17 enero, 2009

Del paso de los Reyes Magos por Grazalema – Parte II

n la casa no cabíamos el día quinto de enero, que allí estaban con nosotros los que habrían de ser mis pajes, los hasta 20 pajes de Sus Majestades y ellos mesmos; los tres tenderos. E hubimos muchas pláticas e grande fiesta e buen almuerzo y a buena hora, que pronto habría que ponerse las galas e aprestarse para salir.


Y en mirando yo el cielo hacia poniente, por donde encuéntrase el Peñón de San Cristóbal, parecióme verlo muy cubierto e supe nevaría en breve. Advertidos todos de tal inconveniente, quiso Marcos tranquilizarme e dióme detalles tales, que ni en nevando pararía la cabalgata.


- ¡Dios os oiga! – exclamé -, que acaso no sabéis que cuando en Grazalema nieva, nieva.


- Así se me ha dicho, Marino – manifestó -; y en sabiendo aquesto, por la carretera del Monte, que desde Ronda llega hasta Grazalema, aprestadas tengo «máquinas quitanieves» e coches para esparcir sal en los caminos.


- La hora es llegada – dije -; llamad a… Sus Majestades e que monten. El resto, mejor que yo lo sabéis.


Desta forma, y en cayendo ya unos primeros copos de nieve, subí cabalgando tras los pajes a pie e seguido del coche de las luces e los caramelos hasta parar tras los riscos de Puerto Chico, que ocultan el pueblo. Y en llegando las 5, que las campanadas de Santa María de la Encarnación oí, hice gesto de comenzar la marcha e, no habíamos bajado aún hasta el cruce que de Ronda viene por el Monte, cuando parecióme oír tales voces de niños (e no tan niños), que estremecí e, mirando indeciso atrás, no vi ni a los pajes ni a los Reyes aprestados.


- ¡Santo Dios! – exclamé - ¡Repartiendo los regalos yo mesmo me veo!


E advirtiendo pasaba el tiempo e nadie asomaba por la carretera, dije a los pajes apretasen el paso e al galope acerquéme al puente. E tantas gentes allí había ya en espera, que hice señas de comenzar a repartir dulces e una bolsa grande pedí e muchos repartí.


Y en esto estaba, con un ojo en los pequeños e otro en la carretera, cuando parecióme ver a un niño de hasta doce años, enjuto e de mirada triste, que a mi caballo quería acercarse e temía por ello. En esto, acercóse la que era su madre e díjome habían venido desde Villaluenga por verme, que su hijo había «huesos de cristal»; e así pensé había la enfermedad de «las paredes de paja» e, no queriendo se acercase al caballo, dél salté e a su lado fui. E miróme e sonrióme con los sus ojos negros e díle unos dulces e tomélo de la mano porque le hablase a Temprano. Y en su mano supe el mal que había. Con esto, dije a la madre que, en pasando las fiestas, preguntase a don Rufino, el médico de Grazalema. E decía ésta que el tal médico nada podría facer.


E vi al fin las luces acercarse por los siete pinos (que no son pinos, sino pinsapos) despedíme de Saulo (que así llamábase aquel niño) e subí a mi caballo. Y era tan grande la multitud allí reunida que había de pedir dejasen el paso franco cuando se acercasen Sus Majestades. E comenzó a brillar el pueblo en mil colores e, a lo lejos, pareciéronme los caballos que venían más grandes que los que yo había; y en cayendo la nieve, en el suelo no cuajaba.


Crucé así subiendo hasta la plaza, según pude, y bajo los arcos del Ayuntamiento esperaban los ediles (hasta el ateo) con su Ilustrísima señora Alcaldesa. E diéronme la bienvenida e del caballo bajé por saludallos e allí esperamos en pláticas, bajo la nieve y las luces de colores que como de día hacían la plaza, hasta que pareciónos se acercaban los Reyes. E, dando yo unos pasos atrás, como haciendo reverencia, quise mirar hacia la entrada por ver si se llegaban Sus Majestades; ¡e se llegaban!

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