ún siendo el viento frío salió el sol esta mañana. Lorenzo ayudaba a Andrés a poner algunos cueros en las cuadras e Marcos gozaba conmigo de la visión de la sierra frontera, cuando paró un coche en la verja de entrada. En viendo Cayetano quién era, abrióla e acercóse al recibimiento, que no era otro el llegado que don Rufino, el médico de Grazalema.Del coche apeóse con presteza y en su rostro vimos la preocupación.
- A fe, Marino – me dijo Marcos muy quedo -, que este hombre ha de llegarse a vernos cuando tenga pacientes sin remedio.
- No erráis, Marcos – reí -, que a tal cosa creo viene.
- Buen hombre me parece – dijo -, que siendo médico a buscar a un chamán viene e reconoce su impotencia.
- ¡Chamán no soy! – mirélo confuso -; capitán, e comienzo a dudarlo, mas no curandero. El saber de remedios para ciertos males no me face chamán.
Allegóse a nosotros con semblante descompuesto e quiso comenzar a hablar, mas habléle yo antes.
- ¿Ha ido a buscaros acaso esa madre con su hijo Saulo que los huesos ha como de cristal?
- ¡Santo Dios! – exclamó -; ¿Cómo esas cosas sabéis?
- No habéis de asustaros, don Rufino – reí -, que yo mesmo dije a la madre llevase a su hijo a veros.
- ¿E cómo me enviáis caso – dijo – que resolver no puedo?
- La respuesta me la dais en viniendo – le dije -, pues no enviéla a vos por tener conocimientos que el tal mal sanéis, que no ha cura, sino en sabiendo que a buscarme vendríais.
- Más tranquilo me dejáis, excelencia – secóse los sudores -, pues no sabía qué cosa decirle que, como bien decís, cura no tiene ese pequeño. Mas visto lo visto… en vos me he permitido pensar.
- Cosa que le agradezco, doctor – hícele reverencia -, e cosa que os honra, pues tenéis el remedio ¿A qué si no el venir a buscarme?
- ¿Podría vuesa merced poner un remedio? – preguntó con interés -; hasta dónde llegan vuestros conocimientos no acierto a adivinar…
- ¿Dónde está esa familia? – preguntóle Marcos -, pues, según entiendo, niño con huesos tan frágiles poco debería moverse.
- Así como lo decís es – contestóle don Rufino -, e no queriendo yo lo llevasen otra vez a Villaluenga e volviese, en traerlo hoy mesmo pensé… mas no han querido ser de molestia y en su villa estarán esperando mi aviso por venir a veros.
- No ha de moverse mucho ese niño – le dije grave -; déles aviso e cuando lo crean menester, sea el día que sea e la hora que sea, aquí lo traéis.
- ¿Esta mesma tarde?
- ¡Aquí estaremos, don Rufino – díjole Marcos -, que no habemos hoy viaje previsto. Traedlo en esta tarde, que así ha de conocer también a Marinín.
- Del Capitán e de su hijo hablan – espetó – como si acaso los conociesen de siempre. Y en vos encuentro un… no sé qué.. – mirólo confuso -. Mas tranquilo me voy ¡Queden en paz vuesas mercedes!, pues abandonada he dejado la consulta.
- ¡Vaya con Dios!
- ¡Con Dios queden vuesas mercedes!


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