26 enero, 2009

Del mensaje esperado (1/2)

ún siendo el viento frío salió el sol esta mañana. Lorenzo ayudaba a Andrés a poner algunos cueros en las cuadras e Marcos gozaba conmigo de la visión de la sierra frontera, cuando paró un coche en la verja de entrada. En viendo Cayetano quién era, abrióla e acercóse al recibimiento, que no era otro el llegado que don Rufino, el médico de Grazalema.

Del coche apeóse con presteza y en su rostro vimos la preocupación.

- A fe, Marino – me dijo Marcos muy quedo -, que este hombre ha de llegarse a vernos cuando tenga pacientes sin remedio.

- No erráis, Marcos – reí -, que a tal cosa creo viene.

- Buen hombre me parece – dijo -, que siendo médico a buscar a un chamán viene e reconoce su impotencia.

- ¡Chamán no soy! – mirélo confuso -; capitán, e comienzo a dudarlo, mas no curandero. El saber de remedios para ciertos males no me face chamán.

Allegóse a nosotros con semblante descompuesto e quiso comenzar a hablar, mas habléle yo antes.

- ¿Ha ido a buscaros acaso esa madre con su hijo Saulo que los huesos ha como de cristal?

- ¡Santo Dios! – exclamó -; ¿Cómo esas cosas sabéis?

- No habéis de asustaros, don Rufino – reí -, que yo mesmo dije a la madre llevase a su hijo a veros.

- ¿E cómo me enviáis caso – dijo – que resolver no puedo?

- La respuesta me la dais en viniendo – le dije -, pues no enviéla a vos por tener conocimientos que el tal mal sanéis, que no ha cura, sino en sabiendo que a buscarme vendríais.

- Más tranquilo me dejáis, excelencia – secóse los sudores -, pues no sabía qué cosa decirle que, como bien decís, cura no tiene ese pequeño. Mas visto lo visto… en vos me he permitido pensar.

- Cosa que le agradezco, doctor – hícele reverencia -, e cosa que os honra, pues tenéis el remedio ¿A qué si no el venir a buscarme?

- ¿Podría vuesa merced poner un remedio? – preguntó con interés -; hasta dónde llegan vuestros conocimientos no acierto a adivinar…

- ¿Dónde está esa familia? – preguntóle Marcos -, pues, según entiendo, niño con huesos tan frágiles poco debería moverse.

- Así como lo decís es – contestóle don Rufino -, e no queriendo yo lo llevasen otra vez a Villaluenga e volviese, en traerlo hoy mesmo pensé… mas no han querido ser de molestia y en su villa estarán esperando mi aviso por venir a veros.

- No ha de moverse mucho ese niño – le dije grave -; déles aviso e cuando lo crean menester, sea el día que sea e la hora que sea, aquí lo traéis.

- ¿Esta mesma tarde?

- ¡Aquí estaremos, don Rufino – díjole Marcos -, que no habemos hoy viaje previsto. Traedlo en esta tarde, que así ha de conocer también a Marinín.

- Del Capitán e de su hijo hablan – espetó – como si acaso los conociesen de siempre. Y en vos encuentro un… no sé qué.. – mirólo confuso -. Mas tranquilo me voy ¡Queden en paz vuesas mercedes!, pues abandonada he dejado la consulta.

- ¡Vaya con Dios!

- ¡Con Dios queden vuesas mercedes!

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