18 enero, 2009

Del paso de los Reyes Magos por Grazalema – Parte III

ube de esconder mi asombro, que hasta tres grandes camellos venían e, sobre ellos, de un lado sentados, mecíanse Sus Majestades; e a fe que no eran los tres tenderos e que sus ropas eran ricas e lujosas e a todos llamaban por sus nombres.

Así, en llegándose al Ayuntamiento e sin salir yo de mi asombro, hicieron los pajes se sentasen los camellos e grande revuelo hubo e de sus lujosas sillas bajaron e a saludarme arremetieron e ante ellos destoquéme pues los sus rostros conoscía, e vive Dios que aquello no fue manifestado por Marcos en su trazado y en verdad pareciéronme los Reales.

Así, saludaron también a los ediles (e un rosario en oro entregaron al ateo) e de la señora Alcaldesa recibieron las llaves de Grazalema.

Acercándose luego a mí Melchor, que abría el tercio, díjome de montar en mi caballo e acompañarles por el pueblo. E no había sitio donde viérase el suelo, que de El Bosque, Prado del Rey, Benamahoma, Villaluenga, Ubrique, Montecorto, Montejaque, Benaocaz, Benaoján, Zahara, Ronda e otras muchas villas que olvidar no quisiese, habían venido las gentes. E por la Calle de las Piedras comenzamos la subida a pie e sus pajes fueron entregando regalos que de la plaza traían; e ningún coche de carga allí había.

Con esto, por la empinada calle subieron de espacio tras de mí e a todos – y excúseseme no diga cómo pues tal cosa no sé – saludaron e a todos entregaron sus presentes. Y en llegando ya a la parte alta del pueblo, a una puerta cerrada acercáronse. E saqué yo la lista que diérame Marcos, e parecióme era casa de gente muy humilde; e a su puerta tocaron.

Abrió la puerta con recelo una mujer con su pequeña en brazos e su esposo atrás se veía.

- ¿Acaso, mujer – preguntéle -, no queréis vea vuestra hija a Sus Majestades?

- ¡No tal! – hablóme sin voz e sin dejar de mirallos -, sino que presente alguno podemos entregar a nuestra hija e de razón no nos parece sepa mañana no es todo esto sino una ilusión falsa.

Y en diciendo aquesto, miróme la pequeña sonriente, tendió la su mano e dijo:

- ¡Mirad, papá! Os dije que el Capitán traería a los Reyes Magos e aquí están.

Y en oyendo esto, acercóse Gaspar e tomó su blanca mano.

- Y he de demostraros, pequeña – dijo la su voz profunda -, que sé lo que en mente habéis e apartado lo traemos ¡Mirad!

E subieron los pajes muchas cajas y en la casa las fueron entrando e tantos bultos había que casi no podían moverse. Y en tanto esto facían, díjome Melchor de hablar con sus padres, pues pobreza alguna, me dijo, con presentes se quita, sino con trabajo. E así lo dijo, así lleguéme hasta él, que por nombre había Andrés, e no tendió su mano hacia mí, sino que hizo reverencia tan larga que hube de decirle levantárase e miráseme.

- A fe, Capitán – dijo -, que aquesto no puedo razonar ¿Cómo habéis hecho por traer a tres hombres que como reyes aparecen?

- Como Reyes aparecen, Andrés – le dije -, pues los Reyes que pensáis son e, si mal no recuerdo, algo he oído sobre vos que me interesa.

- ¿Sobre mí? – exclamó turbado dando paso a los pajes - ¿Qué cosa os interesa?

- Bien sabemos Sus Majestades e yo mesmo – le dije – que buen curtidor de pieles sois e mejor guarnicionero. Mas cabalgando agora las gentes tan poco, ¿a quién vais a vender vuestros zajones, polinas de gala, cabezales, botas, cubrecolas, riendas…?

- ¡Callad, excelencia! – dio paso atrás - ¿Cómo tales cosas sabéis de mí?

- Oíd lo que os digan Sus Majestades – dél hube de halar -, que a un buen guarnicionero yo necesito e, según me parece, alguna cosa ellos quieren pediros.

E parecióme hablaban e fuime a ver a la pequeña, que por nombre había Margarita como su madre y entrambas de alegría lloraban.

- ¿Queréis unos dulces agora? – preguntéle -; sé que vuestra madre no os deja comerlos antes de la cena.

- Si me los diéseis – abrió la su mano – a mi madre diría me dejase comerlos.

E hasta tres familias menesterosas vimos, que ni para comer tenían e a un paje que me hacía compaña dije me recordase algo sobre «chacinas» al llegar a casa.

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