e las cuadras salía hacia la casa cuando vi de entrar a Andrés como alma que llevan los demonios.- ¡Excelencia, excelencia! – gritó - ¡Con vos he de hablar!
En esto, al oír tales voces, acudieron Lorenzo e Cayetano e parecióme lo que había de decirme Andrés no era cosa secreta, pues en ahogos comenzó a hablar.
- ¡A fe, excelencia – dijo –, que como muerto vengo, que ni oigo ni veo, pues lo que he visto he oído hame dejado ciego e sordo. Es el caso que, en bajando hacia la plaza, uno de los ediles del Ayuntamiento hame ofendido a mí e os ha ofendido, según entiendo, pues me ha gritado que vos me habéis comprado como habéis comprado a todo el pueblo con Reyes Magos falsos, presentes, dinero e una nueva fábrica por dar trabajo. E de tal forma lo decía que aparecíame quería vuesa excelencia dominar al pueblo en políticas.
- Desoid tales patrañas, Andrés – le dije con calma -, que bien sabéis eso no es cierto e ni así soy ni así he de ser. Cumplid vuestro trabajo, que os honra, e olvidad esas vanas palabras.
E fuése con Lorenzo a las cuadras e dije a Cayetano aprestase el coche e dijese a los niños habrían mañana de descanso e de paseos por el pueblo.
Aunque miróme con extraño, todo fue preparado e, según el silencio e las miradas de Marcos, supe sabía lo que había en mi cabeza.
Al pueblo fuimos e allí bajamos todos de contento por dar unos paseos, comprar unos dulces e ver las obras de la nueva fábrica. Mas no esperábamos encontrar de bruces al tal edil (cuyo nombre no sé ni saberlo quiero) e mudóse su rostro frente a mí e comenzó a hablar a voces.
- ¡Bienvenido a «vuestro» pueblo – decía -; al que queréis comprar con regalos e con vuestro dinero sucio de capitalista endemoniado ¿Os presentaréis para ser Alcalde o un dictador nuevo habremos?
E con mucha calma e respeto, contestélle.
- ¿En Dios no creéis porque no podéis tocarlo – pregunté – e pensáis soy yo, o mi dinero endemoniado? ¿Cuándo habéis palpado a ese tal demonio?
- ¡Me habéis insultado de mala fe, Capitán – volvió a gritar -, que esos tres farsantes que como reyes trajisteis, un rosario me entregaron!
- Nada malo veo en ello – contesté sin ira -, a todos entregaron presentes e, como bien decís, siendo humanos e no Reyes Magos, acaso entregaron el presente equivocado al edil equivocado. Mas tampoco sé qué hacía ateo recibiendo a tres Santos…
- ¡Dictador! – gritó otra vez - ¡Puedo juraros que en este pueblo sobráis!
Y en diciendo tales palabras, hacia otro lado corrió e tras una esquina desapareció. E viendo yo las caras que me rodeaban, dibujé una sonrisa en mi rostro e pedí a Marcos volviésemos a la casa.
- ¿A la casa, Marino? – opúsose - ¿Por unas mentiras vais a retiraros desta lucha?
- ¿Retirarme decís, Marcos? – habléle con cinismo -; como mortal aún pensáis.


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