e las cuadras nos entrábamos en la casa Lorenzo e yo (que fuese la nieve e templó el ambiente e allí hubimos unas «pláticas íntimas») cuando vimos venir a Su Ilustrísima como perseguido por demonios y en alzando los brazos:- ¡Santo Dios, sobrino! – venía diciendo - ¡Cosa como esta va a llevarme a la muerte!
- ¡Calmaos, Ilustrísima! – exclamé -, que así viéndoos, hasta yo me siento morir. ¡Calmaos e hablad!
E sentándose casi en llantos cerca de la chimenea, manifestóme necesitaba haber unas pláticas a solas conmigo e quería a su estancia le acompañase. E teniendo su estancia junto a las del servicio en la planta baja por no subir escaleras, a Lorenzo presenté mis excusas e acompañélo por saber qué le turbaba tanto.
- Sabed, sobrino – me dijo en entrándonos -, que no es más que disgusto que querría con vos compartir e no es denuncia.
- ¿Denuncia? – preguntéle con extraño - ¿Acaso os han insultado?
- No es aqueso, sobrino – llevóme a su ropero -, sino que entrándome aquí acaso por recogimiento, quise ver el cáliz que no pude entregar a Sus Majestades e… ¡Mirad!
Con esto, mostróme la caja de la tal presea e nada había en ella e fue tal mi ira, que nada más preguntéle, sino que al salón corrí en llamando a Cayetano.
- ¡Cayetano, Cayetano, apareced presto!
- ¡Ay, excelencia! – llegóse asustado -, ¡que nunca os he visto desta guisa! ¿Qué cosa sucede?
- ¡De nadie quiero dudar – grité -, pues la honradez es parte desta Casa desde que fundárase, mas alguien ha descuidado presea de mucho valor a Su Ilustrísima!
- ¿Qué decís? – turbose - ¡A encontrarla he de ayudaros aunque mueva los cimientos deste palacio!
- ¡Pues cerrad las puertas bajo llave – seguí gritando -, que nadie ha de salir ni entrar e, si aparece en algún rincón, habré de tomar medidas!
E fuese corriendo a cerrar las puertas e con Lorenzo resté sentado y entrambos nos mirábamos con espanto.
- ¡Casa con dos puertas, difícil de guardar, excelencia! – me dijo Lorenzo - ¡Mucha confianza dais a todo el que aquí entra!
Y en esto, fueron apareciendo todos; unos por el pasillo, otros por las puertas del comedor e otros bajando las escaleras.
- Cerrada a cal y canto esta casa – dije a todos – he de comunicaros que alguien ha descuidado el valioso cáliz de Su Ilustrísima, que no es cosa que pueda perdonarse; mas buscaré en cada rincón hasta que aparezca; e si alguno confiesa antes haberlo tomado, será perdonado.
- Excuse su excelencia – dijo Cayetano más sosegado -, pues en esta casa mucha gente ha entrado ¿Qué ocurriría si registramos e no aparece?
- A los que aquí han estado – les dije a todos – en estos días buscaré bajo la tierra hasta encontrarlos ¡Regístrese cada rincón!
Hice señas a Cayetano porque me acompañase e vi a Su Ilustrísima volver a sus aposentos cabizbajo e como en llantos. E cuando ya íbamos a comenzar la búsqueda, púsose Víctor ante mí e hablóme quedo.
- A fe, excelencia – me dijo -, que no vais a creerme, pues fui yo el último que vio el tal cáliz en su caja e oí a Su Ilustrísima decir que aquí habíase quedado el cáliz por las prisas; e vos le dijisteis lo pusiera a buen recaudo. Desta forma, antes de que lo guardase, en la mesa del salón vi la caja. Tomélo della e corrí carretera abajo por entregarlo a Sus Majestades, como era voluntad de Su Ilustrísima y, en llegándome al puente, como un ángel aparecióse ante mí e tendió sus manos; e supe por su sonrisa lo recogía para los tres Santos. Mas me dijo desto nada hablase e dentro de una corta pieza, en una nube de luz desapareció.
- ¿Pensáis puede creerse tal? – preguntéle sereno -; en vos confío e no me parece de razón lo hayáis descuidado, que falta no os hace.
- Demostrarlo no puedo, excelencia – lloró - ¡Castigadme a mí, mas no a estos vuestros honrados siervos!
- En vuestras palabras sé no lo habéis descuidado, Víctor – abracélo -; habrá que buscar de otra forma.
Y en esto estábamos, cuando otra vez venía corriendo Su Ilustrísima con las manos en la cabeza.
- ¡Sobrino, sobrino, a nadie registréis! – gritaba - ¡Venid conmigo e ved lo acaescido!
Así, anduvimos con premura hasta su estancia y, en señalándome la caja, vi en ella hasta dos sellos de oro que tomándolos en las manos eran muy pesados e, sin duda, valiosas preseas.
- ¡Perdonad tanto alboroto! – rogóme don Juan -, que mi vista me falla e no los había visto.
- La mía no falla, Ilustrísima – le dije asustado -, e jurar puedo que ahí no estaban dentro de unos minutos, cuando miramos en la caja ¡E las puertas están cerradas! E dice Víctor él mesmo entregó el cáliz como a un ángel aparecido.
- ¡Mirad, sobrino, mirad esto!
E mostrándome los pesados sellos de oro, vimos en ellos una «M» e una «B».
- ¿Acaso pensáis lo que yo? – miróme quedo -.
- Lo mesmo que vos pienso – le dije -, que son estos sellos preseas de demasiado valor… mas faltaría una ¿No lo pensáis así?
- Así lo pienso – contestóme -; mas acaso no hayan podido dejar los tres anillos, que sólo uno vale más que mi cáliz.
E volviendo entrambos al salón, allí hallamos presente a todo el servicio e mis pequeños me miraban tristes.
- ¡Nadie pene! – grité - ¡Mirad lo dejado en el sitio de lo que parecía descuidado! Un sello falta, mas son los sellos de Melchor e Baltasar; valiosos como ninguna presea deste mundo aunque uno falte.
- ¡No tal, excelencia! – musitó Lorenzo en acercándose -, pues al terminar la fiesta e, antes de que todos partiesen, quise retirar mi rosario que a los pies del Niño estaba. E vive Dios que en su lugar esto encontré.
E de una pequeña bolsa de tela, como faldriquera, sacó otro anillo que completaba el tercio, pues había en él inscrita una letra «G».
- ¡M, G y B! – mirélos con atención -; cerradas las puertas, los tres sellos Reales han aparecido ¿Cómo puedo pedir a vuesas mercedes se me excuse mi ira? No puede a nadie culparse de cosa alguna si no se comprueba antes su delito.
E quitando de su dedo su valioso sello, acercóse Su Ilustrísima a Víctor, ofrecióselo e dijo:
- ¡Estas son mis albricias, pues otro mensajero como vos no hay en esta casa!
En Grazalema e a veinte e dos de enero del año de dos mil e nueve.


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