivas!


- ¿Sabéis por qué hace eso, Saulo? – preguntéle en poniéndome a su altura - ¡Un beso os da porque os reconoce, que no sabe darlo como nosotros! ¡Lorenzo, traed un paño limpio que Saulo no acostumbra a besos de caballos!


- ¡No acostumbro, Capitán – me dijo feliz -, mas ya quisiera haber la tal costumbre, que señal de estar sano sería!


- Una señal pudiera ser esa, pequeño – díjole Lorenzo en secándolo -; ¡si os ha reconocido desde hace tanto e os besa, paréceme le gustaría llevaros a lomos por la finca!


- ¿Cabalgar sobre él, decís? – asustóse -; nunca he montado, que si cayese, según se me dijo, podría morir.


- Acaso si montaseis conmigo – le dije – tendríamos la prueba de que esos huesos ya no son como eran, pues siendo de cristal, no habríais de caer, sino que solo del movimiento de la silla notaríais molestias de por dentro de vuestro cuerpo ¡Vamos, Lorenzo – díjele en montando -, tomad a Saulo e ayudadle a subir con el Capitán! ¡Hemos de demostrar a todos estáis más sano que cualquiera otro niño, Saulo!


E aupándolo un poco, tomélo yo por los brazos e sentélo en la silla entre mis piernas. Así, llevó Lorenzo a Temprano hasta la salida de las cuadras e comenzamos una lenta cabalgada.


- ¡Pláceme, Capitán! – volvió su rostro sonriente - ¿A do iremos?


- Una vuelta he de dar a mi finca porque la conozcáis, pequeño – contestéle -; desta forma, también todos verán se fue el mal.


E viéndonos de aparecer tras la casa, todos los que allí esperaban dieron grandes exclamaciones e oyéronse murmullos, mas nadie osó a acercarse ni nada decir por lo visto. E tomando la trocha que hacia el río baja, iba el pequeño contándome las diferencias de su vida pasada con lo que en aquel momento sentía.


- En el coche sentía molestias, excelencia – me decía entre risas – e agora seguro me siento aquí arriba, que nunca he montado ni he visto los campos desde esta tal altura; ¡e no paréceme haya aquellos dolores de otrora!, mas no ha de ser muy larga la cabalgada, que también mi vientre se mueve y…


- ¡No habed cuidado, Saulo! – reí -; sólo hemos de cabalgar ya esa pieza y en la casa estaremos.


Así, en llegándonos a las gentes silenciosas y expectantes, tomé al pequeño por los brazos e fuílo bajando hasta que lo tomó Cayetano.


- ¡Buen paseo habéis dado, pequeño! – le dijo -, pues cabalgar con el Capitán es cosa que muchos desearían.


- ¡A fe que otro me siento si no fuese por las «cagaleras»! – mirólo en risas - ¡Al aseo he de ir presto!


E acercándose Marinín, lo tomó de la mano por llevárselo, mas tomólo su madre abrazándolo en llantos e sabiendo ya no había aquel mal.


- ¡Luego me abrazáis, mamá – le dijo Saulo -, que no quisiera llenar las ropas!


E ya entrados en la casa, vino a mí su madre, tomó mis manos e asintió en mirándome fijamente a los ojos e sin decir palabra alguna.


- ¡Vuestra fe también ha servido, señora! Acaso haya que quitar esas… «cagaleras», mas nunca más habrá el mal que había. Llevadlo agora a visitar a los médicos que lo cuidan e, sabiendo no van a creer lo que vean, decid no sabéis sino que ha tenido el vientre suelto ¡Nada sé!, exclamaréis; ¡ya sabéis!


En Grazalema e a veinte e cinco de febrero del año de dos mil e nueve.

Del retorno de Saulo (1/2)

í la puerta abrirse ruidosamente e desperté asustado, pues parecíame era muy de temprano mas por la ventana entraba ya mucha luz.

- ¡Marino, despertad! – era Marcos - ¡Durmiendo os he dejado porque os hablé e dormíais como muerto, mas ha dado aviso por teléfono don Rufino, que a vernos viene con Saulo e su madre! Si acaso aprestado no estuvieseis cuando llegase, Marinín abajo está por rebebillos.

- ¡No tal! – salté de la cama -; quisiera ser yo mesmo quien los recibiere, que he de ver en los ojos de la madre alguna señal y en la mano del pequeño Saulo otra. Sabe esto facer Marinín, mas quisiera yo mesmo facerlo ¡Anoche tarde caí en sueños, cosa rara en mí, por ver a Su Ilustrísima tan preocupado por lo ocurrido con el inspector! Mas es ese otro asunto que en otro momento ha de hablarse.

- ¡Sea como decís! Abajo he de esperaros con vuestro hijo – manifestóme – e yo mesmo he de deciros, si acaso antes se llegasen, qué cosas veo en sus miradas.

