o habíamos acabado el almuerzo cuando nos dijo Cayetano don Rufino esperaba con señora e su niño. Con esto, pedimos excusas e nos levantamos de la mesa Marcos e yo; e don Juan acercóse a la puerta por saber qué acontecía.
- ¡Pasen vuesas mercedes – les dije -; en vuestra casa entráis.
- ¡Jo, Capitán! – exclamó Saulo -; en verdad os digo que casa como esta nunca imaginaba, que paresciendo grande e de campo de por fuera, más grande es e como palacio parece de por dentro.
- ¡Así es, pequeño Saulo! – le dije -; tomad asiento ahí con vuestra madre, pues he de llamar a Marinín porque le conozcáis e puedo aseguraros que tanto de vos sabe como yo.
- ¿Marinín? – preguntó de contento - ¿Va a venir?
- ¡No, Saulo! – sonreíle -; no ha de venir porque ya está aquí, aunque en acabando de yantar. Esperad a que le avisen e saldrá a veros.
- A fe, Capitán – dijo la madre -, que no queremos serles de estorbo, sino que pensamos don Rufino había el remedio.
- ¡Yo mesmo os dije fueseis a buscarle! – exclamé - ¿Cómo han de ser vuesas mercedes de estorbo? ¡Cayetano! ¿Ha acabado Marinín? ¡Decidle ha licencia por venir a conocer a un nuevo amigo!
Y en la cara de Saulo dibujóse la felicidad e miraba con impaciencia a la puerta del comedor. En poco, apareció mi niño sonriente e acercóse a Saulo.
- ¡Bienvenidas sean vuesas mercedes! – saludó - ¡Hola, Saulo! Esperaba vuestra visita.
- ¿Me esperabais? – miró a su madre asustado -.
- ¡Sí, Saulo! – le dijo -, pues yo mesmo he de curar, con un ayuda de mi padre, el mal de «la casa con paredes de paja».
- ¡No es tal, pequeño! – díjole don Rufino -, sino que como de cristal frágil ha sus huesos.
- Eso conozco, señor doctor – contestóle mi hijo cortésmente -, mas… ¿no habéis pensado que si vuestra casa hubiera paredes de paja el techo pesado sobre vos caería? ¡Así pues llama mi padre así al tal mal!
- ¡E razón no le falta!
- ¿E cómo esto ha de curarse? – preguntó incrédula su madre -; no hay médico que lo haya visto e haya dicho ha cura.
- No con los remedios de los médicos, señora – le dije -, que muy buenos son para muchos males mas con otros no pueden.
- ¡Mirad, Saulo! – díjole Marinín -; unas hierbas he de dar a vuestra madre que habrá de ponerlas en leche de vaca e un vaso desto tomaréis cada día, mas habiendo sabor un tanto acedo e amargo, si pensáis os sabrá a fresas, a eso os sabrá; si acaso pensarais os sabrá a plátano, a eso os sabrá.
- En eso de pensar me sepa a plátano… - dudó Saulo - ¡Es que el plátano no me gusta!
- ¡Pues pensad en manzanas, melocotones, ciruelas – siguió Marinín – o cualquiera otra fruta que os agrade. Yo mesmo he de ir a por esas hierbas e unas piedras pequeñas habréis de llevar colgadas al cuello e nunca quitarlas en un mes.
- ¿Es eso cierto? – preguntó la madre con asombro - ¿Sólo eso ha de sanarlo?
- ¡Solo eso, señora! – le dije -, mas hay que saber cuáles son las hierbas, la cantidad a tomar, cómo tomarlas, cuánto tiempo e cómo ha de llevar las piedras colgadas ¿Os parece fácil? ¿Por qué razón no lo habéis hecho vos?
Y en esto parecióme la madre apretó los labios como sintiéndose herida en su orgullo, mas sonrióme Marcos mientras Marinín tomaba las bolsas e salía a por las hierbas.
Hubimos luenga plática e casi llorando me pidió excusas la señora (que Paula había por nombre) hasta que apareció Marinín de contento.
- ¡Papá! – me dijo - ¡Fácil ha sido encontrar todo!
- Cómo debe tomar las hierbas – le dije a mi hijo – ya lo saben, pues hasta un mes, ni un día más ni uno menos, ha de tomarlas. Ponedle vos esos colgantes.
E con grande cuidado, llevóse Marinín a Saulo al aseo e preparó las tales piedras. E ya puesto el remedio volvieron.
- ¡Ni un día ha de dejar de tomar esa leche e nunca en un mes ha de quitarse esos colgantes! – le dije a la madre -, que puesto el remedio, si se olvida un solo día, ya no podrá ponerse otra vez.
- Pues es el caso, excelencia – me dijo don Rufino -, que cada diez días debe ir a Ronda por visitar a su médico.
- Cosa como la que he de aconsejar – dije severo -, nunca aconsejo; que deben seguirse los remedios de los doctores, mas si lo lleváis en dentro de diez días, han de ver éstos está casi curado e han de preguntar por el colgante e quitallo ¡No llevadlo! Cuando pase el mes e yo lo vea, decís ha estado con diarreas, que verdad digo, pues acaso se le suelte algo el vientre.
E mirándonos todos ellos como sin creernos, despidiéronse de nosotros e partieron con don Rufino.
- A fe, Marino – me dijo Marcos en riendo -, que si así me ordenáis cumpla con tal receta, no sabría si creeros.
- Por eso así se ha hecho, Marcos – contestéle - ¡Esperad acontecimientos!
En Grazalema e a veinte e seis de enero del año de dos mil e nueve.


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