20 enero, 2009

Del paso de los Reyes Magos por Grazalema – Parte VI

sí acabamos aquellas oraciones, tomó Gaspar al pequeño de María en sus brazos, sonrióle e hablóle:


- ¡Ay, pequeñín! – le decía -, que también vos nos veis por vez primera. Sé bien que habéis el nombre mesmo que el Capitán e su primero de los hijos mas vuestra dulce madre, María, os llama Marinito. ¡Mirad qué cosas os traemos! ¿Quisiéredes un dulce destos?


- No sé, Majestad – dijo María en reverencia -, si en siendo tan pequeño mi hijo debería comer dulce tan pequeño, pues todo lo traga.


- No ha de ser así, María – contestóle con dulzura -, que siendo el dulce grande e sabroso e de mi mano, en la boca lo dejará.


Y en esto estábamos todos con atención oyéndole cuando trujo el servicio unas bandejas en plata con algo para yantar; tanto en dulce como en adobo. E un bocado hubieron como Su Ilustrísima a la mitad de su camino e pronto hubieron de marchar. Con esto, todos salimos a despedirlos cuando el día despuntaba y, en bajando por la carretera hacia el puente e pasando junto a los grandes coches de carga, pareciónos a todos sus figuras desaparecían en los aires; e hubo grande sorpresa.


- ¡Las prisas! – espetó Su Ilustrísima - ¡Siempre las prisas! Hanse ido e no he podido darles las albricias, pues tan buenos mensajeros como éstos no hay, e tales mensajes han de recompensarse.


- E… - lo miró Marcos con extraño - ¿qué recompensa es esa que ibais a darles, Ilustrísima?


- Así como ellos han querido traerme la buena nueva de su presencia afirmándome en ello mi fe en Cristo Nuestro Señor – dijo éste -, quería yo entregarles un humilde presente que en esta caja traigo ¡Mirad!


- ¡Dios Santo! – exclamó Víctor -; ¿humilde decís? ¡Si mi vista no me engaña, es esto cáliz de oro!


- Un tanto os engaña, Víctor – rió don Juan en oyéndole -, que no es sólo cáliz de oro lo que reluce, sino el cáliz con el que canté mi primera misa.


- ¡Ilustrísima! – acerquéme a él con asombro - ¿Es este el primer cáliz que usasteis e como regalo ibais a entregarlo?


- Pronto he de morir, sobrino – rió -, que no tengo yo esa fórmula que os hace longevo como a nadie e ¿quién mejor para tomarlo que los mesmos Reyes Magos?


- De las «chacinas» - me dijo un paje entonces -, he de recordaros algo, excelencia; en el pueblo me lo dijisteis.


- ¡Guardad ese cáliz a buen recaudo, don Juan! – dije en entrándome en la casa -, pues mientras viváis os ha de hacer compaña. Marcos e yo habemos de platicar sobre una idea que tengo e, ¡voto a Dios que ha de cumplirse! ¡Devuélvase toda esa mercancía de regalos a los comerciantes de Ronda sin pedir lo por ella pagado! ¡Páguese así mesmo hasta el último céntimo, más una décima parte, por toda la empresa llevada a cabo esta noche! ¡Cosa como la vista, no he de ver en otros quinientos años!


- Pagaré los servicios a estos hombres – me dijo Marcos muy quedo -, que son los cocheros que han traído la mercancía e aquí tengo los números para dar aviso por teléfono a esos empresarios que han puesto luces, fuegos e muchas otras cosas.


- ¡Hágase como decís! – dije de contento -, que el brillo en los ojos de mis pequeños e de todos los del pueblo, no puede pagarse de forma alguna.


Y en subiendo Marcos a priesa las escaleras, vi a mi diestra al pequeño Pablo que al tiempo me sonreía e lloraba.


- ¿Qué cosa tenéis, hijo? – preguntéle - ¡Acaso echáis a faltar a vuestros padres!


- ¡No tal, papá! – contestóme entrecortado -, pues bien sé que están en el pueblo con mi hermano Guille e han de venir a verme. Es el caso, que no podía pensar tan sólo en que a mi casa os llegaseis un día e allí fuisteis e agora he gran contento de haberos como mi padre e de haber más hermanos; mas nunca pensé vería cosas como las que esta mesma noche he visto ¡Decidme que no sueño!


Abracélo e sonreíle e a mí se aferró de tal modo e manera, que si hubiese sido enemigo, me hubiese desarmado e vencido en la lucha.


- ¡No soñáis, Pablo! – le dije - ¡Estáis bien despierto! ¡Pellizcaos e dadme un beso! Veréis cómo es cierto lo que os digo.


E todos mis pequeños a mí vinieron e todos me rodearon (hasta Su Ilustrísima) e Antonio tiraba de mi capa e Carlitos miraba desde más abajo. E con esto quise que todos los que en la casa estuviesen, a la mesa sentáranse por haber un buen desayuno.

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