20 enero, 2009

Del paso de los Reyes Magos por Grazalema – Parte V

n llegándonos ya a la Fuentefría e la casa, parecióme ver a Cayetano ojo avizor por ver si volvíamos e, al vernos, con grande contento abrió la cancela. Yendo yo como iba el primero del cortejo, poco antes que Melchor, preguntéle a voces si acaso estaban los niños despiertos e, llegándose a mí por no alzar la su voz, me habló quedo:

- ¡A fe, excelencia – dijo -, que cosa como esta no he visto otra igual, ni parecida, en toda mi vida, pues así como Sus Majestades hicieron dormir a los tres tenderos por cambiar el tercio, todos dormidos hemos quedado en esperando e sólo yo he despertado, como avisado, por saber os llegabais!

- Tal no debería sorprenderos, Cayetano – respondíle en riendo -, pues habiendo «magos» de por medio… ¿qué cosa no puede hacerse?

- A la casa he de entrar por despertallos – contestóme -, que no es de razón se lleguen Sus Majestades Reales (y reales) e los encuentren yaciendo en los asientos del salón.

- ¡Corred, corred! – le hice señas - ¡Dad aviso de nuestra llegada e que todos se apresten!

Con esto, corrió Cayetano a la casa mas, cuando parecióme se entraba, quedóse al punto como estatua e miróme como sorpreso:

- ¡Excelencia! – alzó la voz - ¡Todos despiertos esperan!

- Ya entramos, Cayetano – respondíle -; no habed cuidado.

E acercándome otra vez a Melchor, en risas lo hallé.

- ¿Han despertado pequeños e mayores? – preguntóme -; también a veces los magos habemos fallas e, según paréceme, todo va como previsto estaba.

Así, nos entramos en la casa e nadie osó salir della, sino que en el salón, cerca de la puerta, con grande respeto e ilusión esperaban e las caras de los tres tenderos me decían no entendían lo acaescido. Acercáronse los pajes a los camellos mientras yo descabalgaba e los hicieron sentarse e de sus majestuosos tronos bajaron Los Magos e púseme a la puerta por darles la bienvenida a mi casa.

Y en entrando al salón, vimos muchas sonrisas e ojos brillantes y expectantes e fueron Sus Majestades hablando a cada uno dellos e llamándolos por sus nombres e, arremetiendo Melchor a Marinín, acaricióle sus cabellos, dobló su espalda e miró a sus ojos:

- ¡Ay, pequeño Marino! – le dijo -; un niño afortunado sois, pues hasta dos veces nos habéis visto, e bien sabéis no queremos los pequeños nos vean, sino que duerman cuando a las casas nos llegamos a dejar sus presentes.

E no podía Marinín hablarle, que tan abierta tenía su boca como los sus ojos e todos sus hermanos pegados a él se hallaban cuando sacó Melchor de su bolsa la mano con guante blanco, abrióla ante ellos, y repartió dulces que brillaban como luces en oro. E, aunque muchos desos dulces en la su mano había, sólo uno dellos tomó cada niño, que así les decíamos Marcos e yo debería hacerse.

- ¡Vamos, vamos! – hizo señas a los pajes - ¡Traed esos presentes que aparte hemos dejado! Esos son los que hemos de entregar en esta casa.

E parecióme uno de los tres tenderos, aún vestido de rey con sus oropeles, caía sobre un asiento e no por dormirse del cansancio, sino como en desmayo.

- ¡Ah! – exclamó Baltasar con su acento de extraño -; los presentes para Gabriel, Esteban y Toribio también vienen.

- ¿E quienes son esos tales que nombráis, Majestad? – preguntéle inseguro -.

- Bien que fuisteis a buscar a estos tres hombres – me dijo – por llevar la ilusión a Grazalema en creyendo eran los Reyes Magos e no son sino tres buenos e honrados comerciantes de Ronda; e la primera vez es esta que nos ven.

E acercándose a mí con grande disimulo uno dellos (Gabriel), parecióme sudaba asustado e hablóme al oído:

- A fe, excelencia – me dijo -, que tal visión no esperábamos e creímos íbamos a llevar nosotros los regalos al pueblo ¿Qué haremos agora con esos diez coches de carga e toda la mercancía?

- ¿Acaso… - mirélo turbado – no hemos llevado al pueblo lo traído de Ronda?

- ¡No tal, excelencia! – contestóme estupendo -, que ahí quedaron los presentes e los cocheros quedaron dormidos aquí en la casa e… - abrió su mano - ¡he aquí las llaves de tales coches, que de ahí no se han movido!

- ¡Santo Dios! – exclamé en voz baja - ¿De dónde han salido entonces..?

- ¿Os asombra, Capitán? – preguntóme Gaspar con su risa grave -. Tantos años vividos e tantas veces que nos habéis visto e ¿aún os asombra nuestra magia?

- ¡Vive Dios, Majestad, que aún no he perdido la razón e aún con mis quinientos años tampoco he perdido mi capacidad de asombro!

- ¡Y habrá luego quien diga – alzó la su voz Baltasar – que los Reyes son los padres! E no yerran, que lo son, pues de yantar se privan por comprar a sus hijos lo que éstos desean. Mas quiero sepan estos pequeños de mirada dulce e apuestos mayores de mirada en suspenso, que nadie, sino los verdaderos Reyes Magos, son los que traemos los presentes.

E fueron entrando cajas al salón e cada una llevaba el nombre de quien la recebiría mientras arremetieron a Su Ilustrísima e le hicieron gran reverencia.

- ¡Don Juan, Ilustrísimo entre los Ilustres! – saludólo Melchor -; también hay presentes para vos, Ministro del Rey de Reyes, pues desde pequeño los recebís e como niño aún sois ¡Helos aquí!

- ¡Oh, Majestades! – exclamó Su Ilustrísima como niño -; mi fe refuerzan vuestras palabras, que como niño me siento en oyendo hablar a Vuesas Mercedes ¡Grande ventura es aquesta e tan grande noticia traéis, que he de daros albricias! Adoremos al Niño, como habíais trazado, e tomaré los presentes e os entregaré tales albricias.

E grandes e pequeños no querían separarse de Sus Majestades e hicieron éstos unas oraciones como conmemorando aquel día en que, junto a los humildes pastores, adoraron por primera vez al Dios hecho Hombre.

- Como pastor adoráis, Lorenzo – dijo Gaspar -, e no traéis alguna oveja porque las que habéis cuidado no eran vuestras, mas bien sé que amáis a todos los animales, ¡hasta a las hormigas!, e amando a los animales ¿quién no ama a los humanos?

- ¿Sabéis acaso, Majestad – preguntóle éste -, lo que acaescióme en una Nochebuena?

- ¡Cómo no hemos de saberlo, Lorenzo! – rió una pieza -; el mala que aquel pequeño os entregó a los pies deste Niño veo.

- No es mala, Majestad – dijo Lorenzo -, sino rosario que en vez de haber cruz, una borla blanca e brillante tiene.

- ¡Así os digo «mala» - contestóle Gaspar -, pues es ése rosario de oriente e de grande valor por ser antigüo e haber estado en Manos Divinas! Sabed, amado Lorenzo, que el rosario que habéis hoy en día no es sino asacado deste otro e, estotro, no es sino un auténtico «mala» de Jesús, que una noche os fue entregado por Él mesmo a cambio de un buen sorbo de leche caliente.

E miróme Lorenzo con grande asombro, que aquellos le parecían ser los verdaderos Reyes Magos e, si así era, todo de él (y de mí) sabrían e nada desto hablaron como nada fue dicho de Marcos. Y con esto comprendió no había fecho mal alguno.

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