29 enero, 2009

Del entuerto del rosario (3/3)

a estando en el bufete con la caja (que allí llevamos entre cuatro), puso Marcos unas cintas pegadas porque no se abriese la caja con facilidad.

- ¡Mucho me temo sé quién ha de entregar este… «presente» y adónde y a quién!

- ¿Acaso teméis? – preguntéle -; limitaos a dejarlo junto a este sobre para ese edil, cuyo nombre huelga, de parte del Capitán Alacaída; e que se os entregue comprobante de haberlo recebido.

- Así lo haré, Marino – dijo temeroso -, mas pienso os buscáis enemigos.

- ¡Alguno más, acaso por ser verdadero!

E partió para el pueblo e, a la vuelta, entregóme certificado en papel del Ayuntamiento, pues no estando allí el tal edil, allí dejó la caja por entregársela.

- ¿No sería mejor – preguntó Su Ilustrísima – entregar tan ricos rosarios a las gentes menesterosas de Grazalema que comprarlos no pueden?

- ¡Acaso! – respondíle -, mas algo me dice que a sus manos han de llegar.

- Mirad soy verdadero, sobrino – insistió don Juan -, que tal «presente» no entiendo; mas como tanto hablo a veces e tantos incisos hago, me pierdo e ni yo mesmo sé lo que digo ¡Dios os oiga e no vayan esos rosarios junto con la basura y ese edil a la susodicha!

- Aseguraros puedo, Ilustrísima – le dije -, que tal no ha de suceder ¡Esperemos!

- No quisiera se me malentendiese – excusóse Marcos -, mas hubiésele yo enviado «otro regalito».

- No tal, amigo – contestéle -, que no es venganza lo que busco y el «regalito» que decís podría hacer mucho daño a otros inocentes y este hará mucho más bien del que podéis pensar.

- ¡Dios os guíe, sobrino! – dijo Su Ilustrísima como en orando -, pues hasta tres rosarios he de rezar todas las mañanas si tal merced se nos concede… e los otros que ya rezo…

- ¡Toda esta Casa los rezará con vos en la capilla!, pues cosas buenas veo se acercan.

E tomándome Marcos aparte, confesóme podía saber lo que yo pensaba.

- ¡Acostumbraos a no ser «otro hombre más»!

E vi a mis hijos de gran contento y entrégueles presente que para ellos compré e todos me abrazaron sonrientes e sus rostros me dieron aún más confianza en lo trazado.

- ¿Quién mejor que un niño reconoce los buenos sentimientos, Marino?

En Grazalema e a veinte e nueve de enero del año de dos mil e nueve.

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