
iajábamos hacia la casa e lloraban mis cuatro hijos por lo oído e consolábalos Su Ilustrísima.
- ¿A qué hacer caso a un demente que Diablo llama a vuestro padre cuando ni en Dios Santísimo cree? Entre miles… ¡millones diría!, de gentes… ¿por las falsas palabras de un vil hombre así os ponéis? ¡Acaso no sabéis aún al padre que habéis!
Y en llegando a la casa, no bajé del coche e tomé a Marcos por el brazo.
- ¡No bajéis, Marcos! – dije quedo - ¡Hemos de seguir hasta Ronda!
- ¿A Ronda? – exclamó - ¿Qué cosa se os ha perdido allí agora?
- Lo que he perdido, Marcos, voy a encontrar.
Con esto, dije a Su Ilustrísima e a Cayetano cuidasen de hacer felices a mis hijos e partimos en viaje a Ronda.
- ¿Acaso no puede irse con más rapidez en este coche? – pregunté enfadado - ¡Otro con más caballos he de comprar!
- ¡No es aqueso, Marino – contestóme -, sino que son estas carreteras peligrosas e bien podríamos perder la vida en vez de llegarnos a Ronda.
- Os repito que aún como mortal pensáis – reí -, pues en pequeños trozos habrían de cercenaros y enterrar esos pedazos muy separados porque no volvieseis a la vida. No os pido seáis temerario, sino que vayáis a priesa cuanto se pueda.
- ¡Os entiendo, Marino! – respondió calmo -; apuraré la velocidad, que ni es de razón el haber accidente e no llegar nunca a Ronda ni tampoco es de razón nos pare la guardia e lleguemos tarde.
Y en llegando cerca de
- ¿Puedo saber qué buscáis, Marino? – preguntó Marcos con tiento - ¡Acaso yo pudiese ayudaros!
- ¡Rosarios busco!
- ¿Un rosario? – paróse e preguntó - ¿Acaso no habéis ya muchos?
- Mal entendéis lo que os digo, Marcos – sonreíle - ¡Todos los rosarios que en Ronda se encuentren he de llevármelos e, si no hubiese muchos, a Málaga iríamos… o a la fábrica de rosarios! (¡Supongo se harán agora en fábricas!).
- ¡Vive Dios, Marino! – exclamó asombrado - ¡Dios nos ayuda!, pues ese hombre que ahí viene caminando es sacerdote.
- ¡No veo la sotana!
- Es de los curas modernos, Marino – dijo – e como otro hombre cualquiera viste. Acerquémosnos a él por saludallo e le pediremos nos sea de un ayuda.
Y en oyendo aquel hombre (que sacerdote era) que tanto rosario como en Ronda encontrásemos habríamos de comprar, fuere cual fuere su precio, mirónos asombrado e incrédulo.
- Es el caso, padre – le dije -, que quiero regalar un rosario a todos los grazalemeños, porque en estos días poco se reza.
Y en oyendo estas palabras, dijo le siguiéramos y en muchas tiendas nos entramos e todos preguntaban «¿Todos los rosarios?»; y en todas respondíamos «¡Todos!». E hasta una humilde mujer que el caso supo, su pequeño bolso abrió y en la caja puso su rosario de semillas. Así, llenamos una caja que tantos habría que sólo Marinín de un vistazo podría contarlos e hubo de pedir el sacerdote a dos fuertes hombres nos ayudasen a llevar la caja al coche.
- ¡Tomad, padre! – entréguele un sobre cerrado -; lo que ahí va es para vuestra parroquia, que sé lo necesita e, si más ayuda necesitaseis, en el sobre están mis números del teléfono. Dadme aviso e pondré vuestra parroquia como los fieles merecen.
E no supo qué decir, sino «¡Vayan con Dios vuesas mercedes!».


No hay comentarios.:
Publicar un comentario