- A fe, Marcos – reí -, que si nadie aún lo sabe, yo sí percibo un grande cambio en vos ¡Bajad, bajad, que en vuestra intuición confío!

E con esto, salió Marcos e aprestéme con priesas, de manera tal que, en llegando a lo más bajo de las escaleras, vi a Su Ilustrísima e a Marcos acercarse hacia la puerta con Cayetano, pues un coche se llegaba a la casa.

Saliendo con ellos al recibimiento, vílos del coche bajar sonrientes e arremetió a mí don Rufino como fuera de sí tomando mis manos.

- ¡Excelencia! – exclamó - ¡No sé nada de lo que lo que vos sabéis e prueba alguna he hecho a este niño, mas sólo en sus ojos paréceme ver una alegría que antes no tenía!

E acercándome a Saulo mientras saludaba también a su madre, en sus ojos vi lo dicho por don Rufino, que veíanse vivos e no muertos como vílos hacía ya un mes.

- ¡Venid, pequeño! – tendíle la mano - ¡Marinín está aquí también por veros, que fue él e no otro quien el tal remedio os puso!

E sólo tomándolo por la mano, supe sanado estaba. E llegóse Marinín, saludólo e besólo en sonrisas e unas pláticas hubieron en las que supe mi hijo veía la sanación de Saulo.

- ¡Excelencia! – díjome el pequeño Saulo - ¡Decidme si he sanado, que los remedios he puesto como me fue dicho e mi madre mucho ha orado a San Antonio bendito porque todo pasase!

- E puedo deciros sólo en vuestros ojos veo – le dije – que el cristal de vuestros huesos hase trocado en acero.

- ¿Decís verdad, excelencia? – dijo vehemente su madre - ¡Mucho he orado e paréceme verlo mejor, mas no sé si es ello señal de que el mal ha desaparecido!

- Creo yo que así ha sido, mamá – díjole Saulo -, que Marinín y el Capitán lo dicen; e a todos puedo asegurar que no he probado remedio como este, ¡que casi todos los sabores a frutas he catado!

- Os lo dije, Saulo – le habló mi hijo -; acaso hayáis notado el sabor un tanto acedo o amargo, mas a la fruta pensada ha sabor.

E hubo gran contento e a la casa pasamos e hubimos una luenga plática e su madre no podía estar quieta en su asiento en mirando los ojos de su hijo e los nuestros.

- ¿Qué pruebas haréis por saber mi hijo ha sanado, excelencia?

24 febrero, 2009

De una nueva amenaza posible

uy callado estaba don Juan esta mañana en sus lecturas e ningún comentario fizo cuando resté con él a solas por haber subido Marcos a sus liciones propias. E como pienso que si no se habla es que se teme a lo que pueda decirse o piénsase no es de importancia, que siempre hay algo en la mente para manifestar, quise romper el silencio.


- Como mudo os hallo, Ilustrísima – le dije -; e no he de explicaros los motivos por lo que hombre como vos resta en silencio.


- Acaso erráis, sobrino – levantó su mirada -, que si bien es cierto prefiero no abrir la boca, no es por razón baladí.


- ¡Decidme qué os tiene mudo! – preguntéle -; acaso hemos hecho cosa que pensáis agora no es de razón.


- No tal, Marino – dijo -, e con esto rompo mi silencio, que lo que pienso no es se hagan cosas que no me placen en esta casa, sino que lo acescido ayer con ese tal inspector en meditaciones me tiene. No he de decir quítame el sueño, que bien sé sabéis remediar entuertos que aparecen sin remedio, mas diría yo que aqueste inspector, con su arrogancia, su vehemencia e su insultante soberbia, hase ido herido e, no precisamente en el cuerpo, sino en el alma; e a veces, hombres que se sienten poderosos y encuentran a gentes que los hacen ver no son sino titereros, o títeres por otros manejados, bien pudieran mover ciertos resortes e volver con quién sabe qué clase de ataque.


- No habed cuidado por tal, Ilustrísima – tranquilcélo -, que en tales cosas ya he pensado e mis remedios tengo. Estando ya cerca el miércoles de ceniza e, con ello, las puertas de la Cuaresma, no he tomado la pantomima aquí ocurrida ayer sino como parte de las carnestolendas. Si la más mínima duda hubieseis de que ese tal pobre e ignorante hombrecillo, que no sé cómo ha llegado a puesto que no merece, pudiere volver con ciertas amenazas legales… o no legales… ¡orad! Mas orad por su sino, que el nuestro bien claro lo tengo ¿Acaso olvidáis he luchado contra gente más peligrosa que este malenviado?


- La diferencia, sobrino – aclaróme -, véola en que habéis luchado contra la fuerza del cuerpo e paréceme habréis de luchar contra la fuerza de una mente maligna que acaso menospreciáis.


- Tampoco a esas fuerzas a las que hacéis referencia temo – dije muy seguro -, que si no ha sabido defenderse a nuestro sencillo ataque, no ha de saber las armas que he de usar si intentare atacarnos por alguno otro sitio. Borrad tales preocupaciones de vuestra mente porque bien sé que hará trazado por quedar por encima desta Casa, mas ni con la ley en la mano conseguirá sino caer aún más bajo, que nosotros habemos la fe que refuerza nuestro espíritu y este hombrecillo vacío paréceme está. ¡Volverá, no lo dudo!, mas también volverá a salir desta Casa aún más bajo de lo que ya cayó ayer. Os dejo leer, que no quiero seros de estorbo, sino consolaros si algo teméis.


- Pidiera yo informes deste hombre – dijo acertado – a vuestro amigo «el chusco», que nada me extraña sea este inspector de menores un tanto «amigo» de vuestros enemigos.


E no habiendo pensado en lo que decía, supe acaso tendría que preparar un ataque más fuerte del que hube pensado.


En Grazalema e a veinte e cuatro de febrero del año de dos mil e nueve.

23 febrero, 2009

Del adoctrinamiento escandaloso (3/3)

nada quiso decir cuando salimos de la aula e vio al maestro, Víctor, pedirle a los pequeños nos siguieran mas, pensando acaso iban a otro lugar, nada dijo, sino que labios apretados e ojos enrojecidos en ira, bajamos de espacio las escaleras hasta el salón; e una pieza más atrás venían en perfecto orden e silencio el maestro e los niños.


Dudando viniesen a las tales pláticas pedidas, nada dijo, mas en llegándonos al salón, levantóse Su Ilustrísima e hizo gesto de acompañarnos.


- Con vos, el tutor – díjome -, he pedido haber unas pláticas; no con cura que debe dedicarse a sus menesteres.


- Es el caso, inspector – le dije sonriente -, que no es sino Su Ilustrísima el que cuida de la Moral e la Ética de mis hijos…


- La… Moral que en esta casa quisiéredes darle – respondió -, es cosa que no me atañe, sino la Ética de obligado estudio para su cumplimiento según las leyes del Estado.


- ¿Habláis de dos éticas distintas, inspector? – dijo como en extraño Su Ilustrísima - ¡Válame el Cielo!, que ya emérito e habiendo examinado tras veinte e dos años de estudios, la primera vez es que oigo haya… «¡dos éticas!».


- ¡Acaso, Ilustrísima – le dije con cierta sorna -, ignoráis la ética por este… Estado asacada!


- ¡Ética no hay más que una – nos respondió airado – y en el libro obligatorio está bien descrita!


- Pues después de leer tan vacuo libro – respondióle en el mesmo tono don Juan -, diría yo alguien ha cambiado a su antojo ciertos conceptos, que dentro de la mesma Ética se contempla el respeto e la tolerancia a las creencias de los demás no siendo las mesmas, e no paréceme hagáis vos tal. ¡Respetadme si quisiéredes os respete! Alios ego vidi ventos; alias propexi animo procellas.


- ¡Latines! ¡Lenguas muertas de los anticuados seres muertos! – respondióle el inspector -; ¡habladme en castellano que no he necesidad de aprender tales saberes innecesarios!


Y en esto, acercáronse mis hijos siguiendo a Víctor mientras abría yo la puerta del bufete e veía el inspector turbado la mesa aprestada con sillas para todos. Allí paróse e no entró, sino que miró cómo se acercaban los niños (con Víctor e Marcos) e todos comenzamos a hablar en latín.


Su ira a sus ojos asomaba e la vergüenza a la los de don Jacinto, cuando alcé mi voz:


- ¡No es esto falta de Ética, pseudoinspector inculto – gritéle -, sino muestra de que en educación e saberes mucho habéis que aprender como para venir a esta casa a «adoctrinarnos»!


E mirándome aterrado al ver en mi mano mi daga, corriendo hacia la puerta fuése e, desde dejos, vimos don Jacinto le seguía, poníanse los abrigos e insultaba el tal inspector a Cayetano. Mas también pudimos oír las palabras de mi tan honrado e humilde siervo (e amigo), que en sus brazos tenía a su hijo Marinito:


- ¡Si pensáis vais a adoctrinar a este mi hijo con vuestras falsas éticas e mentiras, habréis de matarnos antes a todos, que en esta casa no hacemos lo que se nos diga hagamos, sino lo correcto para cada uno en respeto, cosa que os falta, a los demás! ¡Idos al infierno!


E oímos un grande portazo.


En Grazalema e a veinte e tres de febrero del año de dos mil e nueve